¿El señor Forestier, por favor?

Georges comenzó por tomarse el café, porque temía derramarlo sobre la alfombra. Después, ya más tranquilo, buscó medio de acercarse a la mujer de su nuevo director y de entablar conversación con ella.

De pronto, advirtió que la dama tenía una taza vacía en la mano y que, como quiera que no tuviese cerca una mesa donde dejarla no sabía qué hacer con ella. Se adelantó:

–Permítame usted, señora.

–Gracias, caballero.

Se llevó la taza y volvió a poco.

–Si supiera usted, señora, qué buenos ratos me ha hecho pasar La Vie Française, allá en el desierto… Verdaderamente es el único periódico que se puede leer lejos de Francia, porque es más literario, más espiritual y menos aburrido que los demás. En sus páginas encuentra uno siempre lo que busca.

Sonrió ella con amable indiferencia, y respondió gravemente:

–El señor Walter ha creado un tipo de periódico que indudablemente responde a una nueve necesidad.

Comenzaron a hablar. Duroy tenía una conversación fácil, trivial, una voz agradable, mucha gracia en los ojos y, sobre todo, una seducción irresistible en el bigote, pues se alborotaba, se encrespaba, se rizaba sobre el labio: lindo bigote, de un rubio rojizo que empalidecía un poco en las rizadas guías.

Hablaron de París, de sus alrededores, de las orillas del Sena, de los balnearios y de los placeres estivales, de todas las cosas, en resumen, corrientes y molientes, sobre las que se puede discurrir indefinidamente sin fatigar la inteligencia.

Al fin, y como Norbert de Varenne se acercase con una copa de licor en la mano, Duroy se alejó discretamente.

La señora de Marelle, que acaba de hablar con la de Forestier, le llamó:

–De modo, caballero –dijo–, que quiere usted tantear el periodismo, ¿eh?

Duroy asintió.

Entonces él habló de sus proyectos en términos vagos. Luego recomenzó con ella la conversación que había tenido con la señora de Walter; pero como el joven dominase ya mejor el tema, se lució más, repitiendo, como de su propia cosecha, mucho de lo que acababa de oír. A cada momento clavaba los ojos en los de su interlocutora, como para dar más profundo sentido a lo que decía.

Ella, a su vez, le contó algunas anécdotas, con la viveza de ingenio de la mujer que se tiene por espiritual y quiere ser siempre intencionada; y, tomándose confianza, le ponía la mano en el brazo, bajaba la voz para decirle naderías, que así cobraban tono de intimidad. Duroy se exaltaba interiormente al roce con aquella joven, que así se ocupaba de él. Hubiese querido tener ocasión inmediata de sacrificarse por ella, de salvarla, de demostrarle lo que valía, y la lentitud de sus respuestas revelaba la preocupación de su pensamiento.

Pero, de pronto, sin razón que lo justificase, la señora de Marelle gritó:

–¡Laurine!

La niña se acercó inmediatamente.

–Siéntate, hija mía. Así, al lado de la ventana, tendrás frío.

A Duroy le entraron unas ganas locas de besar a la pequeña, como si algo de ese beso hubiese de volver a la madre.

Con tono galante y paternal, preguntó:

–¿Me permite usted que le dé un beso, señorita?

La chiquilla alzó los ojos hacia él con aire sorprendido. La señora de Marelle dijo riendo:

–Respóndele: “Con mucho gusto, caballero, por hoy. Pero no vaya usted a pedirme lo mismo todos los días”.

Duroy, sentándose al momento, sentó sobre sus rodillas a Laurine y rozó con los labios los finos y ondulados cabellos de la criatura.

La madre dijo, sorprendida:

–¡Caramba! No se ha escapado. Es verdaderamente asombroso. Esta chiquilla no se deja besar más que por mujeres. Es usted verdaderamente irresistible, señor Duroy.

Georges enrojeció, sin responder, y con ligero movimiento columpió sobre su pierna a la niña.

La señora Forestier se acercó y lanzó un grito de sorpresa.

–¡Toma! ¡Mirad a Laurine domesticada! ¡Qué milagro!

Jacques Rival se acercó, a su vez, con el cigarro en la boca, y Duroy se levantó para marcharse por miedo de malograr con alguna palabra inoportuna, la tarea realizada, la iniciada obra de conquista.

Se levantó, tomó y oprimió dulcemente las manitas que las mujeres le tendían, luego estrechó con fuerza las manos de los hombres. Advirtió que la de Jacques Rival estaba seca y cálida, al responder cordialmente a su presión; la de Norbert de Varenne, húmeda y fría se escapaba, resbaladiza, entre los dedos; la del viejo Walter, húmeda y fofa, no tenía energía ni expresión; la de Forestier era grande y tibia. Su amigo le dijo a media voz:

–Mañana, a las tres, no lo olvides.

–¡Oh, no! Descuida.

Cuando se vio en la escalera, sintió deseos de bajarla corriendo tan vehemente era su alegría. Comenzó, pues, a saltar de dos en dos los peldaños; pero al llegar frente al gran espejo del segundo piso, vio a un señor que, brincando, le salía al encuentro, y se detuvo, avergonzado, como si le hubiesen pillado en falta.

Después se contempló por largo espacio, maravillado de ser, en verdad, tan guapo mozo; se sonrió complacido, y, finalmente, despidiéndose de su propia imagen, se saludó por tres veces, ceremoniosamente, como se saluda a los grandes personajes.