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    Río Bravo

     

    Al Alexis lo conocí en la Ciudad de México. Ahora es un amigo pero aquel día, cuando me bajé del metro Mixcoac y crucé la Avenida Revolución para sortear los puestos de verdura del mercado y encontrármelo como habíamos convenido en la taquería de la esquina, me pareció cualquier cosa menos una gente para confiar. Yo soy Oscar, le dije, y él estrechó mi diestra y masculló, así que este es el hombrecito que se cree escritor y quiere cruzar conmigo el Río Bravo. El negocio es así, le dije, yo pongo el dinero de los gastos y sé por quién preguntar en Matamoros para que nos ayude con los detalles, sólo necesito alguien que lo haga conmigo para que me infunda valor. Yo no tengo un dólar y por irme a los Estados Unidos soy capaz de cualquier cosa, así que el tipo que buscas soy yo, replicó.

    Alexis sigue durmiendo. Cierro la puerta del cuarto y ya estoy en el pasillo que da a la salida del hotelito de mala muerte, bueno para ahorrar los dólares de la aventura. Afuera el sol casi adolescente y en el esbozo de jardín, sentados en el polvo, tres niños conversan. Uno de ellos se ríe, empuja al otro y es a su vez empujado y cae de espaldas y se ríe. Gritan, se ríen, juegan, no importa la miseria, los niños siempre juegan. Bajo las gradas y ya estoy en el polvo. A mi izquierda el pavimento se insinúa y hay anuncios de madera flotando como zopilotes en un viento pegajoso y caliente que no delata la proximidad del río. Una cantina, dos tiendas, un puesto con hierbas medicinales y encima el rótulo carcomido por el sol, el rocío y las lluvias. Luego una barbería, una venta de tacos y la esquina donde nos dejó el bus. Por ahí crece el pueblo. Los niños han dejado de jugar y me observan con una mezcla de curiosidad y respeto. Justo detrás de ellos el Río Bravo se abre caprichosamente y deja espacio para otra hilera de fachadas descoloridas. A lo lejos, ya en el borde del cielo, puede verse el puente como un pájaro de acero que flota sobre el río. Ahí ya no hay pueblo. Lo normal sería llegar al puente, mostrar los pasaportes y continuar el viaje hacia el interior de los Estados Unidos, sólo que lo normal ahora no tiene sentido. Me dejo llevar por la pendiente y es el asfalto que aparece por tramos, pero es más la tierra reseca y las piedras y el polvo. Unos arbustos, más hierbas, tierra cada vez más blanda y luego el río. Del otro lado del terraplén hay una zanja con albañales y las mismas fachadas cada vez más pobres, menos homogéneas, cada vez más tristes y desoladas. Matamoros es sólo un pueblo de la frontera, uno entre tantos, lo recorro y no acabo de entender por qué lo eligió mi destino. Al frente hay una puerta abierta y una mujer recostada al marco con la vista perdida en el polvo. Cruzo la zanja haciendo equilibrio sobre un tablón y pregunto por Pablo. Siga no más y lléguese a la casa del fondo. Desde el borde del canal un perro se rasca, bosteza y me mira con desgano. Matamoros, el pórtico de mi aventura, es un largo bostezo de tierra calcinada por el sol.

    Es un rancho. El piso es de tierra con olor a orines de perro. El techo es de fibra y las paredes tienen madera, cartones y planchas de cinc. Dos ventanas y una puerta, la mesa, las sillas, el fogón. El café es aguado para mi gusto. Frente a mí, callado y hosco, Pablo está sentado con el vaso de café en una de sus manos. La piel terrosa, brillante el tupido bigote y el cuello corto entre unos hombros macizos. Vengo de parte de Adalberto, su amigo de Ciudad México. Un manotazo en la cortina y aparece la mujer, enjuta, como curtida en vinagre. Usted dirá en qué puedo ayudarlo, dice entonces Pablo.

    El sol ha perdido combustible y está cayendo lenta, inexorablemente, detrás de la curva del río que bordea el pueblo. El pueblo es un bostezo y el río, opaco y calmoso, es como una serpiente que dormita y de vez en vez descansa con polvo y humedad. Ahí termina, dice Pablo, luego vuelve a comenzar. Tal vez sea una imprudencia pero no quiero salir a ciegas, antes quiero verlo de frente, ahora que él no sabe que muy pronto estaré en su caudal. Pasamos por la fisura de ambas paredes y, entre el muro y la orilla, puede haber unos cien metros, tal vez un poco más. La hierba crece hasta cerca de la cintura pero un trillo se abre hasta la masa vegetal de las márgenes. Del lado de acá nunca pasa patrulla, dice Pablo, del otro los gringos lo hacen continuamente a caballo y con perros entrenados. No hay orilla, la tierra acaba abruptamente y es una cicatriz que marca las crecidas del río. Será fácil, sólo agarrarse de las ramas de los arbustos y dejarse caer con suavidad. Del otro lado, en diagonal a favor de la corriente, cincuenta o sesenta metros, hay una playita de arena gris y luego la tierra sube vertical, sin árboles, formando un pequeño farallón. Mejor amaneciendo, dice Pablo, para que las luces de Brownsville lo guíen. Desde donde estoy se ve tranquilo, fluyendo, gastándose y renovándose con una perfecta memoria de sí mismo: el Río Bravo. Y hacia el este, a mi derecha, el puente con las dos garitas, una a cada lado, humanizándolo aún más. Parece cerca, dice Pablo, pero está a más de dos millas y no lo verán. Luego regresamos por donde mismo y, ya menos dominado por la emoción, voy grabando los detalles: un tronco carcomido que obstruye el sendero, una curva abrupta entre el verdor y de nuevo el muro. Pasamos y, ya del otro lado, enrumbamos hacia la casona que, en medio de su desolación, parece vomitada por el pueblo. Antes era un polvorín de la guardia, dice Pablo, ahora no es nada. Hacia arriba, detrás de los techos de madera y cinc, un incendio de nubes y mientras avanzo imagino al sol cayendo con sus últimos suspiros y, abajo, profundo e insondable, imagino al río. No sé de dónde me viene la certeza pero estoy seguro de que al final el sol terminará por ahogarse en las turbulentas aguas del Bravo.

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