El dato escondido

Maupassant, en «El collar», nos cuenta la historia de Matilde, una mujer dulce y atractiva que vive obsesionada con la idea de que su nivel social está por encima de la vida que lleva. A propósito de una velada a la que es invitada con su esposo, no puede soportar el impulso de pedir prestado a una amiga un collar de perlas para poder asistir acorde a su nivel, con tan mala suerte que pierde la prenda. La mujer oculta a su amiga el suceso y, junto a su marido, compran un collar igual a un precio que los endeuda prácticamente de por vida y se lo entrega a su amiga en sustitución del extraviado sin que esta lo sepa.

El dato escondido está en el diálogo final que establecen Matilde y su amiga diez años después del suceso:

 

La señora Loisel parecía entonces una vieja. Habíase transformado en la mujer fuerte, dura y ruda de las familias pobres. Mal peinada, con las faldas torcidas y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba los suelos con agua fría. Pero a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, sentábase junto a la ventana, pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde lució tanto y donde fue tan festejada.

¿Cuál sería su fortuna, su estado al presente, si no hubiera perdido el collar? ¡Quién sabe! ¡Quién sabe! ¡Qué mudanzas tan singulares ofrece la vida! ¡Qué poco hace falta para perderse o para salvarse!

Un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos Elí­seos para descansar de las fatigas de la semana, reparó de pronto en una señora que pasaba con un niño cogido de la mano.

Era su antigua compañera de colegio, siempre joven, hermosa siempre y siempre seductora. La de Loisel sintió un escalofrío. ¿Se decidiría a detenerla y saludarla? ¿Por qué no? Habiéndolo pagado ya todo, podía confesar, casi con orgullo, su desdicha.

Se puso frente a ella y dijo:

–Buenos días, Juana.

La otra no la reconoció, admirándose de verse tan familiarmente tratada por aquella infeliz. Balbució:

–Pero…, ¡señora…!, no sé. Usted debe de confundirse…

–No. Soy Matilde Loisel.

Su amiga lanzó un grito de sorpresa.

–¡Oh! ¡Mi pobre Matilde, qué cambiada estás…!

–¡Sí; muy malos días he pasado desde que no te veo, y además bastantes miserias… todo por ti.

–¿Por mí? ¿Cómo es eso?

–¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio?

–¡Sí, pero…

–Pues bien: lo perdí…

–¡Cómo! ¡Si me lo devolviste!

–Te devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez años para pagarlo. Comprenderás que representaba una for­tuna para nosotros, que sólo teníamos el sueldo. En fin, a lo hecho pecho, y estoy muy satisfecha.

La señora de Forestier se había detenido.

–¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío?

–Sí. No lo habrás notado, ¿eh? Casi eran idénticos.

Y al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez. La señora de Forestier, sumamente impresionada, cogióle ambas manos:

–¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te presté era de piedras falsas…! ¡Valía quinientos francos a lo sumo…!

 

En este caso Maupassant nos ha ocultado un dato que sólo nos ha revelado al final de la historia. Si analizamos con algo de lógica crono­lógica el cuento, supuestamente deberíamos saber este detalle antes, pero el autor lo movió de lugar, lo sacó del principio para descubrirlo al final; y la eficacia del relato, la bofetada final que nos hace reflexionar sobre la necedad de seguir ciertas convenciones sociales, llega con mu­cha más fuerza gracias a este enmascaramiento.