Sobre él gravitaban la oscuridad y las estrellas

Sobre él gravitaban la oscuridad y las estrellas.

Había permanecido escondido en la noche y en el silencio, y percibido sonidos a los que no sabía dar un nombre.

Largo había sido su sueño. Tal vez eterno. Un instante perdido en océanos de tiempos artificiales.

Se despertó colgado de una espera que nacía de aquel vórtice.

Temblaba, confuso y apenas consciente de su naturaleza. No sabía quién era, mas percibía en sí el manifestarse de una esencia nueva, clara como agua de fuente reflejada en un horizonte límpido.

Terminó de salir de su letargo extendiendo poco a poco sus articulaciones. Las junturas se le soltaron, liberando un hormigueo vital en lo que empezaba a reconocer como su cuerpo.

Aún sentado, levantó la cabeza hacia el cielo, azul intenso, con astros engastados y brillantes. Sería esa la primera imagen que veía.

Llovía, pero no afuera: dentro de su cabeza, en un lugar indefinido. Efectos de la programación de su pensamiento. Ultimado desde hace poco, su cerebro estaba abriéndose por primera vez al conocimiento del mundo. Su mente finísima elaboraba las nociones básicas que habían sido introducidas en ella, combinándolas con la percepción directa de la realidad. Quizás por esto había sido abandonado, solo, de noche, en las orillas de un lago rodeado por las montañas, con las luces de una ciudad que aparecían a lo largo de una ribera.

Ignoraba adónde se había ido su creador, ni recordaba cómo se llamaba. Conocía su propio nombre, Luther, pero no tenía idea del lugar en el que se encontraba.

Sin duda, era un androide. Esta era una noción básica que le habían transmitido. Los humanos eran humanos, él no. Tenía un cerebro y órganos internos completamente artificiales. El por qué, lo desconocía. Pero esto no lo perturbaba.

Instintivamente, sintió el deseo de ponerse en camino. Quería ver la ciudad cerca del lago. Comprender.

Atrapado por un ligero vértigo, se levantó.

Era alto, y tenía las manos, los brazos y el resto del cuerpo cubiertos por una sustancia suave y rosada, revestida por un vello extenso. Notó que bajo él, en el suelo, había alguna ropa: también esta era una noción que ya poseía. Sabía que los hombres la llevaban, y la leve sensación de escalofrío que sintió en la piel, debida al hecho de que estaba desnudo (frío), le hizo inmediatamente entender el por qué. Se la puso sin pensar más. Un jersey, un pantalón, una chaqueta.

Miró una última vez a su alrededor, y fue en ese momento que lo notó a él, tendido a unos pocos metros más allá.

Lo reconoció enseguida, aunque nunca antes lo había visto.

Su creador yacía inerte, y la pálida luminiscencia lunar le velaba el rostro con una luz cinérea. Los ojos estaban abiertos. No se movía.

En el lenguaje humano, se habría dicho que estaba muerto.

 

 

Se puso en camino y se dio cuenta de que respiraba profundamente. El aire estaba frío, pero le gustaba, y moverse le infundía una sensación de energía. La certeza de no tener puntos de referencia empezó a transformarse en fuerza. Miedo y coraje, límite e infinito, luz y sombra. Una secuencia de conceptos opuestos le atravesaba, reptante, el cerebro, regularizando procesos e iniciando reacciones en cadena, de las que ignoraba el término.

La calle continuaba, y su creador ya estaba lejos, detrás, a sus espaldas, mientras que la ciudad iba creciendo en las orillas del lago. Resplandecía cada vez más clara en la noche, y el reflejo de las aguas acunaba la atmósfera.

Escalofríos, paz, calma, una sensación hirviente a flor de piel. Los pasos se sucedían. Nada de lo que veía lo sorprendía, como si los sutiles materiales que lo formaban le transmitieran una remota memoria de vida.

Cambiaba rápidamente. Su programa de inicio no dejaba de procesar informaciones. Era un mecanismo sofisticado, del que le costaba distinguir la raíz.

 

 

Ya casi había llegado a la ciudad. Reconocía la forma de palacios con tejados en declive, de algunas iglesias y de una suerte de puente que atravesaba diagonalmente el lago, en un punto en el que sus aguas se estrechaban en forma de embudo. Todas estas palabras tomaban forma en su mente, desenrollándose en itinerarios que le parecía descubrir en el mismo momento en el que se le ocurrían por primera vez. Sintió gratitud por aquel hombre que le había dado la posibilidad de vivir, justo mientras un cartel con signos extraños se le presentaba a la vista.

Luther experimentó una sensación de calor en la cabeza, como si en su cerebro estuvieran irradiándose extrañas reacciones. Se detuvo frente al cartel del camino y observó durante unos segundos los símbolos trazados en negro sobre la pintura blanca. Luego, en apenas unos instantes, aquellos signos asumieron la consistencia y el significado de letras hasta formar una palabra.

Por primera vez sus labios se abrieron para pronunciar sonidos. La garganta le picó, sintió su lengua moverse y, casi anticipando su misma voluntad, pronunció el nombre escrito en el cartel.

LUZERN.

Ahora sabía hacia dónde iba.

 

2

 

La calle estaba desierta, cubierta con esa aura de vacío que queda sobre las cosas cuando ha desaparecido todo. El Vístula corría bajo, entre la neblina que llegaba desde los suburbios.

El mundo fluctuaba, vacío y cansado. Mi casa, sin embargo, estaba como inmóvil, como embalsamada en un pasado desvanecido. Olía a moho, ya que abría muy poco las ventanas.

Pasaba horas en mi cuarto con vista al río y a aquel pequeño fragmento de la calle Tyniecka que se perdía en la niebla. Ante mí, el agua, el sol, las nubes, y a lo lejos el Castillo de Wawel, que cambiaba de matices según lo tocara la luz.

Ya se había ido también el holograma del amigo de Oxford que en los últimos tiempos me visitaba con frecuencia. Estaba solo.

Leyla se había muerto. Hacía un mes.

Había quedado atontado, como un animal sacrificado a traición. La realidad se me escapaba entre las manos. Miraba afuera, buscando el coraje para enfrentar la vida. No sabía qué hacer. Apenas trabajaba y me entretenía vanamente en la Red, a la caza de noticias sobre el mundo, que parecía próximo a colapsar, mientras Cracovia, despacio, estaba siendo tragada.

Todo iba camino a desaparecer, a perderse para siempre. También los lugares en los que habíamos vivido, y mi vida de antes. También el infravisor, su último don, en el que Leyla había gastado las energías que le quedaban durante seis meses de trabajo febril.

“Tómalo y sal”, me había dicho. Tal vez habían sido sus últimas palabras, pero ya los recuerdos de aquellos momentos se confundían, en mi mente.

Detestaba aquel chisme tanto como odiaba el destino que la había matado, obligándome a permanecer aquí, en la orilla de la nada, a tener que enfrentar el Blanco.

Entonces, una tarde, empecé a vagar por la ciudad. Sin más esperanza, sin más ideas. En las calles, el aire olía a queso ahumado, a ese perfume de cosas abandonadas en alguna parte en el espacio y dejadas allí para fermentar. Cracovia, después de todo, seguía siendo ella misma: recordaba un tiempo lejano, quizás la infancia de otra vida. Se parecía a lo que siempre había sido, con su niebla, el meandro del río debajo del castillo y las primeras agujas que apenas se entreveían. Las farolas dibujaban aureolas amarillentas. Me preguntaba si serían mensajeros del pasado, ángeles llegados a través del tiempo.

En el centro de la ciudad nada había cambiado: una isla feliz, un peñasco en medio de la tormenta, con demasiada gente durante el día, que al atardecer se convertía en un desierto ficticio, porque todos se refugiaban en las viviendas, ahora atestadas de los afortunados habitantes de las afueras que habían encontrado alojamiento en las casas de parientes o amigos.

Nunca había utilizado el infravisor. Algo me frenaba, tal vez la sensación de estar próximo a tomar una decisión irreversible. Sin embargo, quería entender. ¿Por qué Leyla se había afanado tanto en aquel proyecto? ¿Por qué no había querido decirme nada más?

El tiempo se estaba acabando. Dentro de cuatro, cinco días, el Blanco ocuparía también el centro. Y se verían los efectos extremos del gran plan de reconfiguración holográfica de los espacios urbanos: inmensos proyectores lanzaban haces de rayos láser que podían diseñar edificios futuristas, que luego máquinas de última generación terminarían de levantar hasta en los mínimos detalles, dirigidos por el mismo programa que había ideado las construcciones. Pero algo no había funcionado. Desde el corazón de las obras había nacido aquella niebla, inicialmente ligera, y después cada vez más densa, que se lo había llevado todo. La periferia había sido gradualmente tragada, con todos sus habitantes. La metrópolis, sólida en su núcleo, perdía consistencia en sus bordes. Amplias superficies abandonadas, plantas y caserones se alternaban en una sucesión interminable, consumidos en una evaporación infinita, hasta que todo llegaba a ser un gas indistinto. Esto era lo que veían quienes conseguían asomarse a ese universo enloquecido. Nadie podía llegar a sus márgenes. Quien lo intentaba, al final se perdía. Y era inútil diseñar mapas: la realidad no ofrecía puntos de referencia.

Leyla había elaborado aquella invención durante sus investigaciones sobre la realidad virtual. Ingeniera informática de gran talento, se dio cuenta rápidamente de que el proyecto holourbanístico en curso en el Centro de Estudios de la Pequeña Polonia presentaba muchos riesgos. Dejar a los ordenadores la tarea de rediseñar los espacios de la faja exterior de la ciudad podía provocar una superposición de sus visualizaciones a los espacios reales. Se podrían así crear peligrosas aberturas de vacío, dentro de las que el mundo iba a perder su solidez, para convertirse en un fluido constantemente mutable. La composición electrónica de las imágenes tridimensionales alteraría la estructura molecular de los edificios, vaciándolos de su sustancia. Los mismos habitantes, si no se marchaban a tiempo, serían absorbidos a una dimensión artificial, probablemente atomizados y dispersados en el vacío.

Seis meses de estudio y de dolor, y Leyla se fue, dejándome el infravisor, que ahora tenía entre en mis manos, con el temor que, si salía de aquella puerta, nunca más volvería.

Me lo puse.

Era una suerte de casco, como un casquete semisólido que se adaptada perfectamente a la forma del cráneo, llegando a cubrir los ojos con una película casi invisible. Desde afuera no se notaba mucho, y quizás pasara desapercibido.

Me encaminé, intentando convencerme a mí mismo de que podría ser uno de mis habituales paseos sin destino, cuando el aire estaba más cargado de humo e invitaba a un recogimiento que para mí equivalía a una tortura. Todo me recordaba ella.

Inicialmente no pasó nada. El efecto que el infravisor produjo en mí fue el de un par de gafas muy potentes. Lograba ver los contornos de las cosas y los perfiles de las personas con una nitidez absoluta. Era una sensación de presencia, poderosa, como si por primera vez me diera cuenta de que el mundo existía.

Avancé más allá del Wawel, aislado en su tamaño, y recorrí la calle Kanoniczna bajo la tenue luz del crepúsculo. Luego giré en la calle Grodzka, donde la gente esgrimía mecánicamente sus rutinas diarias, intentando exorcizar la erosión de aquel espacio en actos de vida, y poco después llegué al Rynek Głowny, siempre con ese aire de salón desamparado. Por un lado, el Sukiennice, elegante tienda gitana, ya convertido en un puesto de frontera. Al otro, la Basílica de Santa María, con sus dos torres desiguales.

Este era el límite más allá del cual todo se transformaba.

No había casi nadie, como si la gente evitara demorarse largo rato en el que parecía un campo militar próximo a una frontera peligrosa. Llegué a la estatua del poeta Adam Mickiewicz y me apoyé en ella para observar lo que me rodeaba. Desde el campanario de la Basílica, un trompeta estaba tocando el hejnał, la breve melodía cortada que se repetía cada hora para recordar un lejano asedio de los tártaros, desbaratado por un centinela luego traspasado por una flecha. Lo oí resonar cuatro veces, una por cada punto cardinal. Esta costumbre había sido mantenida con la esperanza de que aquel sonido tan conocido pudiera convertirse en un punto de referencia para los que se perdían en las afueras. Esperanza vana, desafortunadamente. La ciudad, hasta aquel momento, había perdido por lo menos un tercio de sus habitantes.

Fui golpeado por un pensamiento que me laceró el pecho como un cuchillo incandescente. Una vez había esperado a Leyla en aquel mismo lugar, para una cita frente a la librería Empik. Ella no llegaba, y yo empecé a preocuparme: por supuesto, también mi móvil estaba apagado. Luego, pasada una hora, cuando ya la angustia estaba por tomar la delantera, ella salió de repente del Sukiennice.

Hoy, en cambio, nada.

El suelo estaba frío y húmedo, y me encontraba solo en la cercanía de lo desconocido. El único medio que tenía para orientarme era aquel misterioso objeto. Le había preguntado por qué lo había llamado “infravisor”, pero ella no quiso decírmelo.

Decidí intentar, creer en eso. Observé cuidadosamente, largo y tendido hacia la calle Floriánska, la mirada dirigida hacia la única puerta superviviente en el antiguo muro de la ciudad. Su perfil se entreveía al final de la calle, en la neblina. Hasta que, en un rincón, empezó a aparecer una luz: en un primer momento, una pálida luminiscencia, luego un halo indefinido. Me provocaba una presión en la cabeza, obligándome a levantarme e irme. No podía esperar más. Encaminarme ya era una necesidad impostergable.

Caminé en la dirección indicada por la luz, consciente de que aquellos serían mis primeros pasos en el territorio híbrido que preparaba al caos de la variabilidad. Las cosas habían mantenido una apariencia de firmeza y solidez, aunque la niebla marcara sus márgenes con dedo trémulo. ¿Cuánto durarían todavía? Atravesé la puerta y me acerqué a la Barbacana con la clara sensación de que no era solamente una pequeña fortificación, sino una verdadera avanzada cerca del borde del Más Allá. En el otro lado, ya no veía más los palacios a los que estaba acostumbrado y la larga plaza Jana Matejki, sino largas hileras de edificios desiertos y mellados, islas de desolación en un mar verde apagado, jardines manchados por el polvo de estrellas lejanas, rincones de sombra conjurando recuerdos de un pasado remoto. Me invitaban, insinuantes. Habría podido parar y quedarme allá para siempre. Nadie se percataría de mí.

Nunca me había atrevido a avanzar hasta aquel punto y, sobre todo, nunca lo había hecho con aquellas lentes especiales. Me di cuenta de una cosa que me asustó: aquellos espacios me dejaban hundirme en una melancolía velada de ceniza, haciéndome sentir agradablemente embalsamado, y quizás por esto anestesiado al dolor. Quizás fuera lo que necesitaba, después de las últimas semanas de aniquilamiento emocional.

Avancé casi sin advertirlo y, en respuesta a mi movimiento, la perspectiva empezó a cambiar. Lejos, hacia el horizonte vacío, divisé formas parecidas a rascacielos que se movían como pistones, mientras las calles, de las que vislumbraba la presencia en aquel extenso plano, se desplazaban y cambiaban de orientación como serpientes agarradas por la cola. Palacios, subterráneos, canales y puentes abandonados se mezclaban siguiendo una lógica incomprensible, como piezas animadas de un inmenso rompecabezas. Sabía que era sólo una ilusión de realidad. Aquí no vivía nadie, y quienes una vez habitaron en estas zonas ya se habían ido o se habían perdido irremediablemente, tragados en un vértigo sin color.

Tenía que orientarme, lograr seguir aquella luz, que ahora me parecía más tenue, encontrar las calles que Leyla quería que yo recorriera. Porque ésta debía de ser la función del infravisor: ayudarme a llegar a alguna parte.

Aquel halo luminoso se movía en mi cabeza como la aguja de una brújula. Volvía a encenderse cuando quería, parando en un punto justo el tiempo de hacerme caminar en aquella dirección. Luego se apagaba de nuevo, para retomar el vigor inmediatamente después, pero en otro lugar. No tenía idea de cómo funcionaba, mas reconocía las sensaciones que me daba: sabía a tiempos lejanos, y me conducía restituyéndome algo de Leyla. Me sugería visiones fugaces de nuestras tardes cuando estábamos juntos, de paseos a lo largo del río, de cenas tranquilas con los programas de la TV.

No había un nexo real entre lo que veía a mi alrededor y las percepciones que me llegaban a través de aquella luz.

Pero sentía que, detrás de todo esto, estaba ella. Que estaba intentando decirme algo.