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El Imperio contraataca

En el otro polo está el hecho de que bien podemos pensar que no existen lectores humildes, sino leyentes prejuiciados. Un lector prejuiciado es a la larga un lector retorcido, un suspicaz sin fundamento. Un homeless a nivel de teoría y pensamiento. Y en su aparente precariedad y mansedumbre se agazapan el estorbo y el hacer daño.

Traté. Dios sabe que traté, pero decididamente este no es un libro para estorbantes. Entonces, que salga el sol por donde salga.[abbr title=”Una de las obras que más llamó mi atención durante la X Bienal de La Habana, fue Que salga el sol por donde salga, instalación de Orestes Hernández en la Galería 23 y 12. Consistía en una rama de palma emplazada en el suelo y una jicotea viva que siempre estaba debajo de aquella y con su cabeza oculta. Me pareció una genial muestra del cinismo insular. Pero al mismo tiempo, esa frase puede remitir a otra muy conocida: la suerte está echada.”][1][/abbr]

II

En la segunda mitad de los años ochenta, donde mejor se disertaba sobre temas filosóficos era en el Bodegón de Teodoro, suerte de ágora dionisíaca en la Casa de la FEU[abbr title=”Federación Estudiantil Universitaria.”][2][/abbr] de la Universidad de La Habana. A diario maestros y discípulos nos reuníamos allí para beber cerveza clara del país, jugar dominó y escuchar a Elena Burke [abbr title=”La excelencia del movimiento feeling en Cuba.”][3][/abbr] en vivo. Allí se perdía la solemnidad del tinglado medieval que eran nuestras aulas, suplantadas por las discusiones retóricas y la gritería. No por casualidad, uno de los mejores ejercicios teóricos de la Isla fuera titulado por su autor, Alexis Jardines, Diálogo entre el sobrio y el ebrio.

Cierto día, Emilio Ichikawa, entonces profesor de Historia de la Filosofía en la especialidad de Historia, y yo, alumna de tercer año de Filosofía, convenimos en fundar una Filosofía de la Liberación. Y me lo creí.

De 1991, año en que me gradué, hasta acá, Emilio y yo nos vimos apenas tres o cuatro rápidas veces. Pero de todas formas, él tiene la gracia de provocar apuntes tras lo que escribe, no importa si para afirmar o refutarle pero siempre desde la fascinación. Fue así que precedido por su Premio de Ensayo de La Gaceta de Cuba, en el que disertó sobre libertad y autonomía, surge “El precio de las vacantes (vuelven el cinismo y el arte)”, texto mío publicado en la Edición 287 de la revista El Caimán Barbudo y el cual releí asombrada en virtud de la insólita nota editorial que lo acompañaba.

El editor de esa revista me acusó, entre otras cosas, de coquetear con el discurso del exilio, de haber escrito un ensayo totalizador, etcétera, etcétera.

“El precio de las vacantes…” era en verdad un texto totalizador en tanto le confería al cinismo las mismas cualidades que a la sustancia: omnipresente y causa sui.

III

Apolítico, la serie de banderas grises y blancas que Wilfredo Prieto presentó al III Salón de Arte Contemporáneo Cubano constituyó una de las propuestas más sólidas del evento y, paradójicamente, no tenía nada que ver con el criterio curatorial del mismo. La obra consiste en banderas de alrededor de sesenta países diseñadas tal cual e instaladas en sus astas pero despojadas de sus colores originales: las telas usadas al efecto no sobrepasaban la escala de grises.

Mas si traigo Apolítico a colación es por su cualidad de manifiesto. Apolítico no sólo está delatando un estado de cosas, sino que evidencia el modo en que ese estado le afecta al creador, y su respuesta no puede ser más clara. Declararse ajeno a todo accionar. Se trata de una declaración de cansancio. Se trata de una obra diplomática (en efecto, la diplomacia es una disciplina ajena al ajetreo y a la agitación, hecho que la convierte en una especialidad sedentaria, renunciante, en un juego de barajas).

En resumen, cuando estamos frente a esas banderas instaladas por Wilfredo Prieto es difícil sustraerse a una conclusión: Apolítico es una obra eminentemente cínica.

IV

Luego de leer a Janet Batet sobre la “era cínica” en un número de la revista Loquevenga [abbr title=”Publicación alternativa que circuló a mediados de los años noventa del siglo pasado en Cuba. Se trató de una revista realizada con materiales povera y reciclados pero con un rigor teórico y artístico insuperables.”][4][/abbr] y también, luego de escuchar a Gerardo Mosquera en aquella mesa redonda que convocó Rufo Caballero a propósito de la exposición Relaciones peligrosas [abbr title=”Realizada en 1995 y cuyo tópico central era la preeminencia del tropo en el arte cubano de la década del noventa en el siglo XX cubano.”][5][/abbr], comencé a escribir varios ensayos, entre ellos La conjura de los fieles y El pastiche cubano y el sujeto recobrado, donde defiendo la idea de que si hablamos de cinismo en las artes plásticas cubanas nunca será igual a ese que se genera en el llamado primer mundo y que tiende a la abulia e indiferencia totales. En Cuba, nada, absolutamente nada es tan lineal.

Dos años más tarde, continuó el uso y abuso del término y me pareció legítimo demostrar que si podemos hablar de un cinismo artístico en nuestra Isla es porque este existe a nivel social, es, en consecuencia, porque hay un cinismo cubano. Y digo cubano, algo que engordaría nuestro ego, porque continúo pensando que existen diferencias, tanto con aquella escuela que le dio origen como con el que existe en las sociedades de bienestar.

Yo, que pretendía cerrar una polémica estéril, resulta que la abrí. El mundillo de las artes plásticas se desentendió del asunto y esta cayó en las manos que debía: Víctor Fowler y Emilio Ichikawa, quienes no solo me defendieron sino que pusieron sobre el tapete la crisis editorial de una revista que cuidó su espacio a toda costa, bajo los atuendos de la precariedad y la provisionalidad. Compró pesca’o y le cogió miedo a los ojos.

Esto fue hace muchos años, en 1998. La vida es silbar, filme del realizador Fernando Pérez me dio otra razón y con todo ese precedente quise emprender una pesquisa para la cual no conseguí el financiamiento necesario pues creo que fui a dar al lugar equivocado: la Fundación Ludwig de Cuba. Otro sitio artesanal en materia de pensamiento, acaso el más estorbante.