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Gilbert K. Chesterton

(Londres, 1874-1936)

Polifacético y polémico escribió ensayos, relatos, novelas, biografías, poesía, libros de viajes y ejerció con solvencia el periodismo.

Desde niño, sin saber cuál era el significado de las palabras, mostró interés por la literatura, aprendiendo de memoria poemas completos de Shakespeare.

Casi desde sus primeros textos gozó de una inmensa popularidad. Autor de los magníficos El hombre que fue Jueves, y por las historias de su peculiar Padre Brown, una especie de alter ego que ha pasado a la historia como de los personajes más interesantes e inolvidables de la literatura.

Fue distinguido con el Honoris Causa por las universidades de Edimburgo, Dublín y Notre Dame, y nombrado Caballero de la Orden de San Gregorio el Grande.

Intranquilo y polemista, siempre mantuvo una fuerte defensa de su libertad religiosa. Aunque educado en el anglicanismo, pasó mucho tiempo alejado de la fe, hasta hacerse católico. Tras su muerte, el papa Pío XI le otorgó el título de Defensor Fidei.


 
  • Basil Grant tenía relativamente pocos amigos aparte de mí. Sin embargo, era el reverso del hombre insociable. Se ponía a hablar con cualquiera en cualquier sitio, y no sólo bien, sino que lo hacía con sincero interés y entusiasmo por los asuntos de esa persona. Marchaba a través del mundo, por decirlo así, como si siempre se hallara en la imperial de un ómnibus o en espera de algún tren. La mayor parte de estas amistades casuales se desvanecían, claro está, como habían llegado, pero aquí y allá quedaban unas cuantas ancladas a él, por así decir, y se convertían en amistades íntimas y duraderas. No obstante, todas ellas ofrecían cierto aspecto fortuito, como si fueran cosas llovidas del cielo, ejemplares cogidos al azar, artículos desprendidos de un tren de mercancías o sorpresas halladas en un roscón. Uno era, pongamos por caso, un veterinario con todo el aspecto de tratante de caballos; otro, un melifluo canónigo de barba blanca y difusas opiniones; otro, un joven capitán de Lanceros exactamente parecido a otro capitán de Lanceros; otro, un pequeño dentista de Fulham, que en nada se distinguía de cualquier otro dentista de Fulham. El comandante Brown, pequeño, seco y presuntuoso, formaba parte de estas amistades. Basil le había conocido con motivo de una discusión que sostuvieron en el guardarropa de un hotel a propósito del sombrero más adecuado, discusión que estuvo a punto de producir al pequeño comandante un ataque de histeria masculina, resultado de la mezcla de egoísmo de un solterón con la melindrería de una solterona. Después se habían ido a su casa en el mismo coche y a partir de entonces cenaron juntos dos veces por semana hasta el término de sus días. También yo era otro de esos amigos suyos. Había conocido a Grant cuando ejercía aún la judicatura, en la terraza del Casino Liberal, en donde crucé con él unas cuantas palabras acerca del tiempo. Después estuvimos hablando media hora de cuestiones políticas y religiosas, pues los hombres hablan siempre de las cosas más importantes con las personas que les son totalmente desconocidas. Se debe esto a que en los extraños descubrimos al hombre en sí, o a que la imagen de Dios no se nos aparece encubierta por la familiaridad del parentesco o por las dudas que inspire la sabiduría de un bigote.

    Basil Grant...


 
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