Oscar(es) latinos (primera parte)

El secreto de sus ojos, coproducción de Argentina y España dirigida por el argentino Juan José Campanella; El baile de la Victoria, coproducción de España y Chile dirigida por el español Fernando Trueba y La teta asustada, coproducción de Perú y España dirigida por la peruana Claudia Llosa.

De las tres películas, solo una llegó a recibir la preciada estatuilla de oro: El secreto de sus ojos (127 minutos) que, recién estrenada en Argentina el 13 de agosto de 2009, en menos de un mes superó la cifra record de un millón de espectadores.

Y no es para menos el éxito si se mira que la vez anterior en la que una película latina obtuvo el Oscar fue en 1985 con el filme argentino La historia oficial, dirigido por el cineasta argentino Luis Puenzo.

Un Oscar supone algo así como una interminable carrera de obstáculos que hay que salvar para llegar con vida a la noche de la premiación.

En primer lugar, las respectivas instituciones del cine en cada país eligen el mejor filme del año y lo postulan como candidato. Una vez en Hollywood, la Academia elige cinco películas entre las que se han presentado a concurso desde el exterior.[1]

Y no es cosa fácil la segunda elección, se trata de unos cinco mil el número de votantes que tendrán a su cargo la selección entre los que han sido nominados anteriormente y los especialistas de plantilla de la Academia (guionistas, directores y actores).

La votación de los ganadores se lleva a cabo con tal hermetismo que ni aún los miembros de la Academia conocen los resultados y el laberíntico proceso es validado por una prestigiosa firma de auditores que se hace cargo del recuento de los votos.

Pero a pesar de los numerosos filtros y candados interpuestos en cada una de las rondas de votación, siempre, por algún agujero, se deslizan las especulaciones sobre los nominados y al cabo de dos meses de espera el proceso que se inició a fines de diciembre culmina el ansiado día 7 de marzo.

Ese día se despliega la alfombra roja a las puertas del Teatro Kodak de Los Ángeles para que las stars desciendan de las limusinas y arriben a la gala de los Oscar.

 

EL SECRETO DE SUS OJOS

 

El secreto de sus ojos es una película argentina basada en la novela La pregunta de sus ojos de Eduardo Sacheri. Y en opinión de muchos críticos, como ha ocurrido con frecuencia en la historia del cine, sale ganando la versión cinematográfica si se la compara con la literaria.

La historia empieza en el presente y va hacia atrás (1974) y hacia delante (1999) a través de flash back y tomas retro de las acciones vividas por los personajes, entre ellos de manera principal por el abogado Benjamín Espósito (actor Ricardo Darín), quien ata y desata el interminable hilo de Ariadna del homicidio de Liliana Colotto, una mujer violada y asesinada en una casa de Buenos Aires.

Casi nada, media un cuarto de siglo entre el cometimiento del crimen y la indagación-reconstrucción del suceso a través de diferentes fuentes documentales y personales. Parafraseando a Gardel, esta vez sí que “veinte años no es nada” sino que el tiempo de veras cuenta y pesa, pesa demasiado en la memoria de los protagonistas.

Y es que, más que del intento de recuperar una memoria perdida se trata del hallazgo de una pasión, y en particular, como diría el escritor argentino Eduardo Mallea, “de una pasión argentina” [2]

Primera pasión

La actitud de Ricardo Morales (actor Pablo Rago) amante de la mujer asesinada que, al cerrarse el caso “por falta de pruebas” en 1975, pasa los días y las noches en diferentes estaciones de trenes de Buenos Aires convencido de que el asesino, mas tarde o más temprano, tendrá que regresar de vuelta del trabajo que realiza en una de las localidades del interior de la capital federal.

Segunda pasión

El abogado Espósito, que compromete su muelle vida de abogado jubilado que escribe una novela autobiográfica y de nuevo se lanza a fondo tras la presa veinticinco años después de que prometiera a Morales encontrar al asesino cuando el caso fue sellado por una orden de su enemigo en el servicio judicial, el comisario de policía Romano.

Tercera pasión

La de Isidoro Gómez, el asesino, enamorado de la joven Liliana Colotto hasta el punto de que su pasión se descubre solo de mirar la serie de fotos en las cuales, desde cualquier punto que se mire, su mirada sospechosa y apasionada hace blanco en el rostro de la Colotto. Y es también su pasión por el futbol como fan del Racing Club de Avellaneda la que lo pierde al asistir a un partido entre Racing y Huracán y ser identificado entre la multitud por Espósito y Sandoval, quienes se lanzan en su persecución por todo el stadium en la secuencia más memorable del filme.

Cuarta pasión

La de Pablo Sandoval (actor Guillermo Francella), asistente del abogado Espósito que se solidariza con la pesquisa hasta el punto de que, durante un registro en la casa de Espósito por un grupo de matones del comisario de policía Romano, se auto identifica falsamente como Espósito tratando de librar a su jefe de la sospecha y es asesinado por los esbirros. Es también el personaje de Sandoval el que da la clave de la idiosincrasia pasional del filme cuando afirma que “nadie puede cambiar de pasión”.

Quinta pasión

La de Irene Menéndez Hastings (actriz Soledad Villamil), una abogada recién graduada de una universidad norteamericana que en 1974 se ve empujada a actuar contra su voluntad en el caso del homicidio de la joven Liliana Colotto como jefe del departamento judicial. Irene confraterniza más allá de la necesaria medida judicial con el abogado Espósito y esa relación, que se interrumpe después que se cierra el caso en 1975, da un salto increíble de un cuarto de siglo y se precipita con fuerza en 1999, cuando Espósito reanuda la pesquisa y la relación entre fraterna y amorosa con Irene culmina después que encuentra al asesino: Espósito visita a Irene y le confiesa su amor tras un cuarto de siglo de silencio, la pareja de amantes entra a la oficina y en un happy ending a la argentina cierran la puerta tras de sí.

No podía faltar en la trama urdida por el director de cine Campanella el elemento político, nada grueso, solo un suave toque, ligero y preciso y fácil de digerir por el publico nacional y extranjero: el año de la pesquisa del homicidio de la Colotto es 1974, que también fue el primer año de la dictadura de la junta militar tras el regreso de Perón a la Argentina y la entronización de su esposa Isabel como presidenta del país después de su muerte.

Entre otros gags políticos de mérito de un filme que elude en todo momento ser un filme “políticamente correcto” -pero que sin dudas tiene algo de política y de correcciones-, se encuentra un singular “gambito de alfil por reina”: el asesino Gómez, salvado de la justicia por el comisario de policía Romano, es visto en la TV por Espósito y su asistente Sandoval detrás de la presidenta Isabel Perón como servicial guardaespaldas durante una ceremonia oficial.

Y dejamos para el final –que se precipita rápidamente en contraste con la primera parte del filme, lento, como cuadra a una introducción que se desea resulte pedagógica- el más memorable momento pasional del filme: la secuencia en la cual Espósito, tras recordar las palabras de su amigo Sandoval antes de ser asesinado (“Nadie puede cambiar de pasión”), decide visitar por segunda vez a Morales en la pequeña quinta que posee en las afueras de Buenos Aires en busca de información sobre el paradero final de Gómez a pesar de que este le ha confesado que lo mató a tiros e hizo desaparecer el cadáver dentro del baúl de un coche.

Espósito espía a Morales, lo ve entrar en un granero llevando un plato con trozos de pan. Espósito sigue espiando lo que ocurre detrás de la puerta: en una oscura celda ve a un anciano moribundo que identifica como a Gómez, el asesino de la Colotto. Morales le ha mentido: no ha asesinado a Gómez, ¡lo ha mantenido encerrado a cal y canto y de cena migajas de pan por un cuarto de siglo!

Al ver a Espósito, Gómez se aproxima a los barrotes de la celda, le ruega que le diga a Morales que le hable aunque sea una vez. Morales, que lo escucha, se voltea hacia Espósito, circunspecto y con aire de solemnidad, le recuerda la frase de un cuarto de siglo antes, cuando cerraron el caso: “Usted dijo que le tocaba perpetua, ¿no?

Un final de película comparable al final de uno de los clásicos de la literatura romántica europea, la novela El rojo y el negro, de Stendhal, cuando Mathilde de la Mole, al saber que guillotinaron a su amado Julián Sorel, se las ingenia para desenterrar el cuerpo, besar en la frente a la cabeza cercenada y darle sepultura en una gruta secreta.

El secreto de sus ojos, en resumen, es un filme singular que combina varias formulas de éxito del arte que desde el principio empujaban a la crítica y a los espectadores a que apostaran fuerte por su distribución en el mercado del cine.

De una parte, el filme es el misterio de un asesinato que se resuelve tras una prolongada investigación detectivesca, de la otra parte, como en los versos de Quevedo, es una historia de amor “constante más allá de la muerte” que alcanza el cuarto de siglo de vida ininterrumpida y, al mismo tiempo, es la historia de una amistad forjada en medio de los peligros que acechan en un medio judicial y político corruptos a los que intentan reivindicar los fueros de la justicia.

En cuanto a la forma, trata de innovar –y lo logra- haciendo del protagonista principal, el abogado Benjamín Espósito, el héroe del relato. Es él quien cuenta su historia y la de los sucesos en los que se vio envuelto mientras visita, veinticinco años después en busca de la verdad, los lugares en los que diera inicio “su pasión argentina”.

La novela que el personaje de Benjamín Espósito escribe a principios del filme, por lo tanto, se vuelve un pretexto a la vez que un afilado bisturí con el que disecciona las diferentes capas de recuerdos acumulados y a los personajes que va encontrando en su arduo peregrinar por el pasado y el presente.

El secreto de sus ojos, en fin, es un filme bien planeado (Juan José Campanella), construido sobre la base de un buen guión (Eduardo Sacheri-Juan José Campanella), una excelente combinación de actores masculinos y femeninos (Ricardo Darín-Guillermo Francella-Soledad Villamil), cuyas imágenes en pantalla se acentúan con el lirismo en el uso del color en la fotografía (Félix Monti) y la música de la banda sonora (Federico Jusid-Emilio Kauderer) en la que todo el tiempo se pulsa la melancolía de la pasión que se cuenta.

 

 

 


[1] En el presente año de 2010 las reglas de la Academia han variado y no se eligen cinco (5) sino diez (10) filmes como candidatos para el Premio a la Mejor Película Extranjera.

[2] Eduardo Mallea, escritor argentino (1903-1982), en su ensayo “Una pasión argentina”, reivindica la capacidad de protagonismo del pueblo argentino en frases rotundas como: “Tu silencio es una pausa honda, no muerte, no desaparición; una pausa honda. La pausa fundamental, la pausa de la reflexión dramática del que vela antes del alba… Pueblo de la Argentina, lo que vale en ti es tu exaltación severa de la vida…”