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Primera lección. El don de escribir

Ante todo se presenta una duda: ¿Se debe escribir? ¿No es hacer un flaco favor esa tendencia a emborronar papel? ¿No hay suficientes escritores? ¿Es necesario alentar aún más a los malos? Estamos inundados de libros; ¿qué será de la literatura cuando todo el mundo se dedique a ella? Enseñar a escribir, ¿no es impulsar a la gente a publicar tonterías? ¿No es rebajar el arte, colocarlo al nivel de cualquiera, y no se le empequeñecerá al hacerlo más accesible?

Yo mismo he protestado en un libro especial contra ese mal de escribir que nos invade y que ha terminado por desalentar al público lector. Es evidente, hay en ello un peligro; pero el abuso de algo no prueba que sea malo. No se puede considerar que todo el mundo se convertirá en escritor porque sepa escribir mejor. Todos hablamos, pero no todo el mundo es orador. La pintura se ha popularizado, pero no cualquiera es pintor, ni todos los músicos componen óperas. Es excelente enseñar a escribir; tanto peor para los que echen a perder el oficio.

Además, aquellos que quieran seguir los consejos que se ofrecen en este libro tendrán que esmerarse en escribir bien, y los que se esmeren se verán obligados a escribir poco. Estamos, pues, resguardados de todo reproche.

Por otra parte, se puede escribir no solamente para el público lector, sino para uno mismo, por satisfacción personal. Aprender a escribir bien es, también, aprender a juzgar a los buenos escritores. Habrá, por lo tanto, más que nada, un mejor aprovechamiento de la lectura. La literatura es un placer, como la pintura, el dibujo y la música; una distracción noble y legítima, una forma de embellecer las horas de la vida y los aburrimientos de la soledad.

Otra objeción. Se dirá: sus consejos serán útiles para las personas que tienen imaginación, dado que la imaginación es la facultad rectora; pero ¿creará usted imaginación en quienes no la tienen?, y ¿cómo tendrán estilo?

La respuesta es fácil. Los que no tienen imaginación sobrevivirán sin ella. Hay un estilo de ideas, un estilo abstracto, un estilo seco, formado de neta solidez y puro pensamiento, que es admirable. Se trata de escoger los temas, eso es todo. Si Pascal no hubiera escrito más que Las cartas provinciales seguiría siendo un gran escritor. El Emilio de Rosseau, es una obra maestra del lenguaje literario. La Bruyère y sobre todo, Montesquieu son en este género, modelos inmortales.

Cada uno puede escribir dentro de la medida de sus facultades personales; uno puede demostrar discusiones abstractas; otro describir la naturaleza, abordar la novela, dialogar situaciones.

Si alguien no aprecia claro esas aptitudes, si le preocupa el discurso consultará a amigos competentes o, en último lugar, este libro, que ha sido escrito para ayudarlo, formarlo y revelarle su propio interior.

Si es usted capaz de redactar una carta, es decir, de relatar algo a un amigo, debe usted ser capaz de escribir, porque una página redactada es un relato hecho público.

Quien puede escribir una página, puede escribir diez, y quien sabe hacer un relato debe saber hacer un libro, porque una serie de capítulos no es más que una serie de relatos.

Por lo tanto, toda persona con la mitad de la aptitud y algunas lecturas puede escribir, si quiere, si sabe aplicarse, si le interesa el arte, si tiene el deseo de expresar lo que ve y de describir lo que siente.

La literatura no es una ciencia inabordable reservada a unos pocos iniciados ni exige estudios preparatorios. Es una vocación que cada uno lleva en sí y que desarrolla más o menos, según las exigencias de la vida y las ocasiones favorables. Muchas personas escriben; y muchas podrían escribir bien, que no escriben ni piensan en ello.

Personas ordinarias, intendentes como Gourville, camareras como la señora de Hausset, Julián, el criado de Chateaubriand, viejos soldados, Marbot, Bernal Díaz, nos han dejado relatos vivos e interesantes.

El don de escribir, es decir, la facilidad de expresar lo que se siente es una facultad tan natural en el hombre como el don de hablar.

En principio, todo el mundo puede contar lo que ha visto. ¿Por qué no ha de poder cada uno escribirlo? La escritura no es más que la transcripción de la palabra hablada, y por ello se dice que el estilo es el hombre. El estilo mejor escrito es, con frecuencia, el estilo que mejor se podría contar oralmente. Así lo entendía Montaigne.