–¿Un ataúd?
–Sí, en la plaza del Heno. Lo sacaron de un sótano.
–¿De un sótano?
–Sí, de una habitación del subsuelo… Bueno, ya comprenderás: de una casa de mala nota… ¡Cuánta porquería alrededor! Escombros, basuras… ¡Cómo apestaba aquello! ¡Era horrible!
Silencio.
–En un día como éste es muy desagradable enterrar a los muertos –dije, sólo para no estar callado.
–¿Por qué?
–El frío, la humedad…
Bostecé.
–¿Eso qué importa? –dijo Lisa de pronto, tras una pausa.
–Es un espectáculo muy triste. –Y bostecé de nuevo–. Los enterradores lanzan tacos porque la nieve los empapa. y las fosas, naturalmente, están llenas de agua.
–¿Por qué es natural que haya agua en las fosas? –preguntó Lisa con cierta curiosidad pero en un tono todavía más seco y áspero que antes.
De pronto sentí que algo despertaba en mí.
–¿Cómo que por qué? Siempre hay quince centímetros de agua en las fosas del cementerio de Volkovo.
–¿Por qué?
–Pues porque el suelo está lleno de agua: por todas partes hay pantanos. El ataúd se deposita sobre el agua. Lo he visto muchas veces.
(Nunca lo había visto; es más, nunca había estado en el cementerio de Volkovo. Pero lo había oído contar.)
–¿De veras no te importa morir?
–¿Por qué he de morir? –respondió Lisa, como defendiéndose.
–Un día u otro morirás. Y tu muerte será como la de ésa de que acabo de hablarte. También ella era una muchacha… Murió de tisis.
–Esa clase de chicas mueren en un hospital…
«Lo sabe todo», pensé. Y dije:
–Le debía mucho a su patrona.
La conversación me excitaba cada vez más.
–Por eso –añadí– siguió trabajando, a pesar de su tisis, hasta el límite de su vida. Los cocheros que andaban por allí hablaban de la difunta con los soldados. Seguramente habían sido amigos de ella. Entre risas, se invitaban a beber en su memoria en la taberna (una taberna muy frecuentada por mí).
Silencio, un silencio profundo. Lisa estaba completamente inmóvil.
–Has nombrado el hospital. ¿Es que allí se muere mejor?
–Ni mejor ni peor. Pero, ¿por qué he de morir? –repuso, enojada.
–No en seguida: más adelante.
–Habrá de pasar mucho tiempo.
–¡No lo creas! Ahora eres joven y bonita, y por eso te aprecian aquí. Pero al cabo de un año de llevar esta vida será muy diferente: te habrás marchitado.
–¿Al cabo de un año?
–Por lo menos, en un año perderás mucho –insistí pérfidamente–. Tendrás que dejar esta casa por otra peor. Y, transcurrido otro año, habrás de pasar a una tercera, inferior a la segunda, y esto continuará, de modo que, al cabo de seis o siete años, estarás en los sótanos de la plaza del Heno. Y esto podrá pasar. Lo malo será si te pones enferma…, si te enfrías y enfermas del pecho… O cualquier otro mal… Viviendo como vives, la enfermedad se agravará. Nunca podrás curarte. Por lo tanto, morirás.
–Bueno, ¿y qué? –replicó irritada, con una sacudida de todo su cuerpo.
–¿No te parece triste?
–¿Qué tengo que perder?
–¡La vida!