Irse volviendo otro

Yo seguiría a aquel loco hasta el mismísimo infierno. No tenía idea de lo que habría al otro lado del muro, pero seguirlo significaba la aventura, el riesgo de transgredir la norma. Estaba cansada de la monotonía hogareña, de la lucidez, el pragmatismo de la gente que me rodeaba. Por primera vez desde que llegué a esta ciudad, estaba haciendo algo que no tenía un por qué.

–Yo primero –le dije mientras trepaba hasta colocarme a horcajadas sobre el último travesaño.

El hombre me miraba sonriendo, con las manos cruzadas sobre el pecho.

–Estás más loca que yo, sólo eso me faltaba.

–¿Vamos a despertar a ese señor, o no? –pregunté con determinación.

–Cuánto te envidio, nena. Cuando vuelva a nacer quiero ser como tú –y la sonrisa se le transformó en una mueca.

Yo bajé mientras él subía. Por primera vez estuvimos muy cerca. Pude sentir su aliento, el calor de sus manos que se rozaron con las mías, el olor grasiento de su cabello disperso en largas hilachas sobre el rostro.

–¿Cómo soy? –le pregunté en un susurro, casi rozándole los labios.

Me miró fijamente a los ojos por un instante y los esquivó con un gesto brusco.

Desde arriba fue él quien dijo:

–Una divina analfabeta.

No sabía si aquella respuesta era un halago o una condena; en su boca podían ser ambas. Por eso le di la espalda sin interesarme mucho. Entre la penumbra y la luz gris que se filtra a través de los ramajes de los árboles, pude ver el reflejo blanquecino de una ciudad en miniatura que se extendía más allá del alcance de mis ojos. Después percibí el olor nauseabundo de las flores secas.

–Vallejo está muerto –dije sorprendida, como si acabara de descubrirlo.

–Tú también estás muerta, yo estoy muerto; todos lo estamos.

–¿Y tú dices que estoy loca?

No dijo nada. Sólo me agarró fuerte por la mano y me arrastró por una de las callejuelas hasta que nos detuvimos frente a una humilde sepultura de mármol gris.

–Es aquí –me dijo parado a mi espalda, sosteniéndome fuertemente por los codos.

Entonces comprendí aquella extraña frase que había dicho minutos antes. A los pies de la tumba, junto al nombre de una tal Georgette, en una pequeña losa de mármol blanco estaba inscrito en letras negras: “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo”.

No entendía una palabra. Presentí lo inoportuno de cualquier comentario y preferí acompañarlo en su silencio hasta que me soltó bruscamente y saltó sobre la lápida.

–Latinos de mierda, no se cansan de hacer el ridículo –gritó mientras le pegaba una patada a un recipiente colmado de flores plásticas.

Corrió por entre las tumbas y mausoleos y nichos como si buscara entre ellos un gramo de cordura. Lo vi perderse en la penumbra y tuve miedo. No era el miedo a la muerte, era mucho más intenso. Estuve un rato así, escuchando la música del viento al pasar entre los gajos pelados de los árboles, sentada sobre el mármol frío de aquel muerto ilustre para espantar el miedo a la soledad, al desamparo. Él regresó a los pocos minutos. Había una paz tranquilizante en su rostro. Sobre el pecho, acunado como a un niño, traía un ramo de rosas blancas.

Adivinó la pregunta en mis ojos.

–Se las robé a un rico. Él se las merece menos y tiene con qué comprar más.

Mi silencio fue la aprobación. Recogió el cubo donde estuvieron las flores plásticas y fue poniendo una por una las rosas blancas.

–Es penoso ver cómo se ultraja la memoria de los grandes hombres –me dijo mirando tiernamente al ramo de rosas.

–Ya están muertos, qué más da.

–¿Alguna vez has aspirado a algo que no sea la mediocridad? –mirando fijamente a mis ojos.

–Quiero vivir. No creo en la reencarnación, ni en otra vida después de ésta. Así que quiero vivirla tranquilamente.

–¿No deberías entonces estar en tu casa calentita?

–Es bueno conocer la otra cara para saber dónde está nuestro sitio.

–Pero aún así, en tu confortable sitio, has padecido de la soledad.

–Por qué crees que estoy hablando con un desconocido.

–No, no hablo de esa pequeña soledad del individuo. Hablo de otra, mucho más austera y dolorosa. A esa la conocí a través de los cristales de mi buhardilla, mirando el mundo interior, los intestinos de los inmuebles del frente: un viejo que reparte migajas a las palomas en las mañanas; un muchacho delgado y pálido haciéndole el drum a Jonny Holliday; una señora que saca a su perro cuatro veces al día a mear junto al abedul; un hombre elegantemente vestido que cena a la luz de dos velas. Solos; el viejo y sus palomas, el muchacho y Jonny Holliday, la señora y el perro, el hombre y su cena: solos. Nadie podrá privarlos de su abandono. Cada uno no significa nada, el peligro está en el todo.

–Yo vengo de un país donde todos se creen con el derecho de cuestionarte la vida. Es mejor que cada cual viva como le plazca.

–Todos debíamos tener alguien a quien confiarle las miserias para no terminar con las venas rajadas. Vallejo tuvo suerte de encontrar a su Georgette.

Se acostó sobre la lápida con la cabeza en mis muslos y los brazos sobre el pecho. Quedó unos minutos en silencio, con la vista fija en algún recuerdo lejano.

–Sabes, yo también tuve mi Georgette. La conocí apenas llegué a esta ciudad. Siempre veníamos hasta aquí a ponerle rosas al poeta. Cuando quisimos tener un hijo, hicimos el amor mil veces sobre esta piedra para que se impregnara de su espíritu. Nunca pudimos concebirlo.

–¿Y tu Georgette?

–Un día descubrió que ya era una persona mayor. Le fatigó la aventura y se casó con un niño rico. Vive en una casa confortable, lee revistas de moda y mira cada noche una película del espacio de esas que le gustan a su marido. Ya no quiere ser madre. Y se compró un perro.

Lo dejé acostado sobre la tumba con la huella de sus lágrimas convertidas en escarcha sobre el rostro pálido. Nada podía hacer por este hombre, ni siquiera ayudarlo a que se desangraran sus venas sobre la tumba de Vallejo.