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Marcel Proust

(París, 1871 - 1922)

Perteneciente a una familia acomodada, se cría en ambientes refinados y exclusivos que se reflejan en su obra, de carácter autobiográfico. Su padre, Adrien, era un médico célebre y su madre, Jeanne Weil, pertenecía a una familia judía alsaciana.

De frágil salud, Proust recibió una esmerada educación, y ya de niño dio muestras de una gran inteligencia y sensibilidad. Estudió en el Liceo Condorcet y después derecho en la Sorbona y en la Facultad de Ciencias Políticas.

Si bien en un principio se inclinó por la carrera diplomática, pronto abandonó sus estudios para relacionarse con la sociedad elegante de París y dedicarse a escribir. Frecuentó las tertulias literarias, lo que le dió la pauta para realizar un análisis psicológico de cada personaje de sus novelas, logrando un sinfín de caracterizaciones que abarcan los diversos matices del ser humano.


 
  • El piar matinal de los pájaros le parecía insípido a Francisca. Cada palabra de las chicas la hacía sobresaltarse; molesta por todos sus pasos, interrogábase a cuenta de ellos; es que nos habíamos mudado de casa. Verdad es que las criadas no bullían menos en el sexto de nuestra antigua morada; pero Francisca las conocía; había hecho de sus idas y venidas cosas amigas. Ahora prestaba hasta al silencio una atención dolorosa. Y como nuestro nuevo barrio parecía tan tranquilo como ruidoso era el bulevar a que hasta entonces había dado nuestra casa, la canción (distinta de lejos, cuando es débil, como un motivo de orquesta) de un hombre que pasaba hacía acudir las lágrimas a los ojos de la desterrada Francisca.

    El piar matinal de los pájaros le parecía insípido a Francisca

  • Cuando en casa se trató de invitar a cenar por vez primera al señor de Norpois, mi madre dijo que sentía mucho que el doctor Cottard estuviera de viaje, y que lamentaba también haber abandonado todo trato con Swann, porque sin duda habría sido grato para el ex embajador conocer a esas dos personas; a lo cual repuso mi padre que en cualquier mesa haría siempre bien un convidado eminente, un sabio ilustre, como lo era Cottard; pero que Swann, con aquella ostentación suya, con aquel modo de gritar a los cuatro vientos los nombres de sus conocidos por insignificantes que fuesen, no pasaba de ser un farolón vulgar, y le habría parecido indudablemente al marqués de Norpois “hediondo”, como él solía decir.

    Cuando en casa se trató de invitar a cenar por vez primera al señor de Norpois...

  • Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: “Ya me duermo”. Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones, porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la obra, en una iglesia, en un cuarteto, en la rivalidad de Francisco I y Carlos V

    Mucho tiempo he estado acostándome temprano

  • Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia. Cada día me doy más cuenta de que sólo desde fuera de ella puede volver a captar el escritor algo de nuestras impresiones, es decir, alcanzar algo de sí mismo y de la materia única del arte. Lo que nos facilita la inteligencia con el nombre de pasado no es tal. En realidad, como ocurre con las almas de difuntos en ciertas leyendas populares, cada hora de nuestra vida, se encarna y se oculta en cuanto muere en algún objeto material. Queda cautiva, cautiva para siempre, a menos que encontremos el objeto. Por él la reconocemos, la invocamos, y se libera. El objeto en donde se esconde –o la sensación, ya que todo objeto es en relación a nosotros sensación– muy bien puede ocurrir que no lo encontremos jamás. Y así es cómo existen horas de nuestra vida que nunca resucitarán.

    Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia...


 
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