Conocí a Magalí una noche…

La noche se había humedecido. Se sentía un viento leve. Un frío mínimo. De modo que por las anchas aceras de la carretera Central (tal vez las únicas aceras anchas de aquella ciudad de Santa Clara), la poca gente que pasaba iba vestida como si fuese una tarde de agosto. Ella, Magalí, llevaba un vestido azul oscuro, de tela ligera y con mangas a tres cuartos de brazo. Una de las pocas farolas que subsistían en la Central me indicó algo en lo que no había reparado hasta entonces: sus senos, más que hacia el frente, se orientaban hacia arriba.

–¿Sabes quién es César Vallejo?

–Claro –respondió–. Si saberlo es mi trabajo.

Su voz era levemente opaca, pero de afinación, digamos, perfecta.

–Hoy leí unos poemas suyos, no estaba muy cuerdo ese hombre.

–Así suelen ser los poetas –Y agregó, mientras, sonriendo, señalaba hacia la derecha con un movimiento de la cara–: Eres tan arrestado porque naciste ahí en El Condado.

Allí, a la derecha, al cruzar la Central, estaba el barrio El Condado.

Yo no era tan arrestado –contesté–. Y El Condado sería el barrio más churroso de aquella ciudad, pero también, en mi opinión, el más poético.

Es posible, respondió y me pidió detenernos. Al final de la cuadra que empezábamos se veía la gasolinera. De algunos de los jardincillos que nos quedaban a la izquierda llegaba olor a galán de noche. De nuevo, me miró a los ojos con suma expectación, pero ahora, además, con alguna pizca de angustia, y con algún toque de coerción. Otra vez la piel de su cara morena, sus ojos, sus cabellos negros, destellaron con las luces de los autos que pasaban. Sólo dijo: “No está bien eso de que no trabajes de día”, y reanudó el paso.

Jamás volvería a olvidar el paraguas, exclamó suspirando cuando entrábamos en el portal de su casa. Ya en Cuba casi nadie tiene paraguas, no los venden en ninguna parte –repliqué–. Pero si no lo hubieras olvidado o si abundasen los carros de alquiler, no nos hubiésemos conocido. Le propuse vernos al día siguiente. No era posible –contestó–: debía asistir al “trabajo voluntario” dominical en el campo, a levantar pilas de caña de azúcar, volvería a media tarde, muy agotada. Nos cruzamos quince o veinte palabras de despedida. No me invitó a entrar en la casa. Podría ir a verla cualquier día de la próxima semana, respondió, entre cuatro y siete de la tarde estaba allí de seguro.

Fui el miércoles siguiente, a las cinco de la tarde. Me abrió envuelta en una colcha. Tenía gripe, fiebre. Volvió a la cama, en donde, aclaró, se hallaba cuando yo había llamado a la puerta. De pasada, escruté la sala, la saleta, un sesgo del segundo cuarto. Estaba escuchando una radionovela que asesoro en mi emisora, dijo mientras apagaba el radio, que se hallaba en la mesita de noche que le quedaba más cercana. Me pidió por favor que cerrara herméticamente las hojas y persianas de la ventana del cuarto –que daba al portal–, porque a estas horas ya podría entrar alguna corriente de aire y quizá se resfriara más. ¿Sabría yo manejar el tocadiscos, que estaba allá, al lado del bar portátil en la saleta?, preguntó a seguidas. No sabía, pero fui hacia allí y, guiándome por lo que ella me indicaba, puse el disco que me pidió: uno de larga duración de Los Tres Caballeros que, me sorprendió, empezó a sonar detrás de la cabecera de la cama. Volví a sentarme en la banqueta de la cómoda, que al llegar yo se hallaba en línea con el lateral derecho de la cama, como si me esperara. Miré a sus ojos de fiebre. Le toqué la frente. Como treinta y ocho o más, le dije. Treinta y ocho y medio, respondió señalando a un termómetro que estaba junto al radio. Después de varios minutos intercambiándonos frases de suficiente vacuidad, le descorrí la colcha hasta la mitad del pecho. Comencé a desabrocharle el botón más alto de la bata de casa. Espera –dijo tomándome las manos, que dejó agarradas entre las suyas–. Yo, mucho mejor que tú, sé que es inminente, pero antes quiero saber sobre tu vida amorosa, sexual.

Me turbé durante unos segundos. ¿Por qué querría saber eso justamente ahora? Es un pálpito, ya te lo he dicho –contestó–. Por favor, cuéntame, sin pena.

Yo tenía la erección a medias. No, en este momento no, hablar de eso ahora no me sale, sería prematuro, dije.

Ella había pronunciado abriendo la boca apenas y me fijé por primera vez en la solidez que aludían sus dientes, en el blancor que relumbraban aun medio ocultos entre sus labios, más oscuros que el resto de su cara: –Ya te lo he dicho: es una corazonada, una buena corazonada que me pide saberlo –dijo, mientras, con algo más de intensidad, apretaba mis manos.