Conocí a Magalí una noche…

Mi vida sexual comenzaba en Majanita, el prostíbulo que se hallaba en la periferia sur de la ciudad, donde las prostitutas cobraban dos pesos. Allí me desfloró una tal Elia y luego me remató Marilú La Guajira. Con ellas iba tres y hasta cuatro veces en la semana; todo dependía de cuántos dos pesos pudiese conseguir. Casi siempre marchaba hacia Majanita al atardecer antes de ir a la escuela, o, en ocasiones, cuando terminaba las clases a las once de la noche. También, a veces, cuando ya estaba acostado, me daban las ganas y me lanzaba a una larga travesía en la medianoche. Finalmente, Elia y Marilú fueron mis amigas y las poseía pagando mis dos pesos, pero entonces, de parte de ellas, la acción se llevaba a cabo mediante una especie de ternura maternal. Hasta que a mediados de 1961 se acabó el prostíbulo, mandó cerrarlo el Gobierno revolucionario. Tuve también una novia, oficial, que debía visitar los martes, jueves y domingos, de ocho a diez de la noche. Pero me cansé de verle la cara a la madre, sentada como una cocodrila exactamente delante de nosotros en cada visita y acompañándonos al Parque Vidal y al cine y adondequiera que fuésemos. Le ofrecí disculpas al padre, le dije que no quería seguir. El padre a cada rato andaba pasado de rones y así estaba en esa ocasión. “Mire que usted es maricón, compadre”, me dijo. “Está bien”, le contesté. Luego, afincado en la perseverancia, he logrado andar con algunas de estas santaclareñas que, a un solo golpe de vista, se les nota que resultan sexualmente asequibles; todas, no sé por qué, son de las que se tiñen de rubio con agua oxigenada y llevan peinados de copa alta.

–Eso es todo.

–Gracias –dijo arrellanándose en la cama–. Así siento que debe ser todo esto… Muy transparente.

Ella, sin parpadear, no había quitado sus ojos de los míos mientras yo, vacilando por instantes, me sentía temblar en la medida en que le contaba mi historia.

La boca se me había secado. La erección había desaparecido.

Me pidió que fuera a darle vuelta al disco.

–“Sexualmente asequibles…” “Peinados de copa alta…” –Remedó entre sonrisas, cuando yo me sentaba de nuevo en la banqueta–. Está bueno eso…

Exhaló un suspiro grueso y, mirándome con suficiente dulzura, susurró:

–Avanza ahora.

Le desabroché la bata de casa. Metí las manos por su espalda y le saqué el sostén. Como me había sugerido aquella farola, sus senos apuntaban hacia el techo. Los pezones, más oscuros, de suma redondez, estaban latiendo. La erección me tomó hasta el remate. Me quedé sólo con la camisa. Le quité el blúmer. Me arrodillé en la cama delante de su vientre y le abrí los muslos empujando sus rodillas hacia arriba y hacia los lados, para observarle bien el sexo. La penetré en esa posición y después de que ella cerrara los muslos me dejé caer cuerpo contra cuerpo. Fue muy ambivalente lo que sentí al poseer su cuerpo afiebrado. Los Tres Caballeros iban por La barca. Fue un acoplamiento suave, primitivo porque no hubo cambios de posición –siempre ella abajo, yo arriba, mientras libaba con levedad en sus pezones– ni movimientos intensos; yo me había propuesto ser delicado, puesto que estaba enferma. Cuando terminamos, yo ya en pie, ella quedó mirándome el sexo, que ya se me venía abajo. Sonrió.