El velero atravesaba la tempestad

–¡Papá! Llevo llamándote dos horas. ¿Dónde has dejado el teléfono?

–No lo sé.

Su hija echó un vistazo alrededor, lo vio sobre el armario y se lo acercó, regañándolo a la vez que le mostraba las pruebas.

–Tres llamadas perdidas.

–Y yo qué sé, hija, si es que esto no vale para nada –señalaba el audífono para justificarse y al mismo tiempo arrugaba su oreja izquierda con los dedos.

–¿Qué hacías? –preguntó señalando la silla volcada.

–Llamar por teléfono –respondió, con mal disimulada calma, como si fuera una evidencia y aquella pregunta una tontería.

–¿A quién?

–Todo lo quieres saber.

Su hija refunfuñó y puso en pie la silla. Retiró la americana del respaldo y le ayudó a ponérsela.

–He reservado dentro de diez minutos.

–Espero que no tarden media hora en servirnos, otra vez.

–Anda, vamos.

Recolocó la chaqueta de su padre y le acarició los hombros. Notaba en él una intranquilidad incomprensible.

Varias horas después regresó agotado y nervioso. Se había esforzado por no aparentar prisa al despedirse, pero no lo había conseguido. Ni siquiera había disfrutado la comida. Su hija había criticado que estuviera tan silencioso y arisco. Cuando se ofreció a acompañarlo a casa para tomar un café o un té, él se negó. No creía que sus hijos pudieran entender aquella situación; décadas enteras guardando un secreto tan íntimo e inconfesable, tan frustrante como maravilloso. No estaba en edad de sobresaltos y no podía arriesgarse a una mala coincidencia o a un error; a que sus hijos descubrieran todas esas vivencias escritas y las tergiversaran. Temía que dejaran de quererlo por una interpretación equivocada de algo tan puro. Pensó en el día en que ellos lo llevaron a casa después de la última y engorrosa caída. Le tuvieron en palmitas una semana, sin dejarle hacer nada, cuidándolo, y él sufría todo tipo de ansiedades cuando pasaban junto al armario donde guardaba sus diarios, aunque estuviera cerrado con llave.

Abrió el mueble y sacó de él sus recuerdos en papel. Más de cincuenta años de relato aún inconcluso. Los introdujo en una pequeña caja de zapatos, junto con una buena pila de cartas, y se dirigió a uno de los contenedores del pueblo para hacerlos desaparecer.

Casi de noche salió a la calle decorada con la iluminación particular de las fiestas patronales de 2009. Los vecinos atestaban los puestos de bisutería, de juguetes, de comida frita; iban a los bares a tapear o buscaban la compañía de sus amistades en las peñas. Otros se preparaban ya para el baile en la Plaza Mayor, amenizada por las orquestas durante estos días tórridos. Humberto se sentía observado por la multitud, por los jóvenes uniformados con de idénticos colores que mostraban su adhesión a un grupo u otro, denominados con nombres estrafalarios como “Peña el torito”, “Los chumis”, “Escándalo” y cosas así. Arrugó la nariz al leer el texto del peto de “Los maquis”.

Los vasos vacíos, las botellas y las bolsas de basura se amontonaban junto a los contenedores. Tardó en encontrar un puesto de reciclaje decente y la voluntad para arrojar sus documentos. Se detuvo junto al depósito azul con las manos extendidas. No se sentía capaz de lanzar al olvido recuerdos irrecuperables sin la ayuda de aquellos cuadernos y la idea de prenderles fuego le pareció cercana al sacrilegio. Se quedó mirando las banderas de naciones que colgaban de un extremo al otro de la calle, absorto por un instante, mientras recordaba los países en los que creía haber estado. Su memoria ya no era tan fina. De pronto notó que la caja se soltaba de sus manos.

–Yo le ayudo don Humberto –le sorprendió un vecino, que lanzó al interior del contenedor la caja con todos los papeles.

Humberto contempló con pasmo que el destino había actuado por él y le había ayudado, o condenado, a ejecutar tan difícil decisión para la que él no había hallado la voluntad necesaria.

–Gracias –espetó melancólico al vecino que continuó su paseo sin advertir el abatimiento de Humberto.

Se mantuvo quieto frente al contenedor unos minutos, sopesando locuras. Luego se dio media vuelta y volvió a casa, como arrastrado por el viento, a lamentarse de lo dura que es la vida, y lo larga que se estaba haciendo. “Pasaremos la noche en la luna”, canturreó. De regreso, trató de reconstruir en cuartillas lo que pudo rescatar del naufragio de su memoria cansada, consciente del desatino de su última decisión. Era imposible; esa parte de su memoria se había quedado dentro de aquel contenedor. Trató de consolarse con la música del tocadiscos. En momentos así, Gardel no era buen compañero.