El dato escondido

Esta técnica ayuda a suscitar misterio en la historia, obliga a una ma­yor participación del lector en la solución del argumento y, por lo tanto, se atrapa mejor su atención.

Quizá donde mejor se puede apreciar su utilización sea en el cuen­to. De hecho, la mayoría de los mejores cuentos lo son precisamente por haber sabido sortear con eficacia los rigores de este recurso. Aun­que ello no quiere decir que en las novelas no se pueda aprovechar también.

En La celosía, Alain Robbe-Grillet oculta la identidad del protago­nista que mira furtivamente a una mujer, lo que permite un nivel de indagación alto del lector, que trata de averiguar quién puede ser este personaje y los motivos que lo mueven.

En Gran sertón: Veredas de Joáo Guimaráes Rosa, un rudo bandido se incomoda al sentirse atraído por un joven de facciones y gestos casi femeninos que ha entrado recientemente en su banda. Cuando este jo­ven cae herido y se descubre que en realidad era una mujer, la historia se nos pone patas arriba porque Guimaráes Rosa nos escondió este dato significativo prácticamente hasta el final.

Vargas Llosa oculta en La fiesta del chivo la enfermedad venérea que ocultaba con tanto sigilo el dictador Leónidas Trujillo, lo que nos hace un contraste interesante con la personalidad viril y autoritaria que de­mostraba ante los demás.

Sin embargo, es en el cuento donde mayores posibilidades se pue­den agotar en el uso de esta técnica. Autores como Poe, Maupassant, Chéjov, Hemingway, Rulfo, Cortázar, hicieron escuela del dato escon­dido, y quien pretenda hacer un empleo óptimo e inteligente de este procedimiento técnico debe estudiar los textos de estos y otros tantos maestros del cuento.