El Aprendiz

Y la Esposa le contó de las fantasías del Viejo Guerrillero. La mente de la Amiga se inflamó, se inflamó tanto que su rodilla se agitó debajo de la mesa hasta comprimirse con la de la Esposa en un gesto cómplice. Las rodillas permanecieron juntas…, todavía…

–Tu marido es un hombre muy inteligente… –no dijo otra cosa.

Pasada una semana llamó a la Esposa por teléfono. Por la voz se dio cuenta de que hacían el amor. La Esposa le dijo que en esos momentos tenía a un hombre muy inteligente en su cama. La Amiga rió, después suspiró y le preguntó si tenía el pie grande, la forma secreta en que las dos se referían al tamaño de los genitales masculinos. Una relación proporcional, a tanto pie, tanto te cuelga. El hombre inteligente calzaba un pie respetable… En eso se cayó la comunicación. La Amiga no tardaría mucho en saber que el Viejo Guerrillero había quedado en ascuas con su llamada. El hombre quería saber y la Esposa le contó… Y ya no hubo fantasías con otras mujeres.

Una noche la invitaron a cenar. La Esposa deseaba que ellos se conocieran más. La comida fue servida después que acostaron al niño y la madre de la Esposa veía una película en su cuarto. El Viejo Guerrillero estaba soberbio, su mente volaba ante la presencia de la Amiga, un chiste sucedía a otro, una observación inteligente seguía a otra… Todos contentos y chispeantes y la Amiga no paraba de decirse que un hombre al que le faltaban las manos no era lo peor. Cuando los tres se sirvieron, la Amiga no reparó, por muy alerta que estaba, en el momento en que el hombre se ató los cubiertos con unas ligas… En medio de la cena volvió a preguntarse si sentía asco por un tipo así y no pudo evitar imaginar que el hombre la penetraba con su muñón, después se acordó del capitán Garfio, un manco interesante, y a este le siguió una lista de todos los mancos que conocía: de Cervantes para acá no había muchos.

Esa noche el Viejo Guerrillero y la Amiga entendieron: la Esposa, en ofrenda a su héroe, empujaba a todos a la cama. Al final de la velada las dos mujeres bailaron. Los rostros muy cerca. Sentado en una butaca el Viejo Guerrillero bebía su trago sostenido por los muñones con la destreza de un perro amaestrado. ¿Quién dominaba la situación él o la Esposa? Y no lo pensó más, se puso de pie y se interpuso entre las dos dándole la espalda a la Esposa y sosteniendo a la india por las caderas. La Amiga cerró los ojos y los tres se apretaron aunque la música, puro y rancio Pablo Milanés, en su oficio de cantor de gestas, nada tenía que ver y la Amiga supo entre sus piernas del tamaño del pie del Viejo Guerrillero…

No hubo nada más que decir, la Esposa, que estaba enamorada del Viejo Guerrillero, se encargaría de los detalles. ¿Qué no es capaz de hacer una mujer que ame a un hombre con fuerza superior a todas las canciones, a todos los poemas y todas las telenovelas? Mientras, el Viejo Guerrillero esperaba agazapado.

Aquella vez no fue durante el café del almuerzo en la oficina. La Esposa invitó a la Amiga a una cerveza a la salida del trabajo. Las dos Cristal, los vasos casi vacíos, las manos muy cercas…

– ¿Te gustaría acostarte con nosotros? –preguntó la Esposa a mitad de la segunda cerveza y la Amiga miró por encima de la cabeza de la otra y vio los gorriones encima de los flamboyanes encendidos y escuchó el ruido de las vainas mecidas por el viento y cambió la vista y vio las parejas en las mesas vecinas y la lista de mancos acudió a su mente y de nuevo sintió las firmes tenazas del Viejo Guerrillero en su cintura y el pene cobrando vida contra ella y sus ojos se encontraron con los de la Esposa y no pudo más que sonreír descolocada: sus dientes blanquísimos, equinos, y sus manos fueron al encuentro de las de su amiga y las piernas se agitaron debajo de la mesa y el muslo de la Esposa avanzó entre su rodillas, sólo un poco y se quedó allí suavemente atrapado entre las tibias piernas de la india.

– ¿Te gustaría, sí o no?

–No me siento lesbiana… –dijo y la Esposa también sonrió.

–Nunca, nunca, en mi vida –dijo muy lento la Esposa– he estado tan enamorada de un hombre…

– ¿No tienes miedo de que esto te joda la relación?

–Nada me va a joder la relación –dijo la Esposa llenando los vasos–, es muy sencillo, no me siento excluida, los tres o nada…

La Amiga se dio un trago, pasó la lengua por la espuma encima de los labios, volvió a mirar a los flamboyanes rojo sangre y encaró a la Esposa.

–Creo que me gustaría –dijo apretando fuerte sus rodillas–, pero tengo miedo…

La Esposa se tomó su tiempo, que estuviera segura de que su relación no se jodiera, no quería decir que no tuviera temores.

–Ahora mismo tengo una cosquilla, aquí… –dijo rompiendo el silencio y poniéndose una mano debajo de los senos.

Se soltaron las manos y debajo de la mesa su muslo se deslizó todavía más entre los de la Amiga. El calor era ternura…

–¿Bienvenida? –dijo la Esposa y ambas sonrieron y movieron el cabello y cada una, sin confesárselo a la otra, se sintió deseada por más de la mitad de los hombres que bebían y charlaban en el lugar.

El Viejo Guerrillero dobla a la izquierda y se aparta dela Quinta Avenida, rumbo al mar.

Nunca había vuelto a pasar por aquel barrio. Pero una cosa conducía a la próxima. La Esposa se encargó de atraer a la Amiga y él de buscar el lugar idóneo, lo más lejos posible de la zona en que residían. Los tres iban tejiendo una cadena de insospechados eslabones. La semana pasada había reencontrado el lugar, daba vueltas sin rumbo fijo lo más despacio que podía… Increíble, el mismo jardín, la misma cerca pintada de verde y el cartel… Un cartel: “Rent rooms”. En la casa en que un día trató de tomar por sus cuernos su segunda fantasía, la utópica, ahora se rentaban habitaciones. “Este es el lugar, ninguno será como aquí…”, dijo en voz alta y un aviso tan remoto como insondable se agitó en su estómago.

Tocó el timbre de la calle, compulsivamente leía el cartel una y otra vez. Para colmo la actividad era legal. Debajo estaba el número de licencia del dueño. El hombre vino hacia él.

–¿Es cierto que se alquilan habitaciones? –preguntó el Viejo Guerrillero como esperando que el hombre le dijera que estaba equivocado que tenía alucinaciones o algo por el estilo.

El hombre no respondió y se limitó a señalar el cartel.