El Aprendiz

–¿Usted es el dueño? –preguntó el Viejo Guerrillero y el hombre debió captar algo de su turbación o incredulidad.

–No, el dueño está de viaje para España –dijo y viendo que el otro no se movía, ni decía nada, pero que a todas luces era extranjero, es decir la posibilidad más cercana que remota de hacerse de determinada cantidad de dinero, añadió sonriente:

–Si usted desea puede alquilar la casa el día entero.

–¿Y cómo se llama el dueño? –preguntó sin poder evitar la curiosidad.

El hombre dijo el nombre del dueño. Dos veces lo repitió…, un nombre que jamás había escuchado.

–¿Y esto siempre ha sido una casa particular? –siguió preguntando, algo había sucedido con el lugar– ¿Esto antes no era alguna dependencia, algo de los militares, no sé…?

El hombre lo miró extrañado y fue una misma cosa mirarle los muñones y preguntarse qué coño le pasaba a aquel manco imbécil.

–Esto es una casa –dijo encogiéndose de hombros, sonriente todavía ante la expectativa de un posible cliente–, aquí nunca hubo otra cosa.

–¿Seguro?

–¿Desea toda la casa o una habitación?

Antes de llegar al mar dobla a la izquierda, saca el pie del acelerador poco a poco hasta que el Wolkswagen, que es un carro dócil, queda parado frente a la casa. La brisa de la mañana mueve las cabelleras de las dos mujeres. Sabe que cuando bajen del auto el viento les ceñirá los vestidos al cuerpo y este detalle lo hace silbar alguna melodía que tampoco tiene que ver… El hombre aguarda junto a la verja. Baja del auto y camina hacia él rozando una contra otra la punta de sus muñones. Hablan, el hombre cobra la parte del dinero, le entrega las llaves y desaparece en una bicicleta de carrera. El Viejo Guerrillero espera que doble por la esquina. Tras los cristales oscuros la Esposa y la Amiga permanecen en silencio, no un silencio incómodo, más bien es la ausencia de palabras que sobran e interfieren la conexión de cientos de imágenes cómplices, fulgurantes… Abre la puerta delantera y luego la de atrás en una rápida maniobra.

–Señoras, por favor… –dice todo lo galante que puede, en su voz hay algo de inquietud.

Las dos mujeres se bajan y efectivamente el aire que viene del mar pega los vestidos a sus cuerpos: senos, caderas, piernas, la ropa interior que oculta los sexos rasurados… Asegura las puertas del carro y con un gesto les indica a la Esposa y a la Amiga que lo sigan.

El Viejo Guerrillero se para ante la puerta de entrada. Las llaves en los muñones y una tormenta a punto de estallarle en el pecho, la frente perlada de sudor, las piernas fundidas con el piso y a punto de doblarse. La Amiga tose y él parado sin atinar a dar un paso delante de la misma puerta de la misma casa… Se da la vuelta y le dice a la Esposa que entren ellas primero, él se quedará solo en el portal unos minutos. Las dos mujeres entran en la casa, la misma

Se sienta en un sillón entre macetas de helechos y malangas y las escucha hablar y reírse dentro. Los deseos de irse a la cama con las dos lo asedian, pero el pasado retorna con tanta fuerza que apenas puede hacer otra cosa que sentarse, esperar, relajarse.

La misma casa tomada por otro tipo de asalto…

Ya las mujeres habrán elegido la habitación. Pasan cinco minutos y en un arranque de valentía se pone de pie y entra en la mansión. Esta vez ha regresado en calidad de vencedor… Es un hombre a punto de incluirse en lo imposible.

Por supuesto que todo ha cambiado, pero su casa, la casa de sus días de héroe, respira bajo el nuevo disfraz. El pasado le trota dentro… Escucha las risas arriba. Se para al borde de la escalera. ¿En qué habitación estarían? Sube despacio y es como si la sangre todavía estuviera sobre los escalones. No están en la primera, tampoco en la última al final del pasillo, el pasillo por el que había sido llevado en brazos de sus compañeros… Ellas callan y avanza hasta las puertas que quedan una enfrente de la otra… Cierra los ojos: la Esposa y la Amiga están en la habitación, lo ha dejado en manos del destino y este se ha encargado de tejer el ¿último? eslabón. Se para en la puerta y ve a la Esposa que se ha descalzado y está sentada en medio de la cama con los pies cruzados.

Respira con fuerza, las mujeres han elegido la habitación en que su segunda fantasía, la heroica, se había ido a la mierda…

–¿Quién está dispuesto a hacerlo con explosivo de verdad? –preguntó el profesor y un silencio recorrió al grupo.

Todos podían escuchar la respiración de cada uno. Jugar con bombas era peligroso, pero, ¿qué era una revolución sin explosiones? Bombas para la paz y el futuro…

–Arriba –dijo el profesor de explosivos–, recuerden que estas bombas no se van a colocar en lugares públicos en horas en que la gente esté en la calle. Nuestra táctica es golpear de madrugada al capital donde más le duele: en los bancos, las oficinas de policía y del ejército… nada de lugares civiles.

Los guerrilleros evitaban mirarse unos a otros. Hasta que él se levantó.

–Yo armaré la bomba y la dejaré lista, jefe –dijo el Viejo Guerrillero y todos se echaron a reír por la presión o los nervios.

Hay errores microscópicos que se pagan muy caros. Al voluntario, que era zurdo: la izquierda acuñada en su genética, las manos, las manos, le temblaban y su respiración era la única que se escuchaba. Los demás se habían retirado a distancia prudencial, con las cargas de instrucción, en caso de accidentes, los daños no pasaban de perjudicar al dinamitero. Un pequeño error podía ser la elección equivocada de un cable o la manipulación incorrecta de alguna pieza clave unida a demasiada plastilina explosiva en la bomba… Eso lo entendió tarde el profesor, sus discípulos y el propio voluntario…

–¡¡¡Tírala por la ventana!!! –gritaba el profesor y los otros daban saltos y gritos lo más lejos posible.