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El libro de la tristeza

 

Hace mucho tiempo conocí a un niño que no podía andar porque sus piernas no le respondían. Otro niño empujaba su silla de ruedas y ambos eran tan felices que parecía como si el mundo flotara alrededor. Yo estaba sentado en un banco del parque, releyendo las cuartillas de un libro de poemas que había escrito para el público infantil, cuando uno de mis papeles salió volando impulsado por el viento, y cayó a unos metros de ellos.

El niño de la silla observó la travesía aérea de la hoja y le pidió al otro que se lo alcanzara para entregármelo.
Aquel gesto fue tan conmovedor que no pude evitar darle las gracias varias veces y le pedí, por favor, que escuchara el poema.
Esa mañana supe, a través de aquellos ojos, que yo debía intentar un libro donde la alegría y el dolor se dieran un abrazo en el centro de la plaza de la creación, por donde pasan tantos seres necesitados de poemas como aquel que voló hacia las pupilas esperanzadas que todavía recuerdo.
Aquel día medité acerca de la necesidad de una palabra tierna que sienten las personas. Concluí en la muy frecuentada idea de que la poesía continúa siendo un madero de amparo, aunque ya no se crea o se piense tanto en ella, y se lea a solas o en compañía de adultos, como propone este libro, para evitar que ciertos temas resulten demasiado tristes.
Ahora, si me lo permites, quiero dedicar el libro a aquel niño del parque que una vez me conmovió y, si por casualidad te lo encuentras por ahí, dile, por favor, que le regalé un libro y que tú también quieres ser su amigo.

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