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Más tarde, mientras sentía en la mínima intimidad de su hamaca los vaivenes del oleaje, Sigal pensó que ser mecido en brazos por una madre debía parecerse a ese balanceo, a veces suave, producido por el mar. A la hora de acostarse y durante buena parte del día permanecían dando vueltas en su cabeza las polémicas que le tocó presenciar entre el naturalista y los demás tripulantes. No lograba entender plenamente el sentido de tantas ideas nuevas, pero eso no le impedía percibir en ellas algo excitante, a la vez que abrumador.

Siendo pequeño, había escuchado decir a un sacerdote que Dios hizo desfilar ante Adán a todos los animales del mundo para que les pusiera nombre; y leyó después la historia varias veces, como si La Biblia fuese apenas un libro de fábulas, la mar de entretenido. Por eso le resultaba curioso ahora ver a Darwin describir hierbas y animales sobre los que nadie se ponía de acuerdo en cómo llamar. Y le sorprendía más oírle musitar que quizá Dios ni siquiera los había creado.

Viajando con los expedicionarios, Sigal tuvo la posibilidad de contemplar fenómenos de dimensiones cataclísmicas, como la erupción del volcán Osorno, cuyo cráter lanzaba rocas negruzcas, y supuraba tanta lava como para iluminar el mar distante con destellos espectaculares. Vio también, no con un catalejo sino a sus pies, una ciudad desmenuzada por un terremoto.

Dicha ciudad era Concepción, en Chile.

Sobre su destrucción a causa del sismo, él me contaría que la actitud de los lugareños era diligente, casi animada. Que al observarlos a ellos y las briznas de hierba seca con que se fabricaban los ladrillos de adobe desparramados en las calles –a eso quedaron reducidas sus casas–, y al ver más hierba, viva, enraizada en los mismos ladrillos, llegó a pensar que su pavor a los temblores, inoculado en el Golfo de Penas, era ridículo; que “siempre, hasta que pase el susto, hay que poner toda la atención, y alegría, en sobrevivir, con igual sabiduría y ansias que aquella hierba verde”.

Con los años también meditaría que este país, “sometido a amenazas comparables a guerras concentradas en un par de minutos, y a invasiones no ya de barcos sino del océano, es un país de ciudades destinadas a ser siempre modernas y no una dilatada colección de joyas arquitectónicas”.

Le tocó experimentar, además de las sacudidas de tierra –a las que perdió el miedo desde entonces–, también remezones del espíritu. No obstante, pese al interés que le produjo en un inicio lo que aprendía, suele ocurrir que incluso –o sobre todo– una persona con una intensa sed de aprendizaje, como era su caso, desconfía en algún momento de aquello o aquel a quien antes admiró.

Para él también llegó esa hora…

Originalmente le entusiasmaba la falta de prejuicios con que el joven Darwin reparaba en lo divino y lo terrenal, conducta muy diferente a la solemnidad con que su tío recitaba pasajes de La Biblia ante él y sus primos, en las tardes de su primera infancia, en un frío suburbio de Boston. En contraste, ahora estaba en el entorno de otro océano, en el extremo diametralmente opuesto de las Américas. Y esas ideas brillaban en su imaginación como el sol en el firmamento de la costa central chilena, de un intenso color azul que no recordaba haber visto antes, prístino como lo era aún su alma.

Empero, al cabo de medio año a bordo del Beagle, esa soltura se había tornado puramente desconcertante para él. Comenzó a experimentar una sensación “similar a la que viene a continuación de la embriaguez, o de experimentar por primera vez un acto de alcance sexual”, para expresarlo como mismo Sigal me lo dijo, si bien se refería a una época en que él era virgen.

El propio capitán FitzRoy parecía a veces escandalizado por las palabras de su más insigne tripulante. En cuanto al muchacho que era mi padre, eligió estar entre quienes profesan una fe sin cuestionamientos, casi mero temor y culpa. “Una estrategia de supervivencia tribal” habría dicho Darwin, que así llamaba a esa actitud.

A Sigal no le gustaba pasar mucho tiempo en las iglesias; no tenía paciencia para escuchar un sermón de cabo a rabo. A pesar de ello, y tras un lapso de alegre ateísmo, consideró que sería bastante más adecuado retomar un modo de pensamiento en armonía con la mayoría de la gente, aunque tuviera que compartir sus equivocaciones.

No quería –me explicó– “hacer el esfuerzo de redondear una verdad hasta tornarla acabada y brillante como una perla y, a resultas de tal empeño, terminar convertido en alguien solitario como una ostra”.

Poco después de alejarse espiritualmente del naturalista, es decir, cuando dejó de guiarse por su curiosidad propia, instintiva, sobrevino la separación física. En el puerto de Iquique FitzRoy le advirtió que la travesía continuaría rumbo a El Callao, y al Pacífico abierto después de abandonar Perú. Entonces prefirió quedarse en tierra.

Se había descubierto una gran mina de plata cerca de cierta villa chilena en el desierto de Atacama, y gente de todas partes iba allá a buscar fortuna. Según rumores que escuchaban en los puertos, en aquella zona las vetas del metal blanco brotaban por doquier. Y Sigal consideró que era una buena oportunidad. Así, de Iquique encaminó sus pasos hacia el sur, y arribó meses después a San Francisco de la Selva de Copiapó, nombre que le pareció engañoso, tratándose de un sitio donde crecían apenas algunos chañares y algarrobos.

Llegó a la villa por el tiempo en que Darwin visitaba las islas Galápagos, lugar este donde –al encontrar pájaros vampiros y otras criaturas, todas naturales– acumularía argumentos que más tarde lo llevaron a afirmar que la existencia de las especies vivas no se debe a que Dios las haya creado en el transcurso de menos de una semana.