El viaje

Cierto día nos detuvimos a la caída de la tarde, para regalarnos con una merienda de esta clase, en una agradable pradera tapizada de verde y rodeada de colinas cubiertas de olivos. Se tendieron numerosos coberteros sobre el musgo y bajo un álamo próximo a un delicioso arroyuelo, y se ataron los caballos donde pastasen la hierba. Sancho presentó sus alforjas con cierto aire de triunfo, y en ellas los sobrantes de cuatro días de camino, y además notablemente enriquecidas con los acopios hechos la tarde anterior en una rica posada de Antequera. Nuestro escudero iba sacando uno por uno su heterogéneo contenido, y parecía que aquello no iba a tener fin. Primero una pierna de cabrito asada, casi sin haberla tocado; luego una perdiz entera; seguidamente un gran trozo de bacalao en salazón, liado en papel; después los restos de un jamón, y, por último, media gallina; todo ello junto con algunos panecillos y una carga de naranjas, higos, pasas y nueces. Su bota había sido repuesta con excelente vino de Málaga. A cada nueva aparición de su despensa gozaba con nuestra cómica sorpresa, tirándose de espaldas sobre la hierba y reventando de risa. De nada gustaba tanto el sencillo muchacho como el ser comparado —por su afición a guisandero— con el celebérrimo escudero de Don Quijote. Estaba muy ducho en la vida del «caballero andante», y —como el pueblo bajo de España— creía firmemente que era una historia verídica.

—¿Hace mucho tiempo que sucedió eso, señor? —me preguntó cierto día con mirada investigadora.

—Ya hace mucho tiempo —le dije.

—¿Se puede decir que hará más de mil años? —añadía mirando todavía con aire de perplejidad.

—Yo te aseguro que es lo menos.

El escudero quedó convencido.

Cuando estábamos dedicados a la refacción antes citada y divirtiéndonos con las bufonadas de nuestro escudero, se nos acercó un pobre mendigo que tenía cierto aspecto de peregrino. Era un anciano con la barba muy encanecida, y se venía apoyando en un cayado, aunque la vejez no le había encorvado todavía; era alto, esbelto y conservaba vestigios de haber tenido hermosas facciones; se cubría con un sombrero calañés y traía zamarra y calzones de cuero, polainas y sandalias. Su vestido —aunque viejo y remendado— era decente y su porte muy noble, y se dirigió a nosotros con esa grave cortesía que se nota en el más pobre español. Estuvimos expresivos con semejante huésped, y por antojo de caprichosa caridad le dimos algunas monedas de plata, un pan de trigo blanco y un vaso de nuestro excelente vino de Málaga. Él lo recibió con gratitud, pero sin ninguna muestra de servil adulación. Probando el vino lo levantó por alto, mirándolo al trasluz con cierta expresión de asombro, y luego, bebiéndoselo de un trago: «Ya hace muchos años —dijo— que no he probado vino igual a éste. Es un excelente tónico para el corazón de un viejo». Después, contemplando el panecillo que se le había ofrecido, añadió: «¡Bendito sea tal pan!». Le invitamos a que lo comiese allí mismo: «No, señores —respondió—; el vino lo he bebido con vuestro permiso; pero el pan me lo llevo a la casa para compartirlo con mi familia».

Nuestro Sancho nos miró, e interpretando a seguida nuestro asentimiento, dio al anciano una parte de las abundantes sobras de nuestra merienda, con la condición de que se sentase a tomar un bocado.

Se sentó, pues, a corta distancia de nosotros, y empezó a comer despacio, con sobriedad y con la delicadeza propia de un hidalgo. Había, en verdad, cierto modo mesurado y tal tranquila serenidad en el anciano, que me hizo creer que habría disfrutado de mejores días; además, su lenguaje, aunque sencillo, era de vez en cuando pintoresco y de una poética fraseología. Creí ver en su interior a un arruinado caballero, pero me equivoqué; no había más que la innata cortesía del español y los giros poéticos de la fantasía y del lenguaje usado comúnmente por las clases bajas de este pueblo de viva imaginación. Nos contó que durante cincuenta años había sido pastor. «Cuando era joven —decía— nada podía dañarme ni afligirme: siempre me encontraba bueno, siempre alegre; pero ahora tengo setenta y nueve años, y soy pobre y mi corazón empieza a abandonarme».

Sin embargo, todavía no era un completo mendigo, pues hacia poco que había venido a aquel estado de degradación; nos hizo una conmovedora pintura de la lucha entre el hambre y la dignidad cuando las miserables privaciones se apoderaron de él. Volvía de Málaga sin dinero; no había probado bocado desde algún tiempo, y cruzaba uno de los más dilatados llanos de España, donde había muy pocos albergues. Cuando casi desfallecía de necesidad, se acercó a la puerta de una venta: ¡Perdone usted por Dios, hermano!, le dijeron (que es el modo usual de despedir a un pobre en España). «Yo me fui —continuó— con más vergüenza que hambre, pues mi corazón era demasiado orgulloso todavía. Me dirigí, pues, hacia un río de profundas márgenes e impetuosa y rápida corriente, y estuve tentado a arrojarme a él. ¿Para qué quiere vivir un viejo miserable y desgraciado como yo? Mas, cuando estuve al borde de la corriente, me acordé de la Santísima Virgen y volví atrás mis pasos. Anduve errante, hasta que divisé un cortijo situado a corta distancia del camino, y penetré en el portal exterior que daba al patio. La puerta estaba cerrada, pero había dos señoritas en una ventana; me acerqué y les pedí una limosna: ¡Perdone usted por Dios, hermano! Y cerraron la ventana. Me salí del patio flaqueándome las piernas; pero el hambre me rindió y me faltó el valor; pensé que había llegado mi última hora, y me tendí en la puerta, encomendándome a la Santísima Virgen y cubriéndome la cabeza para morir. A poco de esto vino a recogerme el amo de la casa, y viéndome acostado en su puerta, tuvo piedad de mis canas, me metió en su casa y me dio de comer. ¡Vean ustedes, señores, por qué tengo puesta mi confianza en la protección de la Virgen!».

El anciano iba camino de su pueblo natal, Archidona, que se halla situado en lo alto de una escarpada y áspera montaña. Señalando con el dedo las ruinas de su vetusto castillo árabe: «Aquel castillo —nos dijo— estuvo habitado por un rey moro en tiempo de las guerras de Granada. La reina Isabel lo sitió con un gran ejército; pero el infiel la miraba desde su castillo junto a las nubes y se reía con desprecio. En esto se apareció la Virgen a la reina, y la guió juntamente con sus tropas por una misteriosa vereda de las montañas, que nunca después se ha vuelto a encontrar. Cuando el moro la vio venir quedó estupefacto, y, saltando con su caballo por un precipicio, se hizo pedazos. Las huellas de las herraduras de su caballo —prosiguió el viejo— todavía se pueden ver en el borde de la roca; y véanlo ustedes, señores: aquél es el camino por donde la reina y sus soldados treparon; véanlo ustedes como una cinta por la falda de la montaña; el milagro consiste en que se ve a cierta distancia; pero a medida que uno se acerca va desapareciendo».

El ideal camino que nos señaló es, sin duda, una faja arenisca de la montaña que se distingue perfectamente dibujada y marcada desde lejos, pero que de cerca se borra y desaparece.

Luego que el ánimo del viejo se reanimó con el vino y la merienda, se puso a contarnos cierta historia de un misterioso tesoro escondido debajo del castillo del rey moro, junto a cuyos cimientos estaba su propia casa. El cura y el notario soñaron tres veces con el tesoro y fueron a excavar al sitio indicado en sus ensueños, y su mismo yerno oyó el ruido de los picos y azadas cierta noche. Lo que ellos se encontraron nadie lo ha sabido: se hicieron ricos de la noche a la mañana, pero guardaron su mutuo secreto. Así, pues, el anciano tuvo a su puerta la fortuna; pero estaba condenado a vivir perpetuamente de aquel modo.

He notado que las historias de tesoros escondidos por los moros, que prevalecen tanto en España, son muy corrientes entre la gente menesterosa. ¡De tal suerte la benévola Naturaleza consuela con la fantasía la falta de recursos: el sediento sueña con fuentes y fugitivas corrientes; el hambriento, con fantásticos banquetes; el pobre, con montones de oro escondidos! ¡Nada hay, en verdad, más espléndido que la imaginación de un pobre!

La última escena que referiré es una velada en la pequeña ciudad de Loja. Éste fue un famoso apostadero fronterizo beligerante en tiempos de los moros, que hizo frente a Fernando desde sus murallas; fue la guarida del viejo Aliatar, sueño de Boabdil, desde donde este fiero veterano se lanzó con su yerno a una desastrosa correría que concluyó con la muerte de su jefe y la prisión del monarca. Loja está agrestemente situada en un quebrado paso montañoso a orillas del Genil, entre rocas y montañas, y jardines, y la población parece conservar todavía el intrépido espíritu de fiereza de los tiempos pasados. Nuestro mesón estaba en relación con el sitio. Hallábase al frente de él una joven y hermosa viuda andaluza, cuya adornada basquiña de seda negra con franjas de abalorios dejaba ver los encantos de sus graciosas formas y de sus torneados y flexibles miembros. Su andar era firme y delicado; sus ojos, negros y llenos de fuego; y la coquetería de su porte y los variados adornos de su persona indicaban que estaba acostumbrada a que la admirasen.

Hacía la hembra buena pareja con un hermano suyo, casi de su misma edad, y eran ambos tipos perfectos de majo y maja andaluces. Él era alto, vigoroso y bien formado, de color aceitunado claro, negros y chispeantes ojos y rizadas patillas de pelo castaño que se unían por debajo de la barba. Estaba donosamente vestido con una chaquetilla corta de terciopelo verde, ajustada a su talle, y ricamente adornada con botones de plata, con un blanquísimo pañuelo en cada bolsillo. Llevaba calzones de lo mismo, con hileras de botones desde la cadera hasta la rodilla, pañuelo de seda color de rosa al cuello, sujeto con una sortija sobre la pechera de la camisa, admirablemente rizada; faja alrededor de la cintura para que hiciera buen contraste, botines de cuero encarnado, elegantemente trabajados y abiertos por la pantorrilla, enseñando sus medias; y, por último, zapatos que dejaban ver un pie muy pulido.

Luego que estuvo un rato en el zaguán llegó un jinete y trabó con él formal conversación en voz baja. Venía vestido por el mismo estilo y casi con el mismo refinamiento, y era un hombre como de unos treinta años, de complexión vigorosa y de rígidas facciones romanas, guapo, aunque ligeramente picado de viruelas, y con aire franco, audaz y algún tanto atrevido. Su poderoso caballo negro hallábase adornado con borlas y caprichosos jaeces, y llevaba un par de bocachas colgando por detrás de la silla. Mostraba el aire de uno de esos contrabandistas que he visto en las montañas de Ronda. Sin duda alguna, tenía gran confianza con el hermano de mi posadera, y —si no me equivoco— era el predilecto admirador de la viuda. En suma, la posada entera y sus huéspedes tenían cierto aspecto contrabandista, y los trabucos andaban en un rincón al lado de la guitarra. El jinete que he descrito pasó la noche en la posada y cantó algunos picarescos aires de la Serranía con mucha gracia. Cuando estábamos cenando, dos pobres asturianos se acercaron, mendigándonos míseramente alimento y posada. Habían sido asaltados por los ladrones al venir de una feria por las montañas; les habían robado un caballo en que llevaban todo su capital comercial; los despojaron del dinero y de sus ropas; los habían maltratado por haber hecho resistencia, y los dejaron casi desnudos en la mitad del camino. Mi compañero, con espontánea generosidad, natural en él, les pagó la cena y una cama, y les dio una cantidad de dinero para ayudarles a volver a sus casas.

Más entrada la noche se aumentaron los personajes del drama. Un hombre como de sesenta años, de fornida y vigorosa naturaleza, entró impertérrito hacia adentro a charlar con mi posadera. Vestía el ordinario traje andaluz, pero llevaba un enorme sable debajo del brazo, con largos bigotes, y ostentaba un marcado aire de valentón. Parecía como que todos le miraban con gran respeto.

Nuestro Sancho nos dijo en voz baja que era don Ventura Rodríguez, el héroe y campeón de Loja, famoso por sus proezas y por la fuerza de su brazo. En tiempos de la invasión francesa sorprendió a seis soldados que estaban dormidos: ató primeramente sus caballos, y, después les acometió sable en mano, matando a uno y haciendo prisioneros a los demás. Por este hecho de armas le señaló el rey una peseta diaria y fue dignificado con el título de Don.

Me gustaba observar su ampuloso lenguaje y ademanes. Era un perfecto andaluz, muy pagado de su bravura. Tan pronto tenía el sable en la mano como debajo del brazo; lo llevaba constantemente consigo, como una niña lleva una muñeca; le llamaba su Santa Teresa y decía que cuando lo sacaba «temblaba la tierra».

Permanecí hasta hora bastante avanzada contemplando las varias conversaciones de este abigarrado grupo, donde hablaban todos con la poca reserva propia de una posada española; tuvimos canciones de contrabandistas, historias de ladrones, hazañas de guerras y leyendas moriscas. El fin de fiesta estuvo a cargo de nuestra hermosa posadera, y consistió en una poética relación de Los infiernos de Loja, tenebrosas cavernas en cuyos subterráneos hacen un misterioso ruido corrientes y cascadas de agua. El vulgo cree que hay allí encerrados monederos falsos desde tiempo de moros, y que los reyes moriscos guardan sus tesoros en estas cavernas.

Podríamos llenar las páginas de esta obra con los incidentes y sucesos de nuestra accidentada expedición, si fuera éste el objeto de ella; pero perseguimos otro fin. Prosiguiendo nuestro viaje, salimos de las montañas y entramos en la deliciosa vega de Granada. Aquí hicimos la última merienda, a la sombra de unos olivos y a orillas de un riachuelo, con la vieja ciudad morisca en lontananza, coronada por los picos de Sierra Nevada, brillante como la plata. El día estaba sin nubes y el calor del sol atemperado por las frescas brisas de la montaña; después de la comida tendimos nuestras mantas y dormimos nuestra última siesta, acariciados por el zumbido de las abejas entre las flores y por los arrullos de las palomas torcaces en los cercanos olivares. Cuando pasaron las horas del calor emprendimos de nuevo la marcha; y, después de haber pasado por entre vallados de pitas y chumberas y por un laberinto de huertas, llegamos, al ponerse el sol, a las puertas de Granada.

Para el viajero inspirado en lo histórico y en lo poético, la Alhambra de Granada es un objeto de tanta veneración como la Kaaba o Casa Sagrada de la Meca para los devotos peregrinos musulmanes. ¡Cuántas leyendas y tradiciones verídicas y fabulosas, cuántos cantares y romances amorosos, españoles y árabes, y qué de guerras y hechos caballerescos hay referentes a aquellos románticos torreones! El lector comprenderá fácilmente nuestra alegría cuando, poco después de llegar a Granada, el gobernador de la Alhambra nos dio permiso para residir en las habitaciones vacías del Palacio morisco. Mi compañero fue pronto llamado por los deberes de su cargo oficial; pero yo permanecí de intento algunos meses en el viejo Palacio encantado. Las siguientes páginas son el resultado de mis abstracciones e Investigaciones durante tan deliciosa permanencia. ¡Si ellas pudiesen comunicar algo de los fascinadores encantos de este sitio a la imaginación del lector, éste no podría menos de apesadumbrarse de no haber pasado conmigo una temporada en los legendarios salones de la Alhambra!