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Nota del autor a la edición

¿Sucede igual en el mundo del arte?

La respuesta, aparentemente, es negativa. Una lata de Coca Cola y un cuadro de Van Gogh, son dos cosas de magnitudes muy diferentes, pero, en función del mercado, podrían tener algo en común: la oscilación entre el precio de producción y el de consumo. La lata de Coca Cola que se vende en el mercado por un dólar, tuvo antes en la cadena de producción un valor de centavos ¿Cómo se determina el precio de producción y de consumo de una obra de arte? Lo que va de ayer a hoy: las pinturas de Van Gogh (La viña roja y Puente de Clichy), a fines del siglo XIX, se vendieron por el irrisorio precio de 400 y 250 francos mientras que Lirios y Retrato del Doctor Gachet, a fines del siglo XX, se vendieron por el exorbitante precio de 54. 9 y 82.5 millones de dólares en las casas de arte Sotheby’s (New York) y Christie’s (Londres).

¿Sucede igual en el mundo del cine?

La respuesta no es afirmativa ni negativa, más bien un dubitativo, sí, pero no. Desde su aparición, el cine tuvo la virtud de mezclar ambas tendencias (la realidad sin fisuras y el gran espectáculo) sin mayores contradicciones. En los orígenes de la cinematografía francesa, mientras los Hermanos Lumière optaban por reproducir realistamente La salida de los obreros de la fábrica Lumiére en Lyon Monplaisir (1895), Georges Mélies se aventuraba por los caminos de la experimentación y el ilusionismo en el corto Viaje a la Luna (1902), pionero de la futura filmografía de ciencia-ficción.

En el cine contemporáneo, el nombre de Luis Buñuel, ejemplifica un canon, y es, al mismo tiempo,  un ejemplo de dualidad creativa dentro de la vanguardia artística europea. Por más de medio siglo, Buñuel le fue fiel a la estética surrealista, sin desdeñar un tratamiento realista. Este eclecticismo le permitió combinar films de arts dirigidos a un público elitista, como Un chien andalou, con filmes de crítica social y elaborado simbolismo, como El ángel exterminador, y otros de acento comercial, como Ensayo de un crimen.

Al acercarse la fecha del treinta aniversario de su desaparición física (2013), las cinematecas de casi todo el mundo se aprestaban a desarrollar ciclos temáticos sobre su obra.[1] El diario español El Mundo, en su edición del 17 de Agosto del 2013, le dedicó una serie de artículos con el título “Buñuel, España y cine”, en los cuales se abordaban detalles relevantes del cuantioso legado de su personalidad artística. De nuestra parte, creímos oportuno analizar en once artículos, -en los que a veces se altera el orden cronológico en provecho del orden temático-, que ahora reunimos bajo el título común Buñuel In Memoriam, veinte de sus filmes más representativos realizados en México, España y Francia.[2]

Luis Buñuel (1903-1983), logró, con no pocos esfuerzos,  imponer su sello personal en el mundo del arte. El nombre de Buñuel, para el gran público y la crítica especializada, está asociado con la sexualidad y la criminalidad reprimidas, los sueños, los celos, la herejía religiosa y una galería de personajes deformes que van de enanos a jorobados, o de gente perturbada que adolece de las patologías descritas por Freud en sus ensayos sicoanalíticos, como el voyerismo, el fetichismo, o el sado-masoquismo.

La obra cinematográfica de Luis Buñuel, por imperativo de su exilio político durante gran parte de los años de la dictadura franquista (1939-1975), se desarrolló en México, Francia y en España, al principio y al final de la década de 1960, en momentos en los cuales se alzó el telón de hierro de la censura franquista y permitió que el cineasta aragonés pudiera acceder a locaciones de su querido terruño natal.

En México, su estancia se prolongó desde mediados de 1940 a 1960. Durante este período de tiempo, pese a ser un artista extranjero insertado en medio de los sindicatos peliculeros mexicanos, impuso el récord de filmar unos veinte largometrajes, la mayor parte de ellos con productoras mexicanas y algunos en coproducción con estudios de México, Francia o Estados Unidos.

La larga estancia de Buñuel en México, coincidió con el desarrollo del boom del “Cine de Oro Mexicano”. Fue un director polémico para algunas instancias del estado y de la religión católica responsabilizadas con la censura, aclamado por la crítica y envidiado por muchos de los directores de cine mexicanos que veían en él a un fuerte competidor con un enorme talento artístico.

Sin embargo, para amigos y enemigos, Don Luis siempre se reservaba la mejor de sus sonrisas y repetía gustoso su inigualable fórmula de éxito: cincuenta mil dólares como mínimo para echar a andar la producción, y tres semanas como máximo para completar el rodaje. Y podríamos agregar otro dato matemático de sus películas, de veinte filmes realizados en México, sólo en una oportunidad, el tiempo de exhibición en pantalla fue un poco más allá de los 80-90 minutos planeados, como ocurrió en el filme Él, con 10 minutos de más, para totalizar 100 al final.

Con Buñuel, a cualquier crítico le resulta muy difícil ser imparcial. Es uno de esos autores a los cuales se les ama o se les odia, pero ante él no se puede callar ni aparentar indiferencia. Puesto en la disyuntiva de indicar el ranking de los siete filmes más representativos de la veintena que Buñuel produjo en México –su etapa más prolongada y fecunda como director– sin que el orden establecido indique jerarquías artísticas sino un simple orden cronológico que puede servir a los lectores de guía, mi voto se inclinaría por:

 

1. Los olvidados (1950): una incursión en profundidad en el submundo de jóvenes marginados sociales, con una enorme carga de violencia, sexo y tremendismo y algunas de las mejores secuencias oníricas y visiones surrealistas de Buñuel.

2. El bruto (1952): a partir de hechos de violencia cotidianos acaecidos en una gran urbe (México D.F.), como es la vida en las casas de inquilinato de gente pobre amenazados por la falta de empleo y el desahucio, se desenvuelve una trama en la que la lucha de clases y de sexos ocupa un primer plano en la resolución de los conflictos.

3. Él (1952): una verdadera joyita cinematográfica hecha con “cuatro reales” y la formidable actuación de Arturo de Córdoba en el rol de un celoso irredimible.

4. Ensayo de un crimen (1955): un divertimento cinematográfico que juega con las ideas de la causalidad y la predestinación en la historia sui generis de un asesino de mujeres en serie.

5. Nazarín (1958): vuelve a experimentar con el determinismo filosófico y una pizca de picaresca que guía la actuación de un sacerdote asediado por el clero y el estado en medio de la Revolución Mexicana.

6. El ángel exterminador (1962): una obra maestra de ingenio surrealista cuya pluralidad de significados, tras medio siglo de realizada, se resiste a ser interpretada unívocamente.

7. Simón del desierto (1964): otro divertimento filosófico, ahora con un santo anacoreta del siglo XIII que aspira a la redención celestial y termina por convencerse de que el infierno es un invento que crea el hombre mismo con sus acciones.

 

Con respecto a los dos filmes realizados por Buñuel en España, y a los seis producidos en Francia, el crítico no cree necesario establecer ningún tipo de ranking: le gustan todos. Punto.[3]

No sería pertinente finalizar esta breve nota de introducción a la cinematografía de Luis Buñuel, sin referir un aspecto derivado de su obra que, junto a la fidelidad a la estética surrealista, fue un componente esencial de su vida artística.

A Buñuel, por grado o por fuerza, siempre lo rodeó el escándalo. Y, nos atreveríamos a afirmar, no lo eludía, lo buscaba y lo disfrutaba con creces. No es casual que la imagen que marca su debut en el cine, haya sido una que de veras impuso un récord mundial de escándalo: el corte de navaja practicado sobre un ojo femenino mientras en el cielo de una noche serena se pasea imperturbable una nube solitaria (Un chien andalou, 1928).

Buñuel cuenta deleitado en el libro de entrevistas Prohibido asomarse al interior, las reacciones que provocó en París su segundo filme surrealista, La Edad de Oro (1930). El filme se proyectó durante ocho meses en la sala Studio 28 y fue a verlo la crema y nata del arte de vanguardia europeo: Aragon, Man Ray, Breton. Durante las exhibiciones, hubo desmayos, un aborto, una treintena de denuncias en la comisaría de policía local y se presentaron un centenar de miembros de grupos políticos de la ultraderecha francesa (Juventudes Patrióticas y Camelots du Roi) provistos de hachas, cuchillos y bombas de humo y se dedicaron a espantar a los asistentes y a desgarrar las butacas.

Su documental Las Hurdes. Tierra sin pan, fue prohibido en España y el gobierno de Lerroux envió un cable a todas las embajadas en el mundo para que protestaran contra su exhibición donde quiera que se presentase. Por último, durante la Guerra Civil (1936-1939), los franquistas abrieron un expediente contra Buñuel en el que se decía que si era detenido, lo llevaran al cuartel del Generalísimo Francisco Franco en Salamanca.

La exhibición de su primer film mexicano, Los olvidados (1950), provocó críticas en la prensa, del sindicato de profesores y algunos llegaron a invocar contra Buñuel el artículo 33 de la constitución mexicana que autoriza la expulsión del país de los extranjeros indeseables.

Viridiana (1961), que significó su vuelta a España por un breve tiempo, al obtener en el Festival de Cannes el premio Ex Aqueo, provocó una cadena de reacciones inusitadas. El diario católico L’ Osservatore Romano, dijo que el filme blasfemaba sobre los santos óleos y que el cine estaba perdido moralmente. Como resultado de la agresiva crítica del diario católico, el director de la cinematografía española, que había recogido la Palma de Oro concedida a la película, fue destituido mientras que el ministro de Información dimitió y Franco no aceptó su renuncia.

Queda dicho: Buñuel nunca rechazó las reacciones escandalosas que pudieran derivarse de la exhibición de sus películas. En cierta forma, el escándalo venía a suplir en la realidad, una de las máximas aspiraciones de los surrealistas en la imaginación, la necesidad que sentían de expresar el imposible deseo de que algún día, a la libertad individual propuesta por Freud, se le uniera la libertad social propuesta por Marx, y juntas, de manera definitiva, marcharan por el sendero de la vida que para ellos, mientras la unión utópica de ambos no ocurriera, estaría pavimentado de sueños.

 

ALFREDO ANTONIO FERNÁNDEZ

 


[1] La Cinemateca de Cuba solía ofrecer cada mes ciclos de cine  dedicados  a  directores famosos (Serguei  Eisenstein, Fritz  Lang,  Alfred  Hitchock, Andrzej  Wadja, Miklos  Jancso) y temáticos (expresionismo, surrealismo, neorrealismo, westerns, gánsteres). En medio de las colas, los buses atestados de gente, los apagones  y el calor del verano que hacía estallar los pocos aparatos de aire acondicionado que aún quedaban “en pie” en la Habana, penetrar en la Cinemateca, era alcanzar un oasis en el desierto. La sala de cine localizada en la intersección de las calles 23 y 12, en el barrio de El Vedado, era la única que siempre mantuvo intactas las lunetas acolchadas y el funcionamiento de los equipos de clima artificial. En comparación con algunos ciclos, como los de westerns y gánsteres del cine norteamericano, que provocaban tumultos y reyertas para entrar –otra forma más de romper con el bloqueo del imperialismo yanqui–,  los dedicados a Buñuel eran pacíficos y sobrios, compuesto sólo por nutridos, pero selectos fans de la obra del cineasta aragonés.

[2] Los once artículos fueron antes publicados por el magazine cultural bimensual Otro Lunes (Madrid), entre los años 2013-2015.

[3] En España, Buñuel filmó Viridiana, 1961, y Tristana, 1969, mientras que en Francia realizó El diario de una camarera, 1963, Belle de Jour, 1966, La Vía Láctea, 1968, El discreto encanto de la burguesía, 1972, El fantasma de la libertad, 1974, y Ese oscuro objeto del deseo, 1977.