1. El amo de las marionetas

Uno se cansa de sentar siempre a un personaje nombrado X en el mismo banco, en el mismo parque y en la misma ciudad. Bueno, no tenemos que exagerar, puede variar el banco, puede variar incluso el parque, pero lo que si no varía es la ciudad, este punto minúsculo del mapa donde el amo de las marionetas me ha colocado, y donde yo, a semejanza, que no tanto a imagen, coloco a este personaje nombrado X. Fuma un cigarro tras otro, porque en verdad, no se me ocurre una fórmula mejor para acercarme al concepto de hombre que desespera ante la impuntualidad femenina. Todos sabemos lo dramático de este momento.

a) X presenta un crónico declive en su autoestima, por razones que serán analizadas en breve.

b) X precisa una primera cita. De su satisfactorio desenlace dependen futuros encuentros.

c) X precisa del conjunto de todos esos encuentros futuros para imprimirle un tónico ingrediente a su autoestima. d) X, a pesar de percatarse de la incongruencia manifiesta entre la hora convenida y la hora en curso, inventa excusa tras excusa. Intenta situarse (paradójicamente) en el lugar del otro, para llegar a comprender (justificar es comprender) el motivo del desencuentro y después, imprimirle una mirada positiva al acto de permanecer un solo minuto más acá, muchos solos minutos más acá.

¿Y cuál es el objeto de todo esto?

Marque con una X (curiosamente el nombre del personaje).

__Alcanzar a descubrir adónde se dirige la fila de hormigas que avanza disciplinadamente hacia un lugar desconocido, muy cerca de sus pies.

__Lograr aspirar el suficiente humo como para que su cuerpo se infle y, elevándose por los aires, pueda llevarle hasta el lugar que desea (¿El cuarto de esa mujer a quien se espera?).

__Se encuentra posando para un artista que pretende inmortalizarle en este instante aunque de preferir, preferiría otro.

__No puede moverse del espacio que ocupa.

__Intenta postergar su convencimiento de que no hace nada en este banco de este parque y de esta ciudad. Ella no viene, tal y como no lo había prometido.

¿Por qué se ha lastimado la autoestima de X?

 

II. El hombre que sueña ser escritor

El hombre se levanta de la silla en la que ha estado sentado los tres últimos cuartos de hora. Es difícil escribir con un toque de santo del otro lado del muro. Los vecinos, claro. El hombre le dice unas cuantas groserías a su perro que cada vez deja más pelos desperdigados por doquier. Dentro de poco la casa del hombre podría ser tapizada con semejante materia si las cosas prosiguen del mismo modo y “este perro de mierda…” Comienza otra vez a insultar al perro, pero suena el teléfono y el hombre se ocupa en ofender a su interlocutor. La comunicación se interrumpe bruscamente y como ya no tiene sobre quién descargar su ira (en la casa vecina finaliza el toque de santo y además, no está bien disgustarse con los vecinos), el hombre se da una ducha con agua caliente (todavía no se ha ido el agua), y se acuesta a dormir…

En su sueño no es otra cosa que un escritor. Vive en el último piso de un edificio, exactamente en la azotea. El ascensor funciona impecablemente, así como el correo, por el cual recibe toda la información relacionada con eventos de Literatura. Los críticos no se han puesto de acuerdo dentro de cual generación darle cabida, y mucho menos, dentro de qué antología. Es demasiado joven para ser de los viejísimos, pero demasiado ignoto para pertenecer a la próxima evolución del término nuevo. Es por eso que el hombre que sueña ser escritor, vive en el último piso. Mentira. En realidad esto ocurre porque así evita que los vecinos (además de sus ruidos) le ofrezcan sus filtraciones en generosa contribución. Intenta escribir un cuento y ganar algún concurso. ¿De qué puede vivir un escritor? ¿Cómo ubicarle en la cadena alimenticia? Ya sé lo que van a decirme, pero yo conozco a muchos escritores que son faquires de estrellas. Se introducen la trompa dentro de su boca y aspirando fuerte, fuerte, se inflan, se elevan en el aire alcanzando alturas sorprendentes. El combustible (no se trata de humo), no les alcanza para planear de modo in- definido, así que van a depositarse disciplinadamente en la primera punta de estrella que divisan, donde (sonrisa mística en la boca), se acomodan para invernar. Las estadísticas de- muestran que existe un escritor por cada punta de estrella. Si aceptamos como representativo el icono pentagonal que se ha generalizado, tenemos motivos para sentirnos satisfechos de tanta cultura.

¿Para qué el hombre que sueña ser escritor quiere ganar un concurso?

Se levanta. La mañana ha comenzado con la grata bendición de todos los santos. En la radio recitan un poema de Lezama Lima. Apaga el equipo y se sienta junto a la máquina de escribir. ¿Qué me importa a mí X? –piensa.