¿El señor Forestier, por favor?

Se abrió otra vez la puerta y entró un caballero bajito, gordo, rechoncho, que llevaba del brazo a una hermosa y arrogante mujer, más alta que él, mucho más joven, de modales distinguidos y grave continente. Era el señor Walter, diputado, financiero, negociante, hombre rico, judío y meridional, director de La Vie Française, y su mujer, hija de un banquero que se apellidaba Basile-Ravalau.

Uno tras otro, llegaron Jacques Rival, muy elegante, y Norbert de Varenne, con el cuello del frac muy reluciente por el roce con los largos cabellos, que le llegaban hasta los hombros y los sembraban de blancas motas de caspa. La corbata, mal anudada, no delataba ciertamente que la estrenase aquel día. Avanzó haciendo carantoñas de viejo presumido, y cogiendo la mano de la señora de Forestier le besó la muñeca. A causa del movimiento que hizo al inclinarse, su larga pelambrera se derramó, como una cascada de agua, sobre el desnudo brazo de la joven señora.

Forestier llegó, a su vez, excusándose por su retraso. La cuestión Morel le había retenido en el periódico. El señor Morel, diputado radical, acaba de dirigir una interpelación al Ministerio sobre la petición de un crédito para la colonización de Argelia.

El criado anunció:

–La señora está servida.

Pasaron todos al comedor. A Duroy lo sentaron entre la señora de Marelle y su hija. Se sentía otra vez cohibido, temeroso de cometer algún error en el manejo del tenedor, la cuchara y los vasos. De éstos había cuatro, uno de ellos ligeramente azul. ¿Qué diablos podría beberse en él?

Se comió la sopa en silencio. Al fin, Norbert de Varenne preguntó:

–¿Han leído ustedes el proceso de Cauchier? Es curioso.

Se discutió aquel caso de adulterio complicado con chantaje. No se habló como se habla de estas cosas en el seno del hogar siguiendo los relatos de los periódicos, sino como se habla de una enfermedad entre médicos o de legumbres entre fruteros. Nadie se indignaba, nadie se asombraba ante aquellos hechos. Se buscaban sus causas profundas secretas, con curiosidad profesional e indiferencia absoluta por el crimen en si. Trataban de explicarse claramente el origen de los actos, de determinar los fenómenos cerebrales que habían engendrado el drama, resultado científico de un particular estado de ánimo. También las mujeres se entusiasmaban con esta labor indagadora. Se pasó también revista a otros sucesos recientes, se los examinó y comentó, se les dio mil vueltas para ver todas sus caras, con ese golpe de vista y esa manera especial de los traficantes en noticias, de los que expenden o despachan por líneas la comedia humana, cómo se examinan, revuelven y pesan en el comercio los objetos que se van a entregar al público.

Se habló luego de un duelo. Jacques Rival tomó la palabra. Aquello le pertenecía. Nadie como él podía tratar aquel asunto.

Duroy no se atrevió a chistar. A veces miraba a su vecina, cuyo cuello, bien llenito, le gustaba. Un diamante, engarzado en un hilo de oro, pendía del lóbulo de la oreja como una gota de agua que se deslizase por la carne. De cuando en cuando, la señora hacía una observación que revelaba su ingenio picante, gracioso, improvisador; un ingenio de chicuela experta que ve las cosas sin prejuicios y las juzga con benévolo escepticismo.

En vano buscaba Duroy alguna galantería que dirigirle; no hallando ninguna, se dedicó a la hija; le llenaba el vaso, le hacía plato, la servía, en fin. La chiquilla, más seria que su madre, daba las gracias con voz grave, saludaba con breves movimientos de cabeza.

–Es usted muy amable, caballero.

Y escuchaba a las personas mayores con gestecillo reflexivo.

La comida estaba muy bien y encantó a todos. El señor Walter devoraba como un ogro, sin hablar palabra, y, a través de las lentes, dirigía miradas oblicuas a los manjares que le presentaban. Norbert de Varenne, que estaba frente a él, dejaba caer gotas de sudor sobre la pechera de la camisa.

Forestier, ya sonriente, ya serio, lo vigilaba todo y cambiaba con su mujer miradas de inteligencia, a la manera de esas comadres que realizan juntas una misma tarea y comprueban que todo marcha a la medida de sus deseos.

Los rostros iban enrojeciendo y las voces crecían. A cada instante, los criados murmuraban a los oídos de los invitados:

–¿Corton? ¿Cháteau-Laroze?

Duroy había hallado el Corton muy de su gusto, y dejaba que le llenasen la copa. Una deliciosa alegría se iba despertando en él. Era una alegría cálida que le subía desde el vientre hasta la cabeza, le corría por los miembros y le penetraba por entero. Se sentía invadido por un bienestar completo, un bienestar de la vida y del pensamiento, del cuerpo y del alma. Y le acometió un deseo invencible de hablar, de hacerse notar, de ser escuchado, estimado como esos hombres cuyas menores expresiones se saborean con delectación.

Pero la conversación que había ido encadenando ideas, saltando de tema en tema en virtud de una sola palabra, de una nadería, después de haber recorrido los acontecimientos del día y tocado, de paso, mis asuntos, volvió sobre la importante interpelación del señor Morel acerca de la política colonial de Argelia.

Entre dos platos, el señor Walter dijo algunas chuscadas, porque era por naturaleza escéptico y grosero. Forestier adelantó su artículo del día siguiente. Jacques Rival reclamó un Gobierno militar, con concesiones de tierra a cuantos oficiales contaban más de treinta años de servicios en las colonias.

–De este modo –decía– se crearía una colectividad enérgica, de antiguo conocedora y amante del país, así como de su lengua y de esas graves cuestiones locales contra las que se estrellan los recién llegados.

Norbert de Varenne le interrumpió:

–Sí… Lo sabrán todo, excepto la agricultura. Hablarán el árabe, pero ignorarán como se trasplanta la remolacha y cómo se siembra el trigo. Estarán fuertes en esgrima, pero débiles en abonos. Será preciso, por el contrario, abrir con generosidad aquel país virgen a todo el mundo. Los hombres inteligentes podrán hacerse allí una posición. Los demás sucumbirán. Tal es la ley social. Siguió un breve silencio. Todos sonreían.

Georges Duroy abrió la boca y, sorprendido de su propia voz, como si jamás se hubiese oído a sí mismo, dijo:

–Lo que allí falta es la tierra. Las propiedades verdaderamente fértiles cuestan tan caras como en Francia, y son adquiridas por parisinos ricos, que quieren colocar bien sus fondos. Los verdaderos colonos, los pobres, los que emigran en busca del pan que no tienen, son relegados al desierto, donde nada se produce, por falta de agua.

Todo el mundo le miraba, y él se sentía enrojecer. Walter le preguntó:

–¿Conoce usted Argelia, caballero?

–Sí, señor –respondió Georges–. He estado allí veintidós meses, y he vivido en las tres provincias.

Bruscamente, olvidando la cuestión Morel, Norbert de Varenne le interrogó sobre un detalle de aquellas costumbres de que le había hablado un oficial. Se trataba del Msab, esa extraña y diminuta República árabe, brotaba en el centro del Sahara, lo más árido y cruel de aquella ardiente región.

Duroy había visitado dos veces el Msab y narró las costumbres de tan singular país, donde cada gota de agua tiene precio de oro, todos los habitantes están obligados a prestar servicios públicos y la probidad comercial se lleva más lejos que en los pueblos civilizados.

Hablaba con cierta verbosidad parlanchina, animado por el vino y el deseo de agradar. Contó anécdotas de cuartel, rasgos de la vida árabe, aventuras de guerra. Halló, incluso, palabras de color apropiado para describir aquellas comarcas bajo la llama devoradora del sol.