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    Comienzo del ascenso

     

    Fui a encontrarme con Alexandr la semana siguiente. Llevaba en mis manos el libro de Viktor Frankl que había sido mi compañero de confesiones en la última semana. Lo sucedido la semana anterior en su casa, activó todas las curiosidades posibles sobre este hombre y el libro que me había dejado. Y este libro me tuvo perdida del mundo. Es de esas obras que son absolutamente indispensables. El hombre en busca de sentido es el libro del optimismo, es una obra gestada en la mente de alguien que no tenía futuro, al menos no en su cabeza.

    Era la primera vez, desde la desgracia con Amelia, que había algo que me motivaba. Antes había consumido páginas y páginas de libros de autoayuda, nuevos, viejos, best sellers, descatalogados, pero salvo escasos momentos de algunos como Tus zonas erróneas, de Wayne W. Dyer o El secreto, de Rhonda Byrne, ninguno me había llevado hasta las alturas de esta obra monumental.
    Frankl fue llevado a un campo de concentración alemán, donde estuvo a punto de morir montones de veces, pero nunca perdió las ganas de vivir, o de sobrevivir, nunca tuvo la tentación de dejarse acribillar por las balas de algún soldado alemán, ni de saltar a una cerca para dejarse disparar por un centinela.
    Su única obsesión era perdurar, resistir a toda costa, mantenerse con vida para legar a gente como yo lo que había sido una catarsis, una epifanía, su obra fundamental, esa idea de que el hombre tiene algo más allá de las cosas materiales que lo hace trascender, pero no siempre se encuentra y hay que salir a buscarlo.
    Había quedado en mi cabeza un pasaje aterrador de ese libro. Durante su internamiento se percató de que a su lado un compañero jadeaba y se retorcía en medio de alguna pesadilla y se lanzó a sacarlo de algo que a él siempre le había resultado agobiante: los malos sueños.
    Sin embargo, se contuvo en el último momento:
    “Comprendí –dejó escrito Frankl en su obra– enseguida de una forma vívida, que ningún sueño, por horrible que fuera, podía ser tan malo como la realidad del campo que nos rodeaba y a la que estaba a punto de devolverle”.
    Inmediatamente pensé que siempre hay situaciones más desagradables que las que vivimos, por mucho que algo duela, no eres el primero en sufrirlo ni el último que lo hará, basta mirarte desde fuera para comprender que te tienes a ti mismo para salir de ello, y quizás, muy pocas personas que están dispuestos a soportar tu depresión. Así que nadie mejor que tú para encauzar tu vida. Y yo pensaba: uno es decirlo y otro vivirlo.
    Abrí la puerta y repasé la vista por todo el salón.
    –Hola, Alexandr –me descubrí por primera vez sin llamarle “señor ruso”.
    Desde la habitación donde estaba la biblioteca escuché la voz.
    –No será un secreto que estoy aquí, ¿verdad? –lo vi sonriendo, o lo que más se acercaba a una sonrisa.
    –¿Cómo está? El libro que me ha dejado es increíble –lo dejé sobre el escritorio con movimientos indecisos–. Lo he devorado.
    –Hola, Cristina. Me alegro. Ya sabe qué es la Logoterapia. Siéntese, Cristina, por favor…
    Lo miré sin comprender muy bien. Nos sentamos en dos butacas que estaban de frente al escritorio.
    –Pensé –dijo fijándose en mi cara de sorpresa–. Que iba a tener la curiosidad de buscar qué fue de Viktor Frankl.
    –No –reconocí avergonzada–. Estuve tan ensimismada con el libro que apenas levanté la cabeza para nada más.
    –Bueno, no es lo más avispado, pero es lo más usual. Lo importante es que el conocimiento de lo que es, está ahí, sólo necesita que le abran la puerta para percatarse. La Logoterapia está en la base del análisis existencial, es un tipo de terapia que permite recuperar a un ser humano que ha caído en las redes de una crisis. Y su creador fue precisamente Frankl, que pudo realizar toda su labor profesional cuando salió del campo alemán.
    No podía decir que me sorprendiera.
    –Algo como lo que yo necesito ahora… –susurré muy por lo bajo.
    No respondió. Fue hasta el escritorio y cogió una caja donde estaba un pequeño cuaderno de notas y un montón de tarjetas de cartulina bien ordenadas. Más tarde me di cuenta que esta cajita y su cuaderno serían como su propia Biblia personal, donde fue recogiendo durante su vida muchas cosas que le interesaban.
    –¿Se ha preguntado –preguntó finalmente–, qué habría pasado si la cabeza de Frankl se hubiese encontrado con la culata de un fusil nazi? ¿Qué tal si la existencia miserable del campo lo hubiese llevado a suicidarse, dejarse matar por la rabia de un asesino en uniforme? En su libro dice que la forma de sobrevivir, de encontrarle sentido a esa vida miserable era repasar en su cabeza, escribir en su pensamiento la obra que quería escribir.
    –Sí, eso es increíble, es casi sobrenatural.
    –No, al contrario, es bastante humano. Estamos programados genéticamente para ello. Él ya había escrito el libro, pero un soldado alemán lo había destruido. Y este repaso mental, esta escritura cerebral le daba aliento para creer en lo que llamó –miró en su libro de notas–, “existencia provisional cuya duración se desconoce”. ¿Qué tal si no lo hubiera hecho?
    –Por lo pronto nos habríamos quedado sin El hombre en busca de sentido –le dije.
    –Se necesita valentía, confianza en uno mismo y certeza del valor que tiene lo que intentamos legar al futuro para reescribir un libro mentalmente, una y otra vez, una y otra vez, sin cesar, sin pensar en nada más en que llegará el momento de pasarlo al papel y legarlo a la humanidad, por más que el momento de crisis en que se vive parece eterno.
    –Indudable… –miré la portada.
    –En eso es lo que quiero que repare. Cómo alguien no se deja vencer por las circunstancias más extremas y encuentra su objetivo vital.
    Bajé la cabeza antes de responder.
    –Si fuera tan sencillo… –dije en un susurro.
    –No, no lo es… –se acercó a la mesa y cogió el libro en sus manos–. Pero sin buscar no se encuentra. Existe un caso parecido: Reinaldo Arenas, el poeta y novelista cubano que murió de sida en Estados Unidos, pudo haber muerto muchas veces antes. La infinita sabiduría y voluntad de vivir que destilan las páginas de su autobiografía Antes que anochezca harían reflexionar a más de uno que las situaciones más duras que puedan pasarte no dejan de ser crueles, pero sí son transitorias, perennes y fugaces.
    –La muerte no es fugaz… –me atreví a rebatir. Esta era una de las pocas certezas que tenía.
    –No lo es para quien muere… ¿Y para los que quedan vivos?
    No dije nada. Él continuó:
    –Incluso si te dicen que vas a morir en unos días o muere alguien muy querido –me miró a la cara de una forma que apenas pude soportar–, esa situación duele, estresa, pero termina por ser transitoria. Al final terminas reconciliándote con el mundo o enfrentándote a él; el dolor se mantiene pero la parálisis derivada de él es, y tiene que ser, perecedera.
    Estuvo en silencio unos minutos y continuó:
    –Arenas fue torturado, vejado por ser escritor, homosexual y disidente, tres delitos no recogidos en la ley de la dictadura cubana de Castro. Y en todo este proceso de destrucción de su ser vital perdió en varias ocasiones su novela Otra vez el mar. La novela llegó a caer en las manos de la gestapo cubana, y todavía tuvo la entereza de reescribirla tres veces porque era más importante vivir para ella que vivir sin ella.
    Ni siquiera sabía que existía Reinaldo Arenas, pero este ejemplo no era muy diferente al de Frankl. No era en un campo de concentración pero tenía la misma fuerza vital.
    –¿Y el archifamoso caso de Van Gogh –siguió diciendo–, pintando de la misma forma, sin comida, sin calefacción, con mil motivos para odiar al mundo y sin embargo trabajando para ese mismo mundo del que siempre se quejaba que no lo comprendía? ¿Qué crees que les motiva a todos ellos?
    –Su arte, ¿no es así?
    –Su arte y la necesidad de autotrascendencia. Para unos fue pintar, para otros escribir, para otros es tener una gran prole o romper un record deportivo, pero en todos existe esa fuerza vital de ser más que la suma de nuestras moléculas y que debemos encontrar, y para encontrarla, hay que buscarla, salir del marasmo diario.
    Este hombre estaba resultando ser toda una caja de sorpresas. Incluso teniendo serias dudas sobre su forma de encarar la vida era un placer escucharle.
    –Me parece que hay factores que olvida. Como la suerte. El mismo Frankl pudo haber muerto en varias ocasiones y el azar de un momento, la inexplicable decisión de unos segundos, de no ofrecerse voluntario para algunos trabajos o de quedarse con sus enfermos en otro resolvieron que el azar decidiera que su obra llegara a nosotros.
    –¿Y quién le dice que las ganas de vivir, su necesidad de legar lo que quedaba en su mente, no influyeron emocionalmente a tomar la mejor decisión en cada momento? La línea que separa la existencia de la no existencia es delgada, no es extraño. Pero si es verdad lo que vamos sabiendo de nuestro cerebro, las decisiones conscientes muchas veces vienen precedidas desde nuestro cerebro por una decisión emocional inconsciente. ¿Por qué entonces no creer que las decisiones que parecieron del azar, fueron gritos de alarma de su cerebro que le hicieron tomar la mejor decisión para lograr sobrevivir?
    –No lo había visto así. Aunque eso nos deja al ser humano y nuestro ser racional en un plano bastante insignificante –le dije.
    –¡Oh, no! Tomar decisiones es importante porque activa la parte de nuestro cerebro que se dedica a ello. Cuántas más decisiones tomemos, mientras más alternativas nos pongamos delante en nuestra vida, más opciones tendremos para escoger la mejor decisión –incluso de forma inconsciente. Y cada vez seremos más eficaces para hacerlo. ¡Es humano! Como entrenar los músculos con pesas, con carreras de resistencia o de velocidad.
    –¡Pues no es una idea descabellada! –dije–. Si es verdad que nunca te vas a la cama sin saber algo nuevo, yo tengo para dormir varios días.
    –Aprender es un lujo. ¡Aprovéchelo!
    –Me gustaría poder tener la cabeza despejada para eso –dije tras una pausa.
    –Cristina, la vida es mucho más que dejarse llevar y sufrir por los avatares que nos pone en el camino. Si seguimos los preceptos de la psicología, las crisis existenciales no son más que momentos de espera que permiten replantearnos el camino tomado y seguir avanzando por él o por otro en nuestro avance hacia la meta. Lo importante aquí es encontrar esa meta.
    –Es difícil dejar de sufrir –respondí–. El dolor te llega generalmente de forma inesperada, te llena y te corroe sin que puedas hacer nada para dejar de sentirlo. Y cuando pasa se te nubla el pensamiento racional.
    –No siempre, no siempre. Es imposible no sentir dolor. Es más, hay que sentirlo, dejar que las emociones derivadas de él nos provoquen y luego nos abandonen, sea llanto o lo que sea, pero hay que reponerse de él, y una forma de hacerlo es esta búsqueda de nuestra necesidad de autotrascendencia.
    Estaba abrumada por la importancia que le daba él a tomar decisiones, y mejor si son las correctas o, cuando menos, las que creemos que lo son. Pero yo estaba en otro mundo, en otra esfera de vida.
    Recordé que había leído en algún sitio, seguramente alguno de los libros de autoayuda que consumía sin parar, que la obra de Franz Kafka, que cambió la forma de entender y disfrutar la literatura, hoy podría ser desconocida si, Max Brod, un mal amigo pero un excelente previsor no hubiese tomado la dura decisión de no quemar sus manuscritos y legarlos a la posteridad.
    Para mí era un descubrimiento. Esas decisiones que parecen racionales, pero nuestro cerebro, desde algún lugar inexplicable aún para nosotros, ya se encargó de hacerlo emocionalmente por nosotros pueden ser la base de nuestra sobrevivencia como individuos sociales. Si no fuera así, ¿cómo puede explicarse que alguien pueda decirle a un amigo moribundo que se va a respetar su última voluntad de quemar sus manuscritos, y luego violentarla rescatando una de las obras más valiosas de la historia de la literatura? ¿En qué momento se toma una decisión así sin que sea algo emocional?
    –Me gustaría poder sentir estas cosas…
    –Depende de usted, de nadie más.
    Cogió su cuaderno de notas y lo abrió por algún sitio para luego decir:
    –No puedo decir que la vida es bonita, que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que la vida es una felicidad infinita, pero sí puedo decir que la vida no es completamente fea, que no vivimos en el peor de los mundos posibles y que la vida no es una tristeza infinita.
    –No puede decirme lo que es, pero puede decirme lo que no es…
    –Así es… Albert Camus decía en su libro El mito de Sísifo que el problema fundamental de la filosofía era si la vida valía la pena ser vivida o no.
    –Quizás tenía mucha razón –dije con un tono muy bajo, casi sin mover los labios.
    –Creo que vale la pena vivir, Cristina. Como Sísifo empujando sin sentido una piedra hacia la cima, como Reinaldo Arenas luchando con su pensamiento contra una dictadura que parece eterna, como Viktor Frankl contra todo un sistema antihumano desde el sitio más inhumano posible.
    –¿Pero vivir sufriendo?
    –Sufriendo si así lo decides. Puedes encontrar sentido a la vida en empujar una pesada piedra hacia la cima, por dura y empinada que sea la cuesta. Sólo hay que recordar la máxima oriental que está en el Tao Te King de que el viaje hacia la eternidad comienza con el primer paso. No vivamos sin descubrir esa eternidad, ese momento que nos da fuerzas para sobreponernos a todas las adversidades.
    –Lo que dice tiene sentido. Y me gustaría sentirme así, pero no lo siento.
    Cerró el cuaderno de notas y me miró.
    –No siempre pensé así –calló unos segundos que me parecieron horas–. Pero la literatura, la fábula, los libros, la mentira que está en los libros de ficción me salvaron la vida.
    Sostuve su mirada por primera vez y dije:
    –¿La literatura? Es curioso que la literatura, algo que es pura ficción y entretenimiento, haga que alguien encuentre su misión en la vida.
    Alexandr hizo una contorsión extraña con sus labios, como una mueca de desaprobación.
    –Lo sería, si sólo fuera “pura ficción y entretenimiento”. Pero es algo más –dijo con mucha seguridad.
    –Eso tendría que explicarlo un poco mejor, Alexandr.
    –Si tiene tiempo podemos hacerlo. Si la semana que viene vuelve y aún le quedan ganas de escuchar a este viejo, le doy argumentos.
    –Aquí estaré, no le quepa dudas.