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Alguien muy pequeño. 1865 – 1878

Mi primer recuerdo es el de un amanecer, su luz y su color y el dorado y rojo de unas frutas a la altura de mi hombro. Debe de ser la memoria de los paseos matutinos por el mercado de frutas de Bombay, con mi institutriz y después con mi hermana en su cochecito, y de nuestros regresos con todas las compras apiladas en éste. Nuestra institutriz era portuguesa, católica romana que le rezaba –conmigo al lado– a una Cruz del camino. Meeta, el criado hindú, entraba a veces en pequeños templos hindúes en los que a mí, que no tenía aún edad para entender de castas, me cogía de la mano mientras me quedaba mirando a los dioses amigos, entrevistos en la penumbra.

A la caída de la tarde paseábamos junto al mar a la sombra de unos palmerales que se llamaban, creo, los bosques de Mahim. Cuando hacía viento, se caían los grandes cocos y corríamos –mi institutriz con el cochecito de mi hermana y yo– a la seguridad de lo despejado. Siempre he sentido la amenaza de la oscuridad en los anocheceres tropicales, lo mismo que he amado el rumor de los vientos nocturnos entre las palmas o las hojas de los plá­tanos, y la canción de las ranas de árbol.

Había barcos árabes que se iban muy lejos por las aguas color perla, y parsis ataviados alegremente, que desembarcaban a adorar la puesta de sol. Nunca supe nada de sus creencias, ni que cerca de nuestra pequeña casa de la explanada estaban las Torres del Silencio, donde los muertos son expuestos a los buitres que esperan en los aleros de las torres; buitres que empezaban a andar y a desplegar las alas nada más ver abajo a los portadores del muerto. No entendí la pena de mi madre cuando encontró “una mano de niño” en el jardín de casa y me dijo que no hiciera preguntas. Yo quería ver aquella mano de niño. Pero la institutriz me lo contó.

En el calor de las tardes, antes de la siesta, o ella o Meeta nos contaban historias y canciones infantiles indias que nunca he olvidado, y nos mandaban al comedor una vez que nos habían vestido con la advertencia de “Ahora, a papá y a mamá, en inglés”. Así que uno hablaba “inglés” traducido con titubeos del idioma nativo en que uno pensaba y soñaba. Mi madre cantaba maravillosas canciones al piano, un piano negro, y después salía a Grandes Cenas. Una vez volvió muy pronto, estaba yo aún despierto, y me dijo que “al gran Lord Sahib” lo habían asesinado y ya esa noche no iba a haber Gran Cena. Se trataba de Lord Mayo, asesinado por un indígena. Meeta nos explicó después que le habían “clavado un cuchillo”. Meeta me salvaba, sin saberlo él, de cualquier temor nocturno o del miedo a la oscuridad. La institutriz, por una curiosa y servicial mezcla de cariño de verdad y estrategia burda, me había contado que la cabeza disecada de leopardo que había en el cuarto de los niños estaba allí para asegurarse de que me iba a la cama. Pero Meeta le quitó importancia a aquella “cabeza de animal”, de la que yo me olvidé como fetiche, bueno o malo, porque no era más que un “animal” sin especificar.

Fuera de la casa y de los espacios verdes que la rodeaban había un sitio estupendo, que olía mucho a pintura y óleo y con pegotes de barro con los que jugar. Era el taller de la Escuela de Arte de mi padre. Y un ayudante suyo, el señor “Terry Sahib”, a quien mi hermana adoraba, era muy amigo nuestro. Una vez, al ir solo hacia allá, pasé por el borde de un enorme barranco de dos palmos, en donde me atacó un monstruo alado igual de grande que yo, y eché a correr llorando. Mi padre me hizo un dibujo de la tragedia, con unos versos debajo:

Un niño de Bombay

huyó de una gallina.

Le dijeron mocoso.

Y dijo: bueno, sí,

pero es que no me gustan.

Me consolé con eso y, desde entonces, siempre me han caído bien las gallinas.