2012

–Es una suerte contar contigo, cariño. Eso está hecho. Te quie…

La llamada se cortó. Lurdes retiró el teléfono despacio y luego miró la pantalla como para cerciorarse de que realmente había tenido esa conversación con su tío. Guardó el móvil y se llevó las manos a la cabeza, tenía mucho que preparar y lo primero era recoger las cosas de Carlos. No se explicaba cómo había llegado a México sin pasaporte, ¿se habría metido en algún lío? ¿Le habrían secuestrado? Eso no era probable, no conocía a nadie que odiara a su tío y tampoco era rico como para pedir un rescate. Por más vueltas que le diera no daría con la solución hasta que no se lo contara él. Abrió la puerta y el silencio la abrumó. Una tenue luz entraba por las ventanas. Cerró tras de sí y fue directa al balcón para abrirlo y que entrara algo de aire fresco. Se giró y vio que todo estaba recogido, como de costumbre. ¿Dónde guardaría el pasaporte? Echó un vistazo al mueble del comedor, pero allí no vio nada, sólo fotos de cuando ella era pequeña y una reciente, de los dos juntos, sonriendo y bronceados por el sol. Estaban en una playa de Jamaica, pasando las vacaciones de agosto. Sonrió al recordarlo. Se acercó al sofá, a su lado había una pequeña mesa redonda de cristal donde estaba el teléfono. Descolgó para llamar a Sonia. Lo cogió su madre y le dejó el recado.

En el comedor no vio nada, lo encontraría en el cuarto. La puerta estaba cerrada, la abrió y se dio de bruces con un cuarto lleno de libros, revistas y papeles por todas partes. La cama llena de revistas, tirados por el suelo había papeles impresos, el escritorio plagado de libros. ¿En qué estaría trabajando su tío? Tal vez estaba investigando para escribir una novela. Fue a la mesita, encima estaba el cable del cargador, que estaba enchufado. Lo cogió, enrolló y guardó en el bolso. Miró en los cajones, detrás de los calzoncillos encontró el pasaporte y la cartera. Dentro llevaba cien euros en efectivo, suficiente, ella sacaría con la tarjeta. Lo guardó también en el bolso. Fue al armario, encima estaban las maletas, cogió la pequeña y empezó a guardar ropa y enseres de baño, si olvidaba algo importante ya lo comprarían por allí. Satisfecha, se sentó un momento en una esquina de la cama. Miró las revistas, eran Más allá, Año Cero e Historia National Geographic. La última era muy típica de él, pero ¿qué haría su tío leyendo las otras dos?, ¿de qué trataría su novela? Cogió un puñado de papeles del suelo y los miró por encima. Eran textos descargados de Internet, hablaban de gente desaparecida misteriosamente, sin dejar rastro, de objetos extraños que aparecían sin más, de física cuántica. Entre sus manos se encontraba un reportaje de Internet, sacado de Más Allá:

 

“Hay otros mundos… pero están junto a usted

Desapariciones inexplicables, extraños desfases espaciotemporales, viajes en el tiempo… Éstas son algunas de las descripciones de los fenómenos vividos por multitud de testigos. Pero, ¿son hechos reales y objetivos? ¿Qué hay de cierto en la posibilidad de la existencia de los universos paralelos? ¿Están frente a nosotros sin saberlo?

por: Josep G.”

 

Leyó por encima y se detuvo un momento.

 

“El joven de 37 años salió, como tantas veces, a buscar níscalos y espárragos. Según sus acompañantes se repartieron por una zona próxima a las antenas repetidoras. A pesar de no tener contacto visual entre ellos se hablaban. De repente se hizo el silencio y no se supo más de Enrique, es como si se lo hubiera tragado la tierra.

Ni las batidas efectuadas por los vecinos, ni la intervención de perros adiestrados, ni la participación de 200 soldados sirvieron para despejar interrogantes. Enrique desapareció, sin más, el 16 de octubre de 1991 como engullido por otra dimensión.

Hay otros mundos…

El matemático David Bohm, profesor del Birbeck College de Londres postula que hay una realidad dimensional más elevada que se proyecta en nuestras conocidas dimensiones inferiores. Allí crea conexiones entre acontecimientos que no pueden ser explicadas a través de relaciones corrientes de causa y efecto.

Parece innegable que algunas personas son capaces de recoger información de esa otra dimensión, a pesar de que el medio por el que estos datos son almacenados y transmitidos siguen siendo un misterio.”

 

No era un artículo que esperaba encontrar en la habitación de su tío. Se levantó y miró los libros. Física, matemáticas y un libro antiguo titulado Flatland de Edwin Abbott. No lo había escuchado nunca. Lo dejó donde estaba y encendió el ordenador. En el escritorio no había ninguna hoja que pudiera hacer referencia a una posible novela. Estaría guardada en alguna carpeta. Abrió Internet Explorer y comenzó a buscar hotel en México.