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Confesiones y yerros

Confieso, y creo no errar en mi confesión, que buena parte de mis éxitos mercantiles los debo a mi pueblo cordobés, que me dio ese espíritu inconformista, esa voluntad de llegar. Pero de llegar el primero, porque aunque luego en mi lucha (y poniendo en ello mi más denodado empeño y el mayor esfuerzo) fuese superado por algún otro, quizá para que sacase consecuencias aleccionadoras y volviese a empezar, siempre vale la pena proponerse la inquietud y espíritu de competición necesarios para la superación de los objetivos y para la mejora de las conductas.

Solo con ese espíritu, que debes marcarte en la vida, podrás llegar a alguna de las metas que te propusiste. Pero para ello debemos poseer agallas, voluntad, coraje, arrestos y sangre, y esto lo suele dar la genética que heredamos de la familia y de los pueblos.

Y reitero que ese espíritu que me asiste hasta en los sueños lo heredé de mi pueblo, ese Montalbán con aires de primitivismo pero con el vigor de los gladiadores, y que tantos hombres de ciencia en todos los campos ha dado a la cultura universal (aunque yo, como muchos otros, quedé sin poder acceder a la cultura de esas ciencias por la maldita guerra incivil que tuvieron nuestros padres y hermanos). Presumo de poseer en mis genes ese espíritu montalbeño y cordobés que impregna todo mi ser, del que me siento inmensamente orgulloso y que he paseado por el mundo, haciendo uso y querencia de él, siéndome más valioso que la más ventajosa tarjeta de crédito o de identificación social.

Sí, mi sangre hierve, y puedo confesar con satisfacción que durante 50 años he trabajado y trabajo 16 horas diarias, 6 días a la semana. Y nunca conocí el cansancio, ni la desgana, ni la indiferencia ni la apatía; porque estuve al arrimo de la motivación en todo tiempo y circunstancia.

¿Es o no es esto un espíritu cordobés y montalbeño? Este espíritu es el que me llevó a realizar la obra que os presento, y que me ha dado una gran satisfacción, por haberme desvelado los pormenores de una provincia, la de Córdoba, que siempre estuvo con dignidad en la historia. Qué bonito es sentirse heredero de las narraciones que recogen estas páginas, dejadas por nuestros antepasados para aureolar nuestro ego y coronarlo con la grandeza y dignidad que todo buen andaluz merece.

Esta obra nace por la iniciativa de Alfonso Jiménez Mariscal, amigo y primo, el cual se me presentó un día en mi despacho de Barcelona armado de unos documentos ilustrativos publicitados por la Excelentísima Diputación Provincial de Córdoba, en los que se describía con acierto y gracioso atino el hacer laboral, cultural y festivo de cada pueblo cordobés. Y me propuso llevar algo similar, aunque más íntimo, surgido de mis paseos por las sendas, caminos, sierras, montículos y por cada uno de los hermosos valles que dan nombre, historia y vida a esta hermosa provincia cordobesa.

Me enorgullece comprobar que desde los más remotos tiempos, el cordobés formó una piña común en defensa de un hacer distintivo, que atesoró, custodió y contribuyó al engrandecimiento de su región, con valiosas y puntuales aportaciones.

A veces con aconteceres épicos, a cuya gesta jamás renunció, en pos de esa dignidad común que engendra un pueblo cuyo aporte cultural al mundo es de digna y acreditada mención. Pero quien esto escribe es también crítico con el hacer de las gentes y los tiempos, y por ello no puedo substraerme del deber que me asiste, el de denunciar la mancha histórica que como pueblo también posee.

Es hombre heroico y de sangre caliente, el cordobés; y de estos adjetivos se valieron unos bárbaros y malvados políticos y militares, obligando a la población humilde, como son las gentes de nuestros pueblos y ciudades, a atentar contra el patrimonio histórico y cultural más importante del mundo, quizá tan sólo porque ese patrimonio olía a incienso. Y en su ignominia se destruían a sí mismos, porque ¿quién si no fue el portador de la civilización a Occidente? ¿Es que existe desvelo por la democracia allá donde no se permitió la evangelización cristiana? ¿Es que los enemigos de la democracia no lo han sido en primerísimo lugar de la devoción y enseñanzas cristianas?

Los destrozos a un patrimonio histórico fruto del esfuerzo de siglos, creado por nuestros antepasados para nuestra cuidado, contemplación y disfrute, pesan como una loza sobre el hacer político y militar de aquella generación, pero también contra todo el pueblo cordobés y español que acató las consignas de aquel enfrentamiento bélico entre hermanos; consignas dadas por los ineptos políticos y militares sublevados, que nos llevaron a aquella guerra incivil y dejaron nuestros campos sembrados de tumbas y mutilaciones.

Que sepamos, nadie ha pagado los atropellos al patrimonio acometidos en aquella etapa nefasta de nuestra historia.

Que Dios bendiga a este pueblo que os perdonó vuestro atropello a monasterios, catedrales, templos, castillos, etc., confiados como ente cultural e histórico a vosotros desde los siglos más remotos, a la exclusiva custodia vuestra. Pero vosotros no disteis la talla necesaria, no cumplisteis con la responsabilidad que se os confió, y alimentasteis el odio en el pueblo y lo guiasteis al destrozo indiscriminado de un patrimonio único.

Hoy el pueblo cordobés, sobrepasada aquella mancha histórica, emerge con coraje, alegría e ilusión.

Que así sea. Que así se haga.

 

GABRIEL JIMÉNEZ PÉREZ