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Se recuerda que todos vivimos parcial pero permanentemente engañados o bien engañando, contando sólo parte, ocultando otra parte y nunca las mismas partes a las diferentes personas que nos rodean. (1) Admitimos que aquello que se nos cuenta no es del todo cierto o acaso lo es sólo en parte y no en la mayorÃa de las veces y aún asÃ, admitimos, nos aferramos a la mentira de las ficciones, a las historias que han de ser tomadas como ciertas o al menos como válidas y somos capaces de sumergirnos dentro de un mundo que no es nuestro mundo pero tampoco deja de serlo, un mundo dentro de lo posible o al menos eso que pudo ocurrirnos y seguramente ocurrió a otros o les sucederá en lo adelante o se habla de alguien o de algo y se cree que es aquello lo cierto aunque nunca tengamos la certeza total de que lo fuera.
Nadie niega a estas alturas el horror de lo vivido alguna vez en las pesadillas o en los más deliciosos sueños, pues entonces dimos por sentado que aquello que soñamos era lo cierto y no lo otro, por lo que la literatura también nos ha servido –y aún nos sirve– para admitir ese otro mundo en el que nos sumergimos casi a diario y a pesar de todo, como verdaderos adictos nos llevamos un libro a casa o al sitio de nuestra preferencia y al pronto ya estamos conectados con la voz de ese alguien que nos conduce por senderos insospechados. Y es aquà donde llevo cierta ventaja al desocupado lector al que pude advertir como suele hacerse, más por pose que por verdadero interés, que abandonara la lectura de mis palabras prescindibles, puesto que en cierto modo puedo parecer aquel que leÃdo un libro o visto una pelÃcula que nos emocionó o impactó de algún modo queremos comunicarlo a todos, abrazar a cuanto hombrecillo despistado camine por la calle a la vez que le digamos que lo mejor que le pudiera ocurrir a una editorial es presentar al lector una verdadera joya de la literatura cubana e hispanoamericana.
Pero definitivamente hay que advertirlo:
Este es un libro con un hombre adentro, un texto de matices e incordios, de suspicacias y malicias, de historias que se cuentan a medias o uno cree que hay otra historia viviéndose, creándose, más allá de lo que leemos. “El muro de las lamentacionesâ€, es la primera de las historias con que uno se encuentra y ya desde entonces sabe que no va a dejar el libro, que lo concluirá porque no parece posible que alguien escriba de ese modo, una estructura novedosa y sumamente útil va entretejiendo, como en un filme, el encuentro de Albert Albert (no es una sutileza recordar que el autor de este libro se llama Alberto, ni la alusión a ese personaje de Nabokov, Humbert Humbert en Lolita) en el tren, donde asistimos a la burla, el choteo, pero también al ácido en el rostro cuando nos recuerdan lo vivido, lo que aún vivimos, y no olvidamos, la realidad sucia en que también crecimos y adulteramos, el encuentro con Berena en el cine y su acto de felación, advertimos que este no es sólo una historia porno, sino una historia de matices y sutilezas y de engaños, en donde Albert Albert cree disfrutar ( o disfruta) pero es disfrutado por Berena que se lamenta por su padre preso y pervertido, pareciera decirnos que todos ocultamos y entonces aquel padre sigue allÃ, entre las bebidas y la música enloquecedora de los carnavales y el meneo trepidante de las negras santiagueras. Pero no hago más el intruso, alerto simplemente que se trata de una historia de altÃsima tensión erótica, un verdadero ejercicio ejemplar de la lengua, una alusión a nuestra herencia cultural más sabia.
En un lúcido ensayo (2) el escritor Jesús David Curbelo habla de una especie de confesión para la salvación, puesto que estamos sucios y apartados de Dios puesto que hemos pecado:
Ya sea de la angustia de existir atado a una inconformidad insoluble, ya sea de la autoridad excesiva y asfixiante de cualquier tipo de poder, incluido el de la propia angustia. El camino más áspero, y por ende más sabroso ( y utilizo la palabra en su connotación filosófico-teológica) es el pecado que, si alcanza a convertirse en capital, engendrará indulgencia y asunción en el seno de la divinidad y, por si no bastara, de la comunidad, a la larga dispuesta al perdón de los grandes pecadores.(3)
Se refiere in extenso al erotismo del cuerpo, al erotismo del corazón y a un erotismo sacro. Para los textos agrupados bajo el tÃtulo de El muro… es evidente que se intenta y aún se logra a su vez el elogio de la lujuria, el encuentro sexual y el éxtasis de esos encuentros, casi siempre furtivos, por aquello de que en lo oculto está el placer mayor y el lector puede, si quiere, asumir el juego erótico que es también juego de lecturas e intenciones, juegos de poderes y aún contra las normas de lo que admitimos o creemos asumir como establecido puesto que en el sexo (en los cuentos marcadamente eróticos o escandalosamente sexuales) también están las claves para comprender adónde fuimos y adónde llegaremos.
Puede simplemente el desocupado lector prescindir de estos razonamientos de mentes calenturientas (la de Curbelo y la mÃa, es obvio) para disfrutar plenamente de la orgÃa, pero no es la mera orgÃa de lo sexual sino la orgÃa de la palabra como objeto de la propia sensualidad, la complicidad de la técnica sutil, en un entramado tan cuidadoso que apenas si se advierte.