El dato escondido

Vargas Llosa llama a esta manera de usar el recurso dato escondido por hipérbaton, en abierta referencia a la figura literaria así conocida en el lenguaje poético, y que consiste en una alteración del orden gramatical de las palabras con una finalidad ornamental o para enfatizar el verso.

 

Del salón en el ángulo oscuro,

de su sueño tal vez olvidado,

silenciosa y cubierta de polvo

veíase el arpa.

 

En este recurso poético que hemos visto en los versos de Gustavo Adolfo Bécquer se descoloca algo dentro de la historia para lograr mayor fuerza en el final.

Tradicionalmente las novelas y cuentos policiales funcionan sobre esta base. El crimen que el investigador trata de descubrir está cometido desde el inicio de la novela y, sin embargo, la escena donde se lleva a cabo su ejecución no la vemos casi hasta el final. Si hiciéramos lo con­trario no habría misterio y, por lo tanto, tampoco novela.

La otra manera de aplicar este recurso técnico es llamada por Vargas Llosa dato escondido por elipsis. También sacado del lenguaje poético, la elipsis es la omisión de algunas partes de la frase, de manera que ad­quiera concisión, intensidad y fuerza sugestiva.

Aquí tenemos otro ejemplo, muy popular, de Gustavo Adolfo Bécquer:

 

Por una mirada, un mundo;

por una sonrisa, un cielo, por un beso.

¡yo no sé qué te diera por un beso!

 

Es este el usado por Maupassant en su cuento «El condecorado». El gran sueño del señor Sacrement es ser condecorado, las razones no im­portan, sólo desea verse con una medalla colgando de su traje. No hace más que comentar constantemente a su esposa los proyectos que tiene para lograrlo. Ella no entiende nada y él la trata como a una estúpida. En vista de todo ello el señor Sacrement establece una relación de cercanía con Rosselin, un diputado que lo visita a menudo y que lo apadrina en el ministerio.

Un día el señor Sacrament recibe con orgullo la noticia de que debe partir a una misión para recopilar información en bibliotecas públicas de toda Francia, misión que lo ayudaría a acumular méritos para conseguir su objetivo personal. El hombre parte presuroso. Varios días después, estando lejos de su ciudad, decide regresar por un tiempo a su casa pues extrañaba el placer del sexo con su mujer. Cuando este hombre toca a la puerta de su casa sucede lo siguiente:

 

Ella debió de sentir una impresión muy terrible, porque la oyó saltar de la cama y hablar en voz alta como cuando se padece una pesa­dilla. Luego, entró en su tocador, abriéndolo y cerrándolo precipita­damente, hizo muchas evoluciones por el cuarto, yendo y viniendo con los pies desnudos.

Al fin, preguntó:

–¿De veras eres tú, Alejandro?

–Sí, mujer; yo soy. ¡Abre!

Abriose la puerta, y la mujer se arrojó en brazos del marido, bal­buciendo:

–¡Ah! ¡Qué miedo! ¡Qué sorpresa! ¡Qué alegría!

El señor Sacrement, como de costumbre, comenzó a desnudarse metódicamente.

Luego descubrió, sobre una silla, el abrigo que solía dejar en el perchero, y cogiéndolo, se quedó asombrado al ver lucir una cinta roja en el ojal de la solapa.

Tartamudeó:

–Este… este…, este abrigo… ¡está… condecorado! Su mujer, de un brinco, lanzose hacia él queriéndole quitar de las manos aquella prenda:

–No; deja; te equivocas… Dámelo.

Pero el señor Sacrement, teniéndolo bien agarrado, como un loco, repetía:

–¿Por qué? ¿Por qué? Tú lo sabes; ¿qué abrigo es este? No es el mío, puesto que lleva la cinta de la Legión de Honor.

Ella procuraba por todos los medios arrancárselo, descompuesta y turbada:

–Óyeme… Atiéndeme… Déjalo… No me hagas hablar… Es un secreto… Un secreto…

Él, incomodándose, palidecía:

–¡Necesito saber qué hace aquí ese abrigo, que no es el mío! La mujer, entonces, le dijo al oído:

–Sí… Calla…, júrame ser prudente… Escucha… ¡Sí!… ¡Estás condecorado!

Sacudiole de tal modo su emoción que, soltando el abrigo, fue a desplomarse sobre un sofá.

–Que yo estoy… ¿Dices que… me han condecorado? –Sí… Es un secreto… Un secreto.

Entre tanto, guardaba el abrigo en un armario, bajo llave, y vol­viéndose hacia su marido, temblorosa y pálida, prosiguió:

–Sí; es un abrigo que te mandé hacer para sorprenderte. Pero había jurado no decirte nada. Tu nombramiento no será oficial hasta que pase un mes o mes y medio, cuando termines tu comisión his­tórica. No debía decírtelo hasta entonces. El diputado Rosselin ha obtenido para ti ese honor.

El señor Sacrement, desfallecido, balbuceó:

–Rosselin… Rosselin… Condecorado… Me ha condecorado… A mí…, él… ¡Ah!

Tuvo que beber agua para calmarse.

Una tarjeta yacía en el suelo. El señor Sacrement la recogió, le­yendo en ella:

Armando Rosselin. Diputado

–¡Lo estás viendo! ¡Inocente! –dijo la mujer. Entonces él rompió a llorar de alegría.

Y a la semana siguiente anunciaba el Diario Oficial que el señor Sacrement era nombrado caballero de la Legión de Honor, en virtud de los servicios excepcionales prestados por el mismo.

 

La mención del dato nunca es explícita, pero es que tampoco es necesaria. En todo el relato está la información necesaria para entender que su esposa lo engaña con el señor Rosselin. Maupassant lo ha ocul­tado elípticamente consciente de que el lector agregaría la información que aquí falta para entender la historia.

Lo propio hace Chéjov en «Cronología viviente», Cortázar en sus re­latos, o Hemingway en cualquiera de sus cuentos. Este último incluso le dio un nombre metafórico que aún hoy muchos aplican a este recurso: iceberg; los famosos témpanos de hielo que parecen inmensos sobre el agua y ocultan aún más su gigantismo pues esconden, sumergidas, tres cuartas partes de su tamaño.

Podríamos seguir mencionando uno tras otro diferentes autores que lo han utilizado, pero la lista sería inmensa; así que lo mejor es que us­ted se los lea todos y logre identificar quién lo hizo bien, mal o peor.