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Puente de Punta Diamante

En la calle estábamos todos diciendo adiós a los novios y lanzándoles puñados de arroz crudo para que tuvieran abundancia. Mi hermana se sacudía porque el arroz se le colaba entre el pelo hasta el cráneo, entre la ropa y la piel, dentro de los zapatos, dando la sensación de que una legión de pinchitos le atenazaba el cuerpo. Pero a nosotros nos gustaba pensar que por arte de aquel ritual nada les faltaría.

Estaban instalados en el asiento trasero del Lada 1500, rumbo a la luna de miel. El chofer era un pariente del novio, machetero millonario por tres años consecutivos, lo que le valió ganar el Lada, un viaje a la URSS y otro a la RDA; pero ahora estaba en otro giro: boteaba con gente de confianza, traía y llevaba a los que recibían familiares del extranjero, y se ofreció para llevar al habanero y a mi hermana porque iba para Manacas y para qué es la familia sino para servirse. Mami lloraba a mares, se limpiaba las lágrimas con la yema de los dedos tiznados del maquillaje de las pestañas y se dibujaba unas ojeras oscuras, y tristes como las de los payasos. Yo estaba un poco celosa. No recordaba haberla visto llorar ni una lágrima cuando me casé, aunque fuera para dejar claro que sentía que me mudaba a tres calles de la casa.

Todos lloraban: los amigos, los vecinos; unos con un llanto medio pujado e hipócrita, otros, los más cercanos de la familia con la alegría de saber que a partir de hoy, como había dicho el novio, tenían una casa en La Habana. Porque aunque mi hermana era el ángel de la casa, la razón fundamental del llanto era otra: ella se casó con el habanero, el novio de La Habana, ‘la urbe, la meca’, como él decía. De allá lejísimo, de donde no se podía venir a dormir el mediodía ni a comer por las tardes a la casa de mami.

El Lada arrancó con estrépito dejando atrás una nube de polvo y una gran humareda blanca. Para unos era un buen augurio: se iban flotando en una nube. Para otros, las caras de risa y las manos que decían adiós y se dibujaban en el cristal trasero del auto, fue la mejor fotografía de aquella boda. Los dos con los rostros juntos ocupaban todo el espacio en blanco y negro. No bizquearon, no hicieron ninguna mueca. Cada uno ofrecía su mejor ángulo. La luz era perfecta. Pero aquella no era en realidad una nube, sino una nebulosa donde iba a perderse mi hermana. Cuando los invitados se dispersaron, mami dijo:

—Entren.

Y cerró la puerta y lloró siete días, igual que se llora a los muertos. Y aquel luto fue el comienzo de un luto mayor, sin vestirse de negro, sin el dolor incurable de la muerte.