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Muchos aconsejan que para leer a Chesterton es necesario desprenderse de cualquier obstáculo que impida el uso sin lÃmites de la imaginación. El club de los negocios raros es una muestra de su capacidad para este ingenio.
Un conjunto de seis relatos que cuenta el nacimiento y las tribulaciones de un peculiar club al que para pertenecer es necesario haber inventado una profesión o industria absolutamente nueva.
El creador de dicha extravagancia es sir Basil Grant, que junto a su hermano Rupert, como Holmes y Watson, van de un lado a otro, resolviendo enigmas que aparecen en su camino.
Chesterton combina misterio, humor e ironÃa para lograr una tensión emotiva en el lector que no termina sino con la lectura completa del libro.
Basil Grant tenÃa relativamente pocos amigos aparte de mÃ. Sin embargo, era el reverso del hombre insociable. Se ponÃa a hablar con cualquiera en cualquier sitio, y no sólo bien, sino que lo hacÃa con sincero interés y entusiasmo por los asuntos de esa persona. Marchaba a través del mundo, por decirlo asÃ, como si siempre se hallara en la imperial de un ómnibus o en espera de algún tren. La mayor parte de estas amistades casuales se desvanecÃan, claro está, como habÃan llegado, pero aquà y allá quedaban unas cuantas ancladas a él, por asà decir, y se convertÃan en amistades Ãntimas y duraderas. No obstante, todas ellas ofrecÃan cierto aspecto fortuito, como si fueran cosas llovidas del cielo, ejemplares cogidos al azar, artÃculos desprendidos de un tren de mercancÃas o sorpresas halladas en un roscón. Uno era, pongamos por caso, un veterinario con todo el aspecto de tratante de caballos; otro, un melifluo canónigo de barba blanca y difusas opiniones; otro, un joven capitán de Lanceros exactamente parecido a otro capitán de Lanceros; otro, un pequeño dentista de Fulham, que en nada se distinguÃa de cualquier otro dentista de Fulham. El comandante Brown, pequeño, seco y presuntuoso, formaba parte de estas amistades. Basil le habÃa conocido con motivo de una discusión que sostuvieron en el guardarropa de un hotel a propósito del sombrero más adecuado, discusión que estuvo a punto de producir al pequeño comandante un ataque de histeria masculina, resultado de la mezcla de egoÃsmo de un solterón con la melindrerÃa de una solterona. Después se habÃan ido a su casa en el mismo coche y a partir de entonces cenaron juntos dos veces por semana hasta el término de sus dÃas. También yo era otro de esos amigos suyos. HabÃa conocido a Grant cuando ejercÃa aún la judicatura, en la terraza del Casino Liberal, en donde crucé con él unas cuantas palabras acerca del tiempo. Después estuvimos hablando media hora de cuestiones polÃticas y religiosas, pues los hombres hablan siempre de las cosas más importantes con las personas que les son totalmente desconocidas. Se debe esto a que en los extraños descubrimos al hombre en sÃ, o a que la imagen de Dios no se nos aparece encubierta por la familiaridad del parentesco o por las dudas que inspire la sabidurÃa de un bigote.
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