El reposo del guerrero

El entusiasmo culinario no lograba apartar del recuerdo las emociones vividas en el cumplimiento del deber en el caso Mona Lisa.

Veía a Tito en el piso bajo, secando las telas, colocando los pinceles en una latita de aceite, quería bajar las escaleras, atrapar al delincuente ideológico de la Onda Neo que intentaba subvertir los valores revolucionarios del pueblo.

Le advertí al capi Cuco la primera vez que vi merodear un Nissan con placas diplomáticas europeas, le dije, ese huevo quiere sal. Y más certeza tuve cuando vi a Tito llevar al apartamento al diplomático y ofrecerle café en una jícara que, afirmaba, era de la cultura taína.

Una semana después, un entrisale en el apartamentito de Tito se me antojó sospechoso, arrimé una escalera a la pared del edificio, simulé que pintaba un trozo de pared, miré a través del tragaluz. Tito había cubierto el piso con pétalos de rosas y margaritas deshojadas, sobre la alfombra de flores, dos jóvenes desnudos, dedos en alto, simulaban el símbolo de la Victoria. También vi una pintura que representaba al crucero Aurora sumergido en un mar oscuro como el Mar Negro.

Esa misma noche, procedí a escribir un informe a la Contra Inteligencia, en el que relaté:

 

El crucero Aurora, con la proa encajada en un atolón de corales, naufraga mientras el yate Granma se balancea a la deriva sobre un mar encrespado y del mástil brotan señales de SOS que nadie ve.

Ole

 

¿Por qué Cuco me saca del caso Mona Lisa?

–Se lo dije, capi, ese sujeto anda en algo raro –repetí.

Y Cuco, sí que sí, tienes razón, Ole. En complicidad con el diplomático extranjero, me aseguró que preparaban una exposición de pintura en un solar de la Habana Vieja.

–Pero ahí no acaba todo, Ole. El diplomático piensa invitar a la prensa extranjera en La Habana para que entrevisten a Tito y fotografíen lo que se les antoje.

Me pregunté, retorciendo el dedito mocho: ¿por qué me sacó del caso si iba por buen camino la pesquisa?

En lugar de una explicación, obtuve del capi gruñidos de desaprobación.

Lancé a Cuco la pregunta que me quemaba:

–¿Sí o no capitán? ¿Tito también colabora con la Contra Inteligencia?

Cuco vio la angustia reflejada en el rostro, se encogió de hombros.

–Vaya a saber lo que hay en el fondo, el asunto viene de arriba –dijo.

Esa noche, miré el cielo estrellado en una de esas largas noches sin fluido eléctrico que, cuatro veces por semana, nos tiene reservado el período especial por el que atraviesa el país ¿Podré encontrar en el cielo la respuesta a las preocupaciones?