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Nos encontramos frente a la narración en primera persona de un hombre subterráneo que vive en una pocilga, que nos habla desde una ratonera. Es un solitario en este mundo. Más aún, se considera a sí mismo un hombre de intelecto superior, quien ha roto las ataduras con lo mundano y los intereses viles de [...]
Nos encontramos frente a la narración en primera persona de un hombre subterráneo que vive en una pocilga, que nos habla desde una ratonera. Es un solitario en este mundo. Más aún, se considera a sí mismo un hombre de intelecto superior, quien ha roto las ataduras con lo mundano y los intereses viles de los hombres. Y él mismo se ha transformado en lo más vil y bajo, alejándose del mundo entero; “Estoy solo y ellos están todos juntos” dice el narrador. Él, en este rechazo intelectual no sólo de las leyes sociales, físicas y morales, considera que se ha convertido en un hombre excepcional, un hombre de inacción –por cuanto la acción sería propia de estos hombres que se han acomodado al acompasado movimiento de la sociedad–, un hombre en el que reina el caos. El hombre subterráneo, el hombre en la ratonera, es aquel que ha visto todo lo anterior y lo ha rechazado, quedándose solamente con este mentado caos.
Al otro lado del tabique empezó a roncar un reloj. Se diría que era un hombre al que apretaban violentamente por la garganta. A este ronquido considerablemente largo siguió un agudo y ridículo campanilleo, tan claro, que daba la impresión de que alguien había avanzado de pronto. ¡Eran las dos! Volví a la realidad. No estaba durmiendo, pero sí sumido en una especie de sopor. La oscuridad era casi absoluta en aquella habitación reducida, de techo bajo y tan repleta de muebles, que apenas se podía uno mover. Había allí un gran armario ropero, sombrereras, vestidos tirados en desorden, trozos de ropa. El cabo de vela que ardía en un rincón, sobre una mesa, se consumía y sólo emitía ya un débil resplandor. Transcurridos unos minutos, la oscuridad sería completa.