Publicado el

Capítulo I. Un día antes en Cuba

Las campanas de la iglesia mayor repicaban y se escuchaban en cada rincón de la vieja ciudad, desandada por turistas que fotografiaban diversos monumentos. Algunos acudieron al llamado a misa, otros siguieron como encantados por el son que salía de La Casa de la Trova, donde resonaba la música de Compay Segundo. Cuando las campanas callaron su tañer, el ruido de un motor comenzó a escucharse cada vez más cercano. Era un helicóptero militar ruso que sobrevolaba la ciudad y en breves minutos alcanzó las cercanas montañas del Escambray, tapizadas por bosques, cafetales, cascadas y pozas de frías aguas de manantial.

En la cabina, el piloto, con grados de Capitán, reguló el ruido de la radio y leyó las señales que lanzaba la pizarra. Su pasajero, Fernando Quintana, un General alto, de piel trigueña y pelo gris, escrutaba el paisaje. Tenía órdenes de buscar a un ex camarada de trabajo, oriundo de esta ciudad, que regresó a su tierra después de vivir mucho tiempo en la Habana. El general vislumbró una casa en la distancia y ordenó al piloto acercarse. Con un leve giro a la izquierda, el capitán se dirigió a la finca. Desde lo alto, el General oteó el lugar con unos prismáticos. Pudo ver bien el interior de la casa, donde pensó que estaría el hombre que buscaban. Aunque el ruido era muy alto, nadie salió. Pero se fijó en la piscina en el interior de la mansión con techo de tejas y piso de terracota. Le llamó la atención la belleza de la cascada que salía de un pedregal rodeado de un jardín con orquídeas, helechos y hojas de malanga. Embelesado, giró el botón de los anteojos en sentido de las manecillas del reloj, ampliando el campo visual, y tras comprobar que la cascada era artificial, descubrió a unos 100 metros de la finca a varios campesinos en plena faena. Recogían hojas de tabaco y las colgaban en varas que transportaban a un almacén, del que otros sacaban grandes pacas envueltas en yagua que eran apiladas en una carreta.

Entonces distinguió el jeep verde olivo de su viejo camarada aparcado frente a una choza cercana, con una pancarta con la palabra “Laboratorio” escrita. El helicóptero levantó a unos 15 metros de altura y las hojas comenzaron a volar. Los campesinos boquiabiertos dejaron de trabajar por la ventolera que les arruinaba la cosecha.

En el laboratorio estaba Alberto Montuno, de 37 años, alto, trigueño, fornido, de pelo largo y ojos negros. Antiguo agente especial del Ministerio del Interior, con grados de Mayor, era agrónomo de profesión, especialista en la calidad del tabaco, y poseía un desarrollo fenomenal en los sentidos del olfato y el sabor, capaz de comprobar la calidad, incluso su origen, de cualquier breva. El inesperado estruendo interrumpió su análisis de tres tipos de hojas de tabaco verde. Estaba concentrado en las estructuras de una de las hojas, mirándola en un microscopio. A su lado, sobre la mesa de trabajo, había una lupa, un fotómetro de llama, un colorímetro y las demás muestras.

En la pared izquierda había una vitrina con puertas de cristales guardaba recipientes con productos químicos como cloruro de sodio, agua destilada, carbonato de sodio, y otro con una etiqueta que revelaba su contenido: N2HP04.

Cuando el ruido aún era lejano, el investigador apartó la vista del microscopio, sin poder definir qué sería. Le costaba porque, por motivos de seguridad, el laboratorio era hermético, previniendo la entrada de cualquier tipo de insecto o de corrientes de aire que pudiera propiciar alguna plaga.

Pero pronto se dio cuenta de qué se trataba y supo que venían por él. Se quitó los guantes, la bata y el gorro, lo guardó todo en un closet y salió para quedar estupefacto con el súbito ciclón artificial que desperdigaba por doquier las hojas de tabaco, ante la mirada pasmada de los agricultores. Irritado, Alberto gesticuló hacia el aparato, indicándole al piloto que se alejara. Al ver que lo ignoraban, explotó con un grito:

–¡Será posible! ¡Sube, coño, sube!

El piloto hizo un gesto de mohín por el sermón y ladeó el aparato, mientras el General le indicaba al agrónomo que lo siguiera. Instantes después, el aparato se posó a un costado de la finca, los cultivadores comenzaron a recoger las hojas y el investigador condujo su jeep por el terraplén hasta donde ya lo esperaba el General. Mientras avanzaba al encuentro del alto oficial, Alberto le espetó:

–No me cuadro porque ya no soy militar…

–Eso fue hasta el día de hoy: se le acabaron las vacaciones…

El Mayor sonrió y le extendió la mano al general. Extrañado por la visita, Alberto preguntó:

–¿Y cómo sabía que yo estaba aquí…? Esta es la casa es de mi hermano, mi domicilio es en La Habana.

–¡Mayor! No estoy para chistes. Admito que esta casa es muy bonita, pero sobresale de lo normal. También puede apostar su trasero a que, si no supiéramos la verdad, ya ni usted ni él estuvieran viviendo aquí como unos cerdos.

–¡No me cabe duda! –respondió Montuno.

–Por cierto, siento mucho la separación de su esposa – dejó caer amablemente el General, echándole el brazo por encima.

–Solo estaré aquí unos días… Estoy analizando la siembra del tabaco e investigando si el ciclón dejó algunas epidemias… De paso, refresco mi divorcio y cuido la casa de mi hermano, mejor dicho, de nuestros abuelos. A él se la dejaron.

–¡Ah! Pero eso no es necesario… Francisco, el que cuida aquí, está armado. Tiene una escopeta vieja, pero asusta.

Ambos sonrieron y entraron al garaje. El General le quitó el brazo de encima y prosiguió:

– Montuno, ¿desde cuándo no ve a su hermano?

Alberto no contestó, se quedó pensativo y el militar precisó:

–¡Su hermano, su hermano gemelo que vive en Berlín…!, ¿desde cuándo no lo ves?

–¡Aproximadamente dos años! ¿Por qué? ¿Pasa algo con él?

–¿Tanto tiempo…? ¡Ya es hora de que lo vuelva ver! ¿No cree usted?

El especialista en tabacos suspiró. Por un momento pensó que a su hermano le había ocurrido algo y por eso el general había ido hasta allí.

–¡Le acompaño adentro! Recoja sus pertenencias, tengo órdenes de llevarlo a la Habana y tiene otro viaje aún más largo por delante…

–¿Cómo, órdenes…? Ya le dije que soy civil.

–Y yo también le respondí a eso. No ha pasado tanto tiempo como para que haya olvidado que las órdenes no se discuten –dijo el General, haciendo ademán de abrir la puerta de la terraza, pero Alberto se interpuso con los brazos abiertos. El recién llegado sonrió:

–Pierda cuidado, ya le dije que sé todo lo que hay aquí dentro.

Alberto lo miró con picardía y el otro lo apartó, abrió la puerta y entró. Al momento, la corriente de aire cerró la puerta. Al quedarse solo, Alberto soltó una carcajada al escuchar ladridos al otro lado. La puerta se abrió nuevamente y el general salió con el rostro pálido, sin perder de vista a dos dobermans amenazantes. Cerró de un tirón, sofocado, miró a Alberto como aturdido, y con la lengua enredada le preguntó:

–¿Dónde me quedé…, qué, qué fue lo que dije…?

Divertido, el agrónomo entró, aplacó a los perros y desde el interior del garaje llamó en voz alta al alto oficial. Los perros ignoraron al sujeto que entró tras su amo, y mientras Alberto iba al minibar, al otro extremo de la piscina, el General le decía:

–Para esta misión su hermano nos será de mucha utilidad… pero aquí en Cuba. Y con la ventaja de que usted domina varios idiomas, esta operación será un éxito.