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Lo que sucedió con la propuesta hecha por el desconocido…

–Morir en el lugar –repitió el espadachín–. Si no muere, devuelvo el dinero sin tener en cuenta las heridas hechas o recibidas.
–Lo sé; y sé que no solamente sois una buena espada, ¡sino también un hombre de honor!
Étienne Lathil se inclinó ligeramente como si simplemente le hicieran justicia. En efecto, era un hombre de honor a su manera.
–Entonces –continuó el desconocido–, puedo contar con vos.
–Escuchad, no vayamos tan rápido; ya que sois italiano, debéis conocer el proverbio: chi va piano, va sano. Vayamos lentamente para ir seguros. Ante todo hay que conocer la naturaleza del asunto, el hombre de que se trata, y a cuál de las tres categorías pertenece el acuerdo que vamos a hacer, el que, os prevengo, se paga siempre al contado. Soy demasiado viejo en esto, comprendéis bien, como para actuar a la ligera.
–Aquí están las cien pistolas contadas, en esta bolsa. Os podéis asegurar de que la suma está bien.
Y el desconocido tiró una bolsa sobre la mesa.
A pesar de la tentación que ella le ofrecía, el espadachín no la tocó para nada y apenas la miró.
–Parece que queremos lo mejor –dijo con ese tono burlón que confería, lo hemos dicho, un pliegue particular a su boca– queremos el encuentro inmediatamente.
–Seguido de la muerte –respondió el desconocido, sin poder disimular, a pesar del dominio que tenía sobre sí mismo, un ligero temblor en su voz.
–Entonces no tenemos más que saber el nombre, el estado y las costumbres de vuestro rival. Cuento con actuar lealmente según mi costumbre, y es justamente por esa causa que necesito conocer a fondo a la persona a quien me dirigiré. Todo depende, como lo sabéis o no lo sabéis, de la manera cómo se maneja la espada. No se maneja igual con un provinciano recién desembarcado que con un valiente desconocido, con un galán, o con un guardia del rey o del Sr. Cardenal. Si, por estar mal informado por vuestra parte, manejo mal la espada y en vez de matar a vuestro rival es vuestro rival quien me mata a mí, no os sirve ni a vos ni a mí; finalmente, sois demasiado justo como para no saber que los riesgos son mayores cuanto más alto se apunta. Lo menos que me puede suceder, si el asunto hace algo de ruido, es ir a pasar algunos meses en una bastilla; allí, en lugares húmedos y malsanos, donde las consideraciones son caras, no podéis exigir que me cuide a mi costa. Todas estas consideraciones deben tenerse en cuenta. ¡Ah! Si no fuera más que ser vuestro segundo y si vos corrierais los mismos riesgos que yo, sería más sencillo, pero vos no contáis con desenvainar, ¿verdad? – siguió desdeñosamente el espadachín.
–No, esta vez me resulta imposible, y os doy mi palabra de caballero que lo lamento –esta respuesta, por lo menos, fue hecha con un tono tan apagado y tan calmo a la vez, tan alejado al mismo tiempo de toda debilidad y de toda fanfarronería, que Lathil comenzó a sospechar que se había equivocado y que conversaba con un hombre que, por mezquina que fuera su catadura y por mala que fuera su apariencia, no recurriría a la espada de otro si no fuera porque graves consideraciones retenían la suya en la vaina. Esta buena opinión que el espadachín comenzaba a formarse de su interlocutor aumentó más cuando a renglón seguido de la anterior explicación dejó caer negligentemente estas palabras:
–Si el asunto es de veinte, treinta, cincuenta pistolas más o menos, yo sé lo que es justo y no discutiré el asunto.
–Entonces sigamos –dijo maese Étienne– ¿quién es vuestro enemigo, cuándo y cómo habrá que atacarlo? Pero su nombre ante todo.
–Su nombre importa poco –respondió el hombre del abrigo– iremos esta noche juntos a la calle de la Cerisaie. Os mostraré la puerta del edificio de donde saldrá alrededor de dos horas después de la medianoche. Lo esperaréis, y como sólo él podrá salir a una hora tan avanzada, es imposible equivocarse. Además, os indicaré las señales por las que podréis reconocerlo fácilmente.
El espadachín sacudió la cabeza y rechazó la bolsa llena de oro con la que jugaba con la punta de los dedos, y, dándose vuelta sobre su silla:
–No es en absoluto suficiente –dijo– os lo he dicho y lo repito. Quiero saber ante todo a qué me arriesgo.
El desconocido dejó escapar un signo de impaciencia.
–En verdad –dijo– lleváis demasiado lejos los escrúpulos, mi querido Señor Lathil. Vuestro futuro adversario no podrá en ningún caso ni comprometeros ni resistirse. Es un niño de apenas veintitrés años, hace sólo ocho horas que volvió a París y todo el mundo cree que está aún en Italia. Además, lo abatiréis antes de que pueda distinguir los rasgos de vuestro semblante, que por mayor precaución podréis cubrir con una máscara.
–Pero, ¿sabéis, mi caballero –dijo Lathil apoyando los codos sobre la mesa y su cabeza sobre sus puños– sabéis que vuestra proposición roza el asesinato?
El desconocido se mantuvo mudo. Lathil, por su parte, sacudió la cabeza, rechazando completamente la bolsa:
–En ese caso –dijo– no me conviene para nada ser vuestro hombre, y el tipo de pedido por el que me queréis emplear no va conmigo.
–¿Fue en el servicio del Sr. d’Épernon que habéis adquirido esos escrúpulos, mi buen amigo? –preguntó el desconocido.
–No –respondió Lathil– ya que justamente me alejé del servicio del Sr. d’Épernon por tenerlos.
–Ya lo veo, no os podéis haber entendido con los Simon. Los Simon eran los torturadores del viejo duque.
–Los Simon –dijo Lathil con un gesto de supremo desdén– aplican la correa, mientras que yo aplico las estocadas.
–Vamos –dijo el desconocido– veo que habrá de doblar la suma. Sea, puedo disponer de doscientas pistolas para esta fantasía.
–¡Y bien!, no, eso no me decidirá. No trabajo dentro de la ronda de París. Encontraréis gente para eso por Saint-Pierre-aux-Boeufs; es allí donde los asesinos están habitualmente. Pero qué os importa, por otro lado, que yo emplee mis métodos en lugar de emplear los vuestros, y que lo lleve al prado, mientras os desembarace de él. Lo que queréis, ¿no es cierto?, es no encontrarlo más en vuestro camino. ¡Y bien! desde el momento en que no lo encontraréis más, os debéis considerar satisfecho.
–No aceptará vuestro desafío.
–¡Maldición! No tendría motivo. Los Lathil de Compignac no se remontan a las Cruzadas como los Rohan o los Montmorency, es cierto, pero son de honorable nobleza, y, aunque de la rama menor de la familia, me considero tan noble como los mayores.
–No aceptará, os digo.
–Entonces, lo apalearé de tal forma que no se animará jamás a presentarse en buena compañía.
–No se lo apalea.
–¡Oh, oh! Entonces es al mismo Cardenal a quien queréis.
El desconocido no respondió nada, sino que sacó de su bolsillo dos rollos de luises de cien pistolas cada uno que colocó sobre la mesa, al lado de la bolsa; pero, con el movimiento que hizo, su abrigo se desarregló, y Lathil pudo ver que su extraño interlocutor era jorobado por detrás y por delante.
–Trescientas pistolas –dijo el caballero jorobado– ¿pueden calmar vuestros escrúpulos y dar por finalizadas vuestras objeciones?
Lathil sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro.
–Tenéis maneras muy seductoras, mi caballero –dijo– y es difícil resistiros. En efecto, sería necesario tener el corazón más duro que una roca, sabiendo que un señor como vos está en un aprieto, para no buscar con él un modo de ayudarlo. Busquemos, entonces, no pido otra cosa.
–No conozco otros que éstos –respondió el desconocido, y dos nuevos rollos, de la misma esencia y de la misma longitud, vinieron a alinearse con los dos primeros–. Pero –añadió el desconocido– es el límite de mi imaginación y de mi poder, os prevengo: rehusad o aceptad.
–¡Ah, tentador, tentador! –Murmuró Lathil acercando la bolsa y los cuatro rollos– me haréis renegar de mis principios y quebrar mis costumbres.
–Entonces –dijo el caballero– estoy seguro que terminaremos por entendernos.
–¿Qué queréis? Tenéis métodos tan persuasivos, que no sé resistirlos. Veamos, repasemos los datos: es la calle de la Cerisaie, ¿cierto?
–Sí.
–¿Esta noche?
–Si es posible.
–Solamente es necesario tener una buena descripción para que no me equivoque.
–Sin duda. Además, ahora que sois razonable, que estáis conmigo, que os he comprado, que os he pagado…
–Un instante, el dinero no está aún en mi bolsillo.
–¿Vais a poner dificultades?
–No, pero por las excepciones exceptis excipiendis, como decimos en el Colegio de Libourne…
–Veamos tus excepciones.
–Primero: no es ni el rey, ni el Señor Cardenal.
–Ni uno ni el otro.
–Ni un amigo del Sr. Cardenal.
–No, sería más bien un enemigo, por lo contrario.
–¿Es amigo del rey?
–Indiferente, pero, debo decirlo, muy agradable para la reina.
–¿No es el cardenal de Bérulle?
–No, te he dicho que tiene veintitrés años.
–Comprendo: un enamorado de Su Majestad.
–Tal vez. La lista de excepciones, ¿está agotada?
–Por Dios, sí.
–¡Pobre reina! –repitió Lathil llevando la mano sobre el oro y apurándose a hacerlo pasar de la mesa a su bolsillo– no tiene suerte, acaban de matarle al duque de Buckingham.
–Y –interrumpió el caballero jorobado que sin duda quería terminar con las dudas de Lathil, y que quería tal vez que se negara en la posada y no en el terreno– y le van a matar al conde de Moret.
Lathil saltó sobre su silla.
–¿Qué –dijo– el conde de Moret?
–El conde de Moret –respondió el desconocido– no lo habéis nombrado dentro de vuestras excepciones, me parece.
–Antonio de Borbón –insistió Lathil, apoyando sus dos puños sobre la mesa.
–Sí, Antonio de Borbón.
–¿El hijo de nuestro buen rey Enrique?
–El bastardo, queréis decir.
–Los bastardos son verdaderos hijos de reyes, considerando que los reyes no los hacen por deber sino por amor. Recuperad vuestro oro, Señor, nunca pondría mi mano sobre un hijo de la Casa Real.
–El hijo de Jacqueline de Beuil no es parte de la Casa Real.
–Pero el hijo del rey Enrique IV sí.
Luego, levantándose, cruzando sus brazos y fijando una terrible mirada sobre el desconocido:
–¿Sabéis, Señor, –dijo– que yo estaba cuando mataron al padre?
–¡Vos!
–Sobre el estribo del carruaje, como paje del Señor duque d’Épernon. El asesino tuvo que apartarme con su mano para llegar hasta él. Sin mí tal vez se hubiera escapado. Fui yo quien se aferró a su casaca cuando quiso huir; y ved, ved… –Lathil mostró sus manos marcadas por cicatrices– aquí están las huellas de los golpes de cuchillo que me dio para que lo soltara. La sangre del gran rey se mezcló con la mía, Señor, y ¿es a mí que venís a proponer que me deshaga de su hijo? No soy ni un Jacques Clément ni un Ravaillac, entendedlo, pero vos, vos, vos sois un miserable: tomad vuestro oro y desapareced rápidamente u os aplasto contra el muro como una bestia venenosa.
–Silencio, esbirro –dijo el desconocido retrocediendo un paso– o te hago perforar la lengua y coser los labios.
–No soy yo un esbirro, eres tú un asesino, y como no soy la policía y no tengo por qué escucharte, para que no vayas a renovar tu infame propuesta con otro que tal vez la acepte, voy a aniquilar de una sola vez tus maquinaciones y tu vil persona, y hacer de tu mezquino esqueleto, que no es bueno para otra cosa, un espantapájaros. En guardia, miserable.
Y, diciendo estas últimas palabras de forma a la vez de amenaza y de aviso, Lathil había sacado vivamente su larga espada de su vaina y había dirigido un golpe vigoroso a su interlocutor como supremo argumento de su inquebrantable voluntad de no derramar sangre.
Pero aquél a quien esta estocada debía traspasar de lado a lado y clavar, en efecto, al muro como un coleóptero, si lo hubiera alcanzado, dio, con una velocidad y una agilidad inesperada en un hombre con tal deformidad, un salto hacia atrás, y, desenvainando al mismo tiempo, se colocó en guardia delante de Lathil y se puso a propinarle estocadas tan cerradas y pases tan rápidos que el espadachín juzgó que debía llamar en su ayuda todo lo que tenía de ciencia, de prudencia y de sangre fría; luego, como si le hubiera gustado encontrar inopinadamente y en el momento menos pensado un juego que podía rivalizar con el suyo, quiso hacer durar la lucha por amor al arte y se contentó con parar con tanta precisión que merecía estar en una academia de armas, esperando que la fatiga o alguna falta de su antagonista le diera la oportunidad de llevar a cabo uno de esos golpes de Jarnac que conocía tan bien y que con tanta ventaja colocaba cuando se daba la ocasión.
Pero el irascible jorobado, menos paciente al no encontrar una pequeña luz por donde hacer brillar su espada, sintiéndose apurado tal vez más de lo que deseaba, viendo que Lathil, para cortarle la retirada, se había colocado entre la puerta y él, se puso a gritar de golpe:
–¡A mi, amigos, ayuda, que me asesinan!
Apenas el caballero había hecho ese llamado, tres hombres que esperaban a su cuarto compañero tras la barrera de la calle del Hombre-Armado se precipitaron dentro de la sala inferior y atacaron al desdichado Lathil quien, al darse vuelta para enfrentarlos, no pudo parar la estocada que recibió del irascible jorobado, justo entre los hombros; y, como al mismo tiempo uno de los asaltante lo golpeó del lado puesto, recibió a la vez dos terribles estocadas, de las cuales una, entrando en el pecho, le salió por la espalda, y la otra, entrando por la espalda, le salió por el pecho.
Lathil cayó de una sola pieza sobre el suelo.