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    Siete años de martirio…

     

    Otoño de 2003. En el aristocrático barrio de Frohnau, al noroeste de Berlín, existía un cementerio famoso por la concepción y acabado artístico de sus mausoleos de gran tamaño. En Berlín había pocos tan misteriosos como este. Fue construido en tiempos de bienestar y desarrollo por emprendedores y adinerados.

    El sepulturero oficial era Herbert Rottmann, de 36 años, un rubio alto y fuerte, hombre cuyas facciones finas y gentiles modales encajaban a la perfección en el camposanto. Herbert dirigía además el negocio de su mujer, la pelirroja Brigitte Rottmann, esbelta y hermosa, quien repartía sus 32 años de edad entre el hogar y su taller como escultora, donde grababa nombres en lápidas para nichos y tumbas.

    La pareja vivía en una casa contigua al cementerio con sus tres hijos. Heinz, el mayor, de 9 años, delgado de ojos azules y fanático al futbol, fue muy activo y siempre con su balón en los pies a pesar de haber nacido aquejado de una patología en el sistema nervioso que lo sorprendía con un movimiento involuntario de su cabeza tres veces a la izquierda. Tal vez por eso era el favorito de Herbert.

    La delgada Christine, de apenas 2 años tenía los ojos como su hermano mayor; y el rubio y fornido Thomas, de 7 años, quien en su tiempo libre era obligado por su padre a trabajar en el taller.

    Así pasaron los días para Thomas, a golpes de cincel y martillo. Después de su día de escuela, el pequeño Thomas llegaba a casa dispuesto a compartir juegos con sus amigos, pero el sepulturero se interponía cincel y martillo en mano, llevándolo al taller para que comenzara a esculpir sobre planchas de mármol.

    –Thomas, sujeta bien el cincel, los golpes no pueden ser duros, más bien cortos y rápidos –precisaba él a su hijo. Quizás por la presión que le hacían o por las débiles e inexpertas manos de niño, se le caía el martillo o el cincel, lo que no pocas veces provocaba a Herbert cierta ira, golpeándolo levemente en la cabeza y señalando a la herramienta con su dedo índice.

    –¡Thomas! Te dije que sujetes bien el cincel, vas a romper la plancha. Dale apúrate –eran las pocas palabras que este repetía una y otra vez ante las torpezas de su pequeño. Thomas se agachaba temeroso ante su mirada, para recuperar ora el martillo, ora el cincel para recomenzar su tediosa tarea. Cierta primavera fue testigo de un accidente cuando el chico se dio un golpe en la mano, el cincel saltó y cayó lejos de los dos.

    –¡Ay! ¡Me di duro, ay…!

    –Concéntrate, que vas a romper la plancha, agarra el cincel, y sujétalo fuerte, continúa… –le dio un golpe por la cabeza con la mano abierta y, sin quitarle la vista a su hijo, sacó un cigarrillo y un mechero del bolsillo y lo prendió. La madre, se paralizó dentro de su oficina con su hija cargada en brazos cuando escuchó a su marido. Mientras tanto Thomas miró a este y le mostró el magullo que tenía en la mano.

    –¡No! Yo no quiero seguir papá, la mano me duele mucho –el reaccionó agarrándolo por los hombros y dándole sacudidas que le tambaleaban la cabeza a un lado y otro.

    –¡Sigue! ¡Te voy a hacer un hombrecito! –le recalcó con voz autoritaria, sin percatarse de que su esposa lo había escuchado y ya lo observaba desde la ventana de cristal a pocos metros de allí, quien salió rápidamente y le gritó desde el umbral.

    –¡Oye! Herbert, está bueno ya. No creas que no te estoy mirando y oyendo… te interesa más esa piedra de mierda, que la salud de tu hijo –la pequeña Christine en los brazos de su madre se asustó y dio un grito. Herbert se volteó hacia su mujer, y con disimulo se pasó la mano por la cabeza.

    –Tampoco es así, no exageres –espetó el señor Herbert mientras Brigitte se acercaba, hasta que la vio detenerse frente a él y al pequeño Thomas.

    –Desde que salió de la escuela lo tienes ahí, trabajando, déjalo que vaya a jugar. ¡Maldito seas! Ayer hiciste lo mismo.

    Al paso de los años las manos del pequeño encallecieron de tanto grabar nombres de difuntos en las lápidas de mármol. Nunca le sobró tiempo para sus tareas, mucho menos para jugar con sus amigos. Permanecía todo el tiempo rodeado de las tétricas losas que cobijaban las tumbas cercanas, demasiado cercanas. El niño siempre estuvo con la cara llena de polvo, hasta que cumplió sus catorce años. Muchas veces, en ausencia de su madre, vio a su padre haciendo fechorías masculinas con mujeres jóvenes de la vecindad.

     

    Llantos en las tinieblas

    Primavera año 2010. Thomas creció en esa rutina, tenía unas manos fuerte y su cuerpo musculoso. Una tarde, al terminar la última talla del día, soltó con alegría sus herramientas de trabajo. Abrió una botella de limonada, y tras beberse la mitad, dejó escapar un eructo que asustó a su madre ensimismada en su trabajo. La señora Brigitte se enfadó con su hijo, que se reía del asustado respingo de su madre. Thomas se sacudió risueño la cara sucia de polvo:

    –Lo siento, mamá, no fue mi intención. ¿Y esos ojos que pusiste?, así llena de polvo parecen más grandes, como cuando le tiran un saco de harina a un negro por la cara. ¿Sabes? como en las películas mudas. ¡Ay, que gracia me da…!

    –¿Cómo te puede causar gracia esa cochinada? Por favor, hijo, no lo hagas más. ¡Dios mío qué barbaridad!… ¿Y por qué tiraste las herramientas así?

    –¿Piensas que porque río no estoy molesto? ¿Crees justo que en un día como hoy yo esté trabajando?

    –Tienes razón hijo, ríete como quieras, hiciste muy bien ese trabajo. Pero recoge las herramientas y ponlas donde corresponde.

    Ya más calmados, ambos se dispusieron entrar a la casa y, desde el fondo, les llegó un grito de Herbert:

    –¡¿Por qué están parados ahí como un par de momias sin hacer nada?!

    –¿De dónde diablos salió éste? –masculló Brigitte.

    –¿Por qué quieres tú saberlo? –respondió el hijo.

    Herbert, malhumorado, se acercó, y tras echarle un fugaz vistazo a las lápidas terminadas y la que aún faltaban por hacer, explotó a gritos:

    –¡¿Eso es todo?! ¡Thomas, tú nunca serás nadie! Eres muy lento, has gastado toda la tarde en una maldita plancha. Vete rápido a bañar, que vamos a cenar.

    El joven sacudió la cabeza mientras se pasaba ambas manos por sus antebrazos todavía repletos de polvo y refunfuñó:

    –¡Siempre lo mismo! ¿Mamá, tú no sabes lo qué pasa con él?

    La madre permaneció en silencio. Thomas insistió:

    –¡Contéstame! ¿Tienes miedo mamá?

    Brigitte salió de su mutismo y respondió por lo bajo:

    –No, nada de eso. Apúrate y entra al baño.

    Herbert que escuchó el cuchicheo vociferó desde el umbral:

    –¿Qué tanto se secretean ustedes?

    La esposa y el hijo ignoraron la pregunta. El joven insistió:

    –Tú lo sabes, tanto como yo. ¿Cierto?

    –Date prisa.

    –Ustedes llevan mucho tiempo casados ¡Y tú lo conoces muy bien! Pero veo que le tienes miedo.

    –Camina… –le dijo la madre. Thomas, que avanzó por el pasillo que conducía al baño, echó un vistazo a la escopeta que su padre recién había puesto en una vitrina, se volteó y, gritó:

    –Algún día me contarás… ¿Estás ahí todavía? ¡Yo sé que no te has ido y que me escuchas!

    Brigitte se quedó parada detrás de la vitrina frente a la puerta de la sala, tragó en seco y no contestó. Thomas entró al baño, se despojó de la ropa sucia, la tiró a un lado y se introdujo en la ducha. El chorro de agua se fue llevando el polvo de las piedras, formando una película arenosa en el desagüe entre gorgoteos y globitos de espumas. El muchacho se restregó el cuerpo de pies a cabeza y, al terminar, se contempló en el espejo lleno de dudas. Diez minutos más tarde, Brigitte se paró frente a la puerta del baño, tocó quedamente y, al escucharla, Thomas se cubrió la desnudez con una toalla.

    –Thomas, abre la puerta. ¿Te falta mucho?

    –No mamá, ya terminé –abriendo la puerta, transformó su rostro en una alegre sonrisa, y se dispuso a vestirse con la ropa que ella le trajo.

    –Te estamos esperando. Tú padre y yo estamos listos.

    El muchacho se vistió con premura, salió del baño y, al abrir la puerta de la sala, un coro inesperado lo sorprendió.

    –Felicidades Thomas en tu día ¡Qué lo pases con sana alegría, muchos años de paz y armonía, que los cumplas con mucha armonía! ¡Felicidad, felicidad, felicidad! ¡Eh…!

    En la sala estaban sus abuelos maternos, sus padres y sus hermanos. Thomas divisó la mesa ricamente servida con típica comida alemana, cocinada por la madre de Brigitte.

    Varias botellas de champaña, y de vinos tintos y blancos, esperaban por el cumpleañero para brindar.

    Todos con caras alegres, de uno en uno lo abrazaron y lo besaron, dándole los regalos de coloridos envoltorios, que el joven acomodó en una segunda mesa donde había un paquete que casi la ocupó toda.

    –Muchas gracias a todos. ¡Qué bonito! No pensé que me harían algo así tan sorpresivo… –balbuceó Thomas cuando al fin pudo articular palabras y se acercó a la mesa donde le esperaban para brindar. Heinz, el primogénito, con una botella de champán y un abridor en su diestra, moviendo la cabeza tres veces a la izquierda, preguntó en alta voz:

    –¡Papá! ¿Puedo abrir esta botella?

    Herbert, orgulloso de lo que hacía Heinz, celebró la gentileza de su hijo favorito y dijo, radiante:

    –¡Por supuesto, hijo!

    La pequeña Christine le señaló a Heinz que no era necesario un sacacorchos para abrir la botella. Todos hicieron cumplidos por el gesto de la observadora infante. El hijo mayor soltó el abridor, le guiñó un ojo a su hermana y le agradeció con el pulgar en alto, mientras le quitó el sello de alambre a la botella, comenzó a torcer el corcho, los demás observaban en suspenso, en espera de la estampida.

    –Caramba ¿Por qué se ponen tan feos? –bromeó Heinz y el “¡BUM!” del corcho volador aflojó las tensiones y todos en la sala soltaron la carcajada.

    No lejos de ahí, un BMW color metálico se acercó a la casa de los Rottmann. Lo conducía Manfred Dischke, hombre alto rubio de cara ancha, 40 años de edad y agradables maneras, a pesar de trabajar en un crematorio. Era el mejor amigo de Herbert, quien lo invitó al cumpleaños, y con dos timbrazos interrumpió el brindis que recién había iniciado el padre de familia:

    –Por la salud de Thomas, que ya es un hombrecito y que –(Riiiiinnngg, riiiiinnngg) Caramba, Thomas, anda y abre la puerta, ese debe ser Manfred.

    Brigitte le recrimina con tono poco coloquial:

    –¿Por qué no vas abrir tú? Manfred es tu amigo, es el cumpleaños del niño… Dios mío, qué hombre este para estar mandando.

    Thomas va abrir mientras sus padres discuten:

    –Precisamente por eso tiene que abrir, pues viene por él –dijo Herbert.

    –¿Viene por él? ¡Já! No me digas. ¿Y quién lo invitó? ¡Sus amigos no fueron invitados!

    –Hola. Buenas tardes –interrumpió Manfred, quien fingió no escuchar las palabras de Brigitte, y le entregó un par de regalos al homenajeado.

    –Te deseo todo lo bueno por tu cumpleaños. Esto es para ti, y esto también.

    –Gracias, muchas gracias ¡Qué bien! –lleno de regocijo el joven puso los dos regalos junto a los demás paquetes, sobre la cercana mesa.

    –Y estas flores son para ti, Brigitte, de todo corazón –se volteó Manfred y entregó el ramo de flores a la señora que, ruborizada, sonrió avergonzada del exabrupto anterior. Herbert, con un tono desagradable, le dijo a su mujer:

    –Brigitte búscale una copa a mi amigo, apúrate. Ven acá Manfred, amigo mío, te esperábamos para brindar.

    Mientras el invitado se sentó al lado del anfitrión, que derrochó amabilidad con el recién llegado, una voz sarcástica se escuchó al otro lado de la mesa:

    –¡Herbert, que cariñoso eres con los hombres! ¿Por qué no eres así con tu esposa?

    –¡Abuela por favor! –dijeron los nietos varones al unísono y la madre, que justo le estaba sirviendo el champán a Manfred alzó la mirada con reproche:

    –Mamá, por favor no te metas.

    Al escuchar a su hija, a sus nietos, la señora gruesa, de mediana estatura y lentes con fondos de botella cerró la boca y miró a su marido, quien frunció el ceño y garraspó la garganta. Pero Thomas rompió la embarazosa situación:

    –¿Y cuándo vamos a brindar? Ya tengo hambre, quisiera comer, brindemos para comenzar la cena.

    Fue secundado de inmediato por Christine. Remordido, el abuelo materno, hombre alto de perfil fino y nariz larga, se levantó poco a poco de la silla con la copa en la mano y dijo:

    –¡Brindemos por la salud de Thomas y de todos los que están aquí! ¡Y le deseo al joven que en los próximos años no tenga que trabajar tanto, para que se pueda superar en la escuela y pueda hacer una carrera!

    Todos de pie juntaron las copas y las hicieron sonar, y tras el primer trago Brigitte, orgullosa, besó a su padre mientras unos bebían y otros servían sus platos. Pero la niña no tuvo apuro en comer:

    –¿Thomas, no quieres abrir los regalos? ¡Ábrelos!

    –¡Claro que quiero, pero, después de la comida! ¿Sí?

    –¿Y qué habrá en ese cartón grande?

    –Eso lo vamos a ver pronto, ya estoy terminando. Estás más desesperada que yo –le dijo su hermano a la niña intranquila. El padre interrumpió:

    –Thomas, anda y abre los paquetes y enséñale los regalos a tu hermanita, para ver si podemos comer tranquilos.

    Heinz removió la cabeza tres veces a la izquierda, y comenzó a desafinar lo que de inmediato se convirtió en coro:

    –¡Que los abra, que los abra…!

    A tanta insistencia, él los calmó:

    –Tranquilo, tranquilo, ya los abro. Veo que mi hermanita no es la única intrigada.

    –Primero el regalo de los abuelos. Estoy curiosa por saber que hay dentro de esa caja de cartón tan grande. –pero Thomas frenó a la insistente Christine:

    –No, ese lo abriré de último… Miren esto… ¡Wow! ¡Qué camisa más linda, ahora mismo me la voy a poner! ¡Gracias mamá!

    –¡Así mismo tenía yo una! –comentó Heinz, después de sacudir su cabeza incómodamente.

    –No es cierto, aquella era parecida, y verde, así que no hables lo que no es.

    –Brigitte, deja el muchacho tranquilo, ¿Ok? –se metió Herbert, picado ante cada regaño a Heinz.

    –¡Sigue, no hagas caso a lo que hablen! –dijo la madre, mientras Thomas quedaba pasmado ante un nuevo obsequio, este era el de Manfred.

    –¿Qué es? ¡Léelo por favor! –dijo alborotaba Christine.

    –¡Una entrada para dos personas a un concierto de Rammstein! ¡Magnífico! –exclamó alborozado el joven.

    –¿Y desde cuando a ti te interesa el rock? –preguntó el padre.

    –Desde siempre, Herbert, desde siempre –terció Brigitte, incómoda por los señalamientos de su marido. Heinz se mezcló con un poco de ironía:

    –Es verdad, papá, yo he visto a Thomas tocando guitarra en la escuela… y a Rammstein los vi en la tele, tocan muy bien, esos sí que tocan bien.

    El abuelo interrumpió la cháchara:

    –¡Venga muchacho, acaba de abrir nuestro paquete y demuéstrale a tu padre lo que tú sabes!

    Thomas abrió el envoltorio y ante sus ojos surgió, nueva, una guitarra electrónica y un amplificador. El joven abrió los ojos y la boca asombrado, sin poder decir nada, y se abalanzó sobre sus abuelos para besarlos y abrazarlos:

    –Por eso abuelo se reía, y decía “dale demuéstrale lo que tú sabes”. ¡Qué sorpresa!

    La abuela sonrío y le pidió:

    –Thomas, enséñales, que tú no solo sabes tallar piedras.

    El amigo de su padre recomendó que interpretara algún tema de Rammstein. Y el joven con unos gestos pausados, armó su guitarra impecablemente, reguló el amplificador y durante cuatro minutos sorprendió a todos con la agilidad de su ejecución perfecta, ocasionando un silencio breve, que rompió con unos aplausos.

     

    Mientras la fiesta continuaba, alrededor de los 17:30 en el hipódromo de Hoppegarten, a 20 kilómetros de la casa de la Familia Rottmann, un centenar de policías peinaba el terreno buscando rastros de una joven bávara desaparecida en ese lugar. La acción fue dirigida por el comisario jefe Claus Leinhos, quien en un breve receso preguntó al comisario Thiele:

    –¿Thiele, has encontrado algo?

    –Absolutamente nada, es mejor retirarnos, llueve demasiado.

    De pronto se escuchó a la asistente Katrín:

    –¡Leinhos, aquí hay un pedazo de tela!

    Thiele y su comisario jefe Leinhos se acercaron a Katrín, quien los detuvo a pocos pasos de la cerca perimetral del hipódromo, a la vista de varias pisadas llenas de agua.

    El comisario jefe tomó la palabra a Thiele y dio la orden de retirada a sus guardias.