Maldito el padre

Saqué la mirada al exterior. Ni la lluvia, ni la insistencia de la doctora, ¿edad?, pudieron evitar que la certeza golpeara mis testículos, arrugados por el dolor. La vida comenzaba a golpear –¿por qué no lo comprendí antes?– y en los últimos tiempos mi enteca verguita guardaba para sí restos de orine que se encargaba de soltar en el calzoncillo para dejar máculas amarillentas que, en más de una ocasión, fueron la causa de discusiones con mi mujer. No había reparado en que una avalancha de años me caía encima, hasta que la doctora preguntó, ¿edad? Yo parecía diluido por la lluvia del exterior, los manotazos de viento y la vaharada de calor que desprendía la descomposición de los goterones al estrellarse contra la calle y los tejados, que parecían crujir con el peso que les dejaba caer Dios. Nunca antes había sentido tanta soledad espiritual. Una sacudida de abandono lanzó mi maltrecha anatomía contra la banqueta.

–Cincuenta –la cifra subió por mi garganta como un vómito cartilaginoso.

– ¿Cincuenta? No parece.

Clavé los ojos a la doctorcita con deseos de mandarla al carajo y levanté la manga de mi camisa. La enfermera –que tenía un culo descomunal–, aprisionó el brazo con la cinta de goma, volteó la palma de mi mano hacia arriba, con un movimiento dulce, verdaderamente tierno y pegó varios golpes en el doblez del interior del codo. Sentí la aguja perforando la piel y miré a la enfermera con cara de monja, que parecía introducir una dosis de fe en mi organismo. Yo había vuelto la cara y encontré los ojos de la doctorcita recorriéndome, especie de Tumografía Axial Personalizada. Las punzadas en mi cabeza no dejaban espacio para conversaciones pero, sin embargo, me atreví a preguntarle:

– ¿Qué edad tienes tú?

Miró hacia la pregunta con cara de Teresa de Calcula antes de responder:

–Cualquier edad es mala para sufrir.

Vi la espalda que se alejaba para dejarme solo en la enfermería de Urgencias, con el brazo atravesado por una aguja empeñada en engañar al terrible dolor clavado detrás de los globos de los ojos, en la nuca y en mi existencia misma.

Antuán se había detenido detrás de mí para que pudiera recostarme en él porque la banqueta sin espaldar resultaba bastante incómoda. Antuán nunca me abandona, siempre está junto a mí como ángel de la guarda. Acarició mi pelo. ¡Oh, Dios!, fue una caricia compasiva, casi de lástima, me hizo recordar la pregunta de la doctora: ¿edad?, y aquel tango: se está poniendo blanca toda mi cabellera, la nieve de los años me está cayendo ya. La verdad es que sentía deseos de suicidarme, pero, como el líquido mágico que la enfermera filtraba en mi organismo comenzaba a provocar un sopor delicioso, decidí que lo mejor era esperar porque para suicidarse siempre hay tiempo.

–Espera media hora. Tienes alta la tensión arterial–. Me tuteaba desde el inicio, no creo que por aquello de la relación médico-paciente sino porque entre nosotros se tendía un hilo invisible. No quedaba otra salida, por el momento, que someterme a sus designios profesionales.

Fuimos a sentarnos en uno de los bancos del recibidor. Antuán junto a mí, aferrándome por el brazo como si se hubiera propuesto no dejarme escapar de la vida. Sentí un letargo que parecía sueño, pero era algo más: me hundía sin remedio en una laguna de cansancio mientras caminaba por el pasillo de paredes recubiertas con cuadros blancos y negros. Parecía que flotaba entre el mal y la pureza. A mi izquierda, la ventana abierta me regaló una vista inusitada del exterior: las nubes comenzaban a palidecer gastadas por la lluvia; y al fondo, el cielo, borroneado por las mismas nubes, se veía límpido, casi alegre a pesar de la oscuridad. Hubiera creído que la madrugada se alegraba. Yo estaba allí, con mis cincuenta años, arrastrando los pies y con la cabeza destrozada por la maldita migraña. Menos mal que mañana es sábado y no tengo que trabajar, dijo Antuán.

–Hoy –corregí.

–Cierto, ya amanece.

Me sostuvo por la cintura, dulce intento por sostener mi anatomía, que amenazaba con desmoronarse. Regresamos a la oficina de la doctorcita. Ella me observó por encima del estetoscopio y del paciente que atendía. Sin dejar de asistir al pobre que, por cierto, se veía muy mal, levantó la mirada. Pensé que volvería a preguntar la edad, pero no, se limitó a mirar con sus ojos melosos y entornó los párpados y los puso tan putísimos que casi hacen saltar la cremallera de mi pantalón.

– ¿Te sientes mejor?

–Sí, claro, estoy de puta madre –me burlé.

– ¿Quieres marcharte?

Nunca había escuchado una pregunta tan imbécil, capaz de inutilizarme al punto de ni siquiera poder analizar la frase.

–No sólo quiero sino que me voy ahora mismo.

–Si te vas no vuelvas porque si vuelves quedas.

No sé dónde aprendió la frase. Lo cierto es que en otro tiempo fue muy usada contra quienes se iban del país. Pero yo no tenía ánimo para elucubraciones generacionales porque a la mía le ha tocado vivir al borde del descalabro, desconcierto, desvivir (cacofonías y todo) arrastrada por la inercia y la repetición; nos ha tocado una patria sobrada de mártires, héroes, victorias y derrotas (¿acaso África fue una victoria?) que han sembrado una leyenda para apologistas y detractores, repleta de traidores confesos y aún por traicionar.

Afuera la llovizna era insignificante. Salimos. Yo iba casi a rastras, colgado del hombro de Antuán. No había por todo aquello un transporte que pudiéramos utilizar para llegar a casa, ni siquiera uno de los recurridos carretones tirados por caballos. En los charcos dispersos se reflejaban los hilos del alumbrado público y las luces de neón, innecesarias ya. Caminamos buscando la protección de los aleros, empeñados, a su vez, en dejar caer sobre nosotros el agua acumulada en los tejados. La madrugada parecía nuestra. Parecían un desierto de humedad las calles solitarias. La presión de la mano de Antuán en mi brazo transmitía vitalidad. Yo no podía con el desespero por llegar a casa y echarme en la cama para sumergir mi vida en unas horas de sueño que, en mágica combinación con el medicamento en el torrente sanguíneo, serían suficientes para devolver la tranquilidad a mi organismo. Antuán y yo caminábamos como si sufriéramos el mismo dolor. De súbito, la lluvia cerró la madrugada. Sin dejar de ser uno nos apresuramos para alcanzar la protección del portal que hacía una ele en la esquina. Antuán cubrió mi cabeza como pudo. Éramos sólo nosotros, la ciudad y las izadas banderas amarillas de una epidemia de lluvia. Entonces ocurrió…