¿El señor Forestier, por favor?

Las mujeres tenían los ojos clavados en él. La señora de Walter dijo con voz pausada:

–Con sus recuerdos podría usted escribir una encantadora serie de artículos.

Al oírla, Walter miró al joven por encima de los lentes, como hacía siempre que quería ver bien algún rostro. En cambio, los platos los miraba por debajo de los cristales.

Forestier cogió la ocasión por los pelos.

–Mi querido jefe –dijo– acabo de hablarle a usted de Georges Duroy y de pedirle que lo designe para ayudarme en la información política. Desde que nos dejó Marambot no tengo a nadie que vaya a buscar las noticias urgentes y confidenciales, y el periódico se resiente de ello.

El viejo Walter se puso serio y se afianzó bien los lentes para mirar cara a cara a Duroy. Al fin dijo:

–El señor Duroy tiene, ciertamente, un talento original. Si mañana, a las tres, quiere venir a hablar conmigo, arreglaremos definitivamente este asunto.

Y, tras breve silencio, prosiguió, volviéndose hacia el joven.

–Por lo pronto, háganos unos cuantos artículos, una especie de fantasía sobre el tema de Argelia. Mezcle usted sus recuerdos personales con la cuestión colonial. Esto es de actualidad, de palpitante actualidad, y estoy seguro de que gustará mucho a nuestros lectores. Pero dese prisa. Necesito el primer artículo para mañana o pasado, para que coincida con el debate sobre este asunto en la Cámara, a fin de atraernos público.

La señora de Walter dijo, con la expresión a un tiempo graciosa y grave que ponía en todo, y que daba cierto aire de favor a sus palabras.

–Tiene usted un verdadero título: Recuerdos de un oficial de Cazadores en África, ¿verdad Norbert?

El veterano poeta, que sólo tardíamente había conocido la fama, detestaba y temía a los recién llegados.

–Sí, precioso –respondió secamente–, a condición de que la tal serie dé la nota debida. Ahí está la dificultad: en dar la nota justa, lo que en música se llama el tono.

La señora Forestier envolvió a Duroy en una mirada protectora y risueña de mujer experta, que parecía querer decir: “Tú llegarás”. La señora de Marelle se había vuelto varias veces hacia el joven, y el diamante temblaba sin tregua en su oreja, como si la gota de agua fuese a desprenderse y caer.

En cuanto a la niña, permanecía inmóvil y grave, con la cabeza inclinada sobre el plato.

Pero ya el criado recorría la mesa, vertiendo en las copas azules vino de Johannisberg, y Forestier, saludando a Walter, brindaba:

–Porque La Vie Française alcance larga y próspera vida.

Todos se volvieron hacia el propietario del periódico, que sonreía. Duroy, ebrio de triunfo, vació de un trago su copa. Le parecía que lo mismo hubiera vaciado un barril entero, o se hubiese comido un buey y estrangulado a un león. Sentía un vigor sobrehumano, así en el alma como en el cuerpo; una resolución invencible y una infinita esperanza. Estaba, al fin, en su casa, entre los suyos. Acababa de tomar posesión de ella, de conquistar un puesto. Su mirada se posó en los rostros que le rodeaban con una seguridad en sí mismo nueva en él, y, por primera vez, se atrevió a dirigir la palabra a su vecina:

–Señora, lleva usted los pendientes más bonitos que he visto en mi vida. La dama se volvió hacia él, sonriendo.

–Ha sido idea mía ésta de los diamantes prendidos sencillamente a un hilo de oro. Parecen gotas de rocío, ¿verdad?

Duroy murmuró, asustado de su audacia y temeroso de decir una tontería:

–Son encantadores… Pero el estuche da más valor a la alhaja.

Ella le dio las gracias con una mirada, una de esas claras miradas de mujer que llegan hasta el corazón.

Y como en aquel momento volviera Duroy la cabeza, sus ojos tropezaron de nuevo con los de la señora Forestier, siempre benévola, pero en los que ahora creyó ver una alegría más viva, una expresión maliciosa y alentadora.

Entre tanto, los hombres hablaban todos al mismo tiempo y a gritos. Con animados gestos, discutían el gran proyecto de ferrocarril metropolitano. El tema no estuvo agotado hasta una vez terminados los postres, pues cada cual tenía una porción de cosas que decir acerca de la lentitud de los medios de comunicación en el interior de París, los inconvenientes de los tranvías, las molestias de los ómnibus y la grosería de los cocheros de punto.

Salieron después del comedor para tomar el café. Duroy, por bromear, ofreció el brazo a la niña. Esta le dio las gracias gravemente y se empinó para poder alcanzar con la mano el codo de su vecino.

Al entrar en el salón, Georges tuvo otra vez la sensación de entrar en un invernadero. Grandes palmeras abrían sus elegantes hojas en los cuatro rincones de la estancia, ascendían hasta el techo y luego se alargaban en graciosos surtidores de agua.

A ambos lados de la chimenea, dos cauchos de tronco cilíndrico, como columnas, alzaban sus largas hojas de un verde oscuro, y sobre el piano, dos arbustos desconocidos, de forma circular y cubiertos de flores, de color rosa las del uno y blanco las del otro, tenían apariencia de plantas artificiales, inverosímiles, demasiado bellas para ser verdaderas.

El aire era fresco, penetrado de un vago y suave perfume, al que no se podía definir ni dar nombre alguno.

El joven, ya más dueño de sí, contemplaba atentamente el aposento. No era grande; nada, fuera de los arbustos, atraía en él la mirada; ningún color sorprendía por lo vivo de sus tonos, pero allí se sentía uno a gusto, tranquilo, sosegado. Aquella atmósfera envolvía dulcemente, agradaba, ponía en torno al cuerpo algo así como una caricia.

Las paredes estaban tapizadas en tela antigua, de color violeta, sembrada de florecitas amarillas, tamañas como moscas. Ocultaban las puertas cortinas de un paño azul grisáceo, como el de los uniformes militares, bordado de claveles de seda roja. Y los asientos de todos los tamaños y formas, meridianas, sillones enormes o minúsculos, poufs y taburetes, esparcidos por la habitación, estaban forradas en tela Luís XVI o de bello terciopelo de Utrecht con dibujos granates sobre fondo crema.

–¿Una tacita de café, señor Duroy?

La señora Forestier le tendía en un plato una llena, con aquella amistosa sonrisa que nunca se separaba de sus labios.

–Sí, señora; muchas gracias.

Tomó él la taza, y mientras se inclinaba, muy apurado, para coger con las pinzas de plata un terrón del azucarero que llevaba la niña, la joven dueña de la casa le dijo a media voz:

–Haga usted la corte a la señora de Walter.

Y se alejó antes que él pudiera responder palabra.