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2012

–¿Carlos? Soy Lurdes, ¿estás ahí?

No hubo respuesta. Justo en ese momento sonó el móvil. Se apresuró a buscarlo en el bolso, lo sacó y miró el número que aparecía en la pantalla, un número largo que no conocía.

–¿Sí?

–Lurdes, gracias a Dios.

Su corazón dio un vuelco de alegría y todo su cuerpo se relajó, era su tío, por fin.

–Oh, Carlos, ya era hora, ¿dónde te has metido? Me tenías tan preocupada, ¿por qué no me has llamado?

–Cariño, no puedes imaginarte lo que me ha pasado, es increíble, pero no puedo contártelo ahora, mira, escucha, estoy en una cabina, en México.

¿México? ¿Qué se le había perdido en México? Le gustaba viajar, aún así, irse a México de pronto, sin avisar, no era su forma de actuar.

–¿Y para qué has ido a México?

–Bueno, la verdad es que no entraba en mis planes venir a México, pero aquí estoy. Te lo explicaré cuando vengas, porque tendrás que venir, necesito tu ayuda.

–¿Qué? –casi gritó, se dio la vuelta, nerviosa, pasándose la mano por el pelo–. Que vaya a México, ¿para qué? Tengo que trabajar, no puedo dejarlo todo así sin más e irme a México, no está precisamente a la vuelta de la esquina.

Un suspiro al otro lado de la línea y, ruido de monedas.

–Mira, cielo, no tengo tiempo para explicártelo, ni más suelto. Necesito que vayas a mi piso…

Lurdes se giró y miró la puerta. Ya estaba en su piso.

–…y recojas mi pasaporte, algo de ropa y dinero. Coge un vuelo a México lo más pronto que te sea posible, reserva dos habitaciones en cualquier hotel, para un par de días y cuando llegues te lo explicaré todo. Voy a ir a casa de Antonio, supongo que dejará que me quede, llámame a su casa en cuanto llegues, apunta su teléfono… –Lurdes buscó una libreta pequeña que tenía en el bolso con un bolígrafo enganchado en las espirales y tomó nota–. ¿Lo has entendido todo? Cariño, si no vienes, no podré volver a casa, no tengo pasaporte, ni dinero. Y mi móvil está sin batería, no puedo comprar un cargador, acuérdate también de cogerlo, por favor.

–Pero, ¿cómo has llegado a México sin pasaporte? Vaya faena, tengo que hablar con Sonia y decirle que cierro dos semanas, buscar hotel… –suspiró fastidiada–. Ya puedes invitarme a un buen restaurante cuando llegue.

Su tío se rió.