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Estoy insensible, vivo como una larva que se ha enredado en su propia tela. Regreso en las madrugadas con la piel erizada y oliente a callejuela de este pueblo que apesta la mediocridad. Vivo acumulando rasguños, como si fuesen historias que me niego a escribir, pues paso hambre, en estos momentos, solo hambre, preocupación por el pedazo de pan cotidiano. No sé escoger las palabras para ser reconocida del lado bueno, pues no soy del lado de nada, ni soy. Mi máquina no es un médico, ni una pastilla contra la fiebre; mi máquina y yo estamos enclaustradas en una isla donde nadie me ve, nadie me retiene, ahogada en el nerviosismo. Mi delito es pensar en tonterías y perderme en los libros.
El tecleo provoca mala impresión en mi padre, con su mirada triste e impotente, la misma de mi infancia esquelética, e inacabada por la falta de vitaminas. Sus ojos pequeños y oscuros en mis hermanos sin dientes. Mi padre es como un centinela que tiene miedo a que me arriben contrariedades, y que no sabe cómo evitarme el peligro.
No duermo en espera de mi ángel. Estoy a punto de abandonar. Quizás nadie pueda con mi carga. Arrastrándome de esquina a esquina palidezco, aniñada. Temo al destino, a la calle, a que los ojos de los pasantes me distraigan de mi absoluta espera.
Así esperé a mi madre cuando escapó con su amante, y regresó seis años después para borrarse como mujer junto al despótico monaguillo infiel que es mi padre. Sin respirar; sin moverme para ser amada por mi madre.
Mamá regresó a casa, cuando el amante, cruel en el arrepentimiento, le dijo: “no te quiero, jamás te quise, estaba impresionado con que abandonaras todo por seguirme”.
Mi madre regresó sin ilusiones, sin la energía necesaria para intentar otra pasión.
Yo he repetido su gesto. Me he ido para dejar de pensar constantemente en ella, aunque tampoco puedo pensar en otra cosa. Ella sigue sin saber en qué líos estoy cuando desaparezco. Mi presencia carga, mi sentimiento carga, mi cadena carga, mi condena carga, mi llanto carga, mis quejas carga, mi esperanza carga, mis escritos descargas, borrándome en cargas, cargando valijas de carga. Nadie comprende que quiera darme completa.
Mis piernas tiemblan, los tobillos se me doblan, mis pies están desbaratados de inmovilidad. Nadie quiere mi regalo de espera absoluta.
Aguardo a mi ángel con inocente desespero, como si fuese un bordado inconcluso, una blusa mal hilvanada, la pieza perdida de un puzol, la sopa demasiado cuajada, el pan que fermenta en la ventana. Como si hubiese olvidado de colorear la retina con la que podría ver un mundo alegre. Espero a un ángel que sepa terminarme.
Hace apenas un mes recibí la carta. Mi ángel estaba en Las Vegas, dormía bajo un puente; junto a la autopista escribía versos y tomaba alcoholes, sin distinción ni precio. No se cansaba de festejar la libertad.
Se había comprado un par de zapatos en piel curtida, y se largaba a Europa con una vieja millonaria.
Fue una estocada profunda; decía amarla, y yo me repetía “miente, miente sobre mi tripa”; y daba patadas en el suelo.
Me es insoportable pensar que se pone los zapatos comprados por otra mujer, como me es insoportable aceptar que mi madre quería a su amante. Lo cuento porque es la esencia de mi absoluto absurdo, de mi discapacidad para el amor.
Sin embargo, mi creencia es enorme, pero me falta entrenamiento para consolarme el desamor de niña abandonada. Anoche descubrí que estoy enferma, estoy muriendo, sin mover un dedo, para que mi madre regrese donde estoy acurrucada, temblorosa, en amor absoluto.
Bajo la escafandra, a miles de metros de profundidad, sin balón de aire, impidiéndome salir a la superficie, con la desesperación de no poder retener a nadie. Tan vanidosa como una piedra, un tarugo, un poste, un meadero de perros, una vieja lata para patear. Estoy bajo un farol a vuestra espera.
Mi madre, sentada en el jardín de cactus, me susurra que él ha muerto bajo el puente, en total miseria y sus huesos no han encontrado sepultura. No quería regalarme otra espera. Yo enmudecí.
Ya no necesito dos gatos que me celen constantemente, o estar atada a la hora en que entra mi hija, ni engordar, ni bajar de peso, ni peinarme o mostrarme complaciente, puedo irme por ahí. Me cansé de todo. Merezco la luz de un ángel, no estoy pidiendo otro mortal, quiero que mi invento permanezca.
Mi madre me habla como si yo fuese capaz de comprender los males de las mujeres, como si yo pudiera exorcizar sus decepciones. No soy capaz, solo novelo versos y enloquezco.
Mis abuelos juegan al dómino, esperan cerrar la partida con un doble nueve y se debilitan con la esperanza de viajar. Corren al correo, a inmigración, vigilan las cartas, pero nadie, del otro costado del mar, puede pagar el precio de un anciano agotado en el tráfico de frijoles, ni su desaliento. Mis padres se ponen pueblo, si demoro los encontraré ancianos.
Fue entonces que decidí desaparecer mis escritos. Fue entonces que arrojé toda esa porquería.