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Uno nunca imagina que la mierda y la miseria pueden extrañarse

Eso, por supuesto, no me pasó por la cabeza aquel día en el solar, en la tremenda fiesta de despedida que los vecinos organizaron para despedirnos. Mi hermana Álida ya había echado en la maleta las más de veinte plantillas que algunos vecinos le dieron utilizando el método cubano de dar la medida del calzado: un pie sobre una hoja blanca, delineando con un lápiz alrededor del pie para obtener una plantilla que luego se recorta. Cada plantilla con su nombre y la esperanza de que, cuando regresara de visita, la persona que se llevaba al extranjero las plantillas trajera zapatos con aquellas medidas y en modelos de mayor belleza y calidad que esos calzados horribles que vendían en las tiendas de La Habana. También mi hermana había anotado comprar un juego de canastilla para la niña de Rosamari, la del cuarto 23, que debería nacer en cuatro meses: “ya veré, muchacha, busco a alguien que venga para Cuba y te lo mando, tú verás”, le había dicho Álida intentando consolarla porque la muchacha casi lloraba recordando que iba a parir y no tenía con qué vestir a su hija porque ella no tenía dólares para comprar la canastilla que vendían solamente en las shoppings del gobierno; un taladro moldeador con barrenas de moldear maderas para Canco, el carpintero del 32, tipo buena gente que siempre los había ayudado desde que se quedaron solos en el solar; unas revistas especializadas en autos de carrera para Fabián, mi mejor amigo, siempre soñando en convertir su viejísimo Ford del año 48 en un carrazo moderno, de esos que veía en las pocas revistas de autos que compraba a algunos turistas; y hasta un verdadero chorizo español para Cachita, la vieja española del tercer piso, que vino a Cuba con sus padres desde Asturias, “el 3 de octubre de 1938, a las 10 y media de la mañana llegamos a La Habana”, precisaba ella a cada rato, y que luego de casarse con un negro cubano tuvo tres hijos que regresaron a España y los muy cabrones jamás quisieron llevársela de regreso: “y como a mí no me gusta ser una carga para nadie, me da igual”, nos dijo esa tarde, “prefiero morir aquí, en el calorcito del trópico y no allá, en la frialdad y la llovedera de Oviedo. Pero echo de menos un buen chorizo de mi tierra, ¿saben?”.
–Es un negociazo el que tienen armado esta gente –había dicho Martín varias semanas antes, cuando empezó los trámites para que pudiéramos viajar a España.
Y ni yo mismo sabía bien hasta dónde el gobierno les robaba a quienes querían darse un salto por esas otras tierras del mundo. Uno es así de descreído. Yo había oído muchas veces a otra gente decir la misma frase de Martín, aunque con matices: “son unos ladrones del coño’e su madre”, “después hablan de igualdad y socialismo, ¡qué clase de estafa!”, “cuando entras a Inmigración, te vacían los bolsillos”, y los más atrevidos: “Por eso Fidel es millonario, si se la pasa robándole a su gente”. Y aunque oía todo aquello pasaba como dice el dicho: “me entró por un oído y me salió por el otro”, porque lo que no te afecta a ti directamente es como si no existiera. Así somos de egoístas.
Sumando y sumando quilos se llega a millonario, dicen los chinos viejos. Y esa parece ser una lección que la gente del gobierno no ha dejado pasar. Y al robo que te hacen en las oficinas de inmigración en la isla se suman esas otras, las que pude vivir en los consulados de Cuba en el exterior, donde por cualquier basura te cobran el precio de un ojo y la mitad del otro. Yo, por ejemplo, tenía que pagar cuarenta euros por cada mes de estancia en el exterior.
–Imagínate –nos dijo un día Lucía, una cubana que había conseguido un trabajo en Madrid, cuidando a un par de ancianos que no tenían hijos y querían dejarle todo en herencia a ella–, como yo tengo que volver a Cuba cada año para extender mi contrato en el Consulado de España en La Habana, pago 480 euros anuales, más todo lo demás que tengo que pagar allá para volver a salir.
Lo demás era una carta de invitación de los viejitos (doscientos pesos convertibles), el pasaporte cubano (cincuenta), el permiso de salida de Cuba (ciento cincuenta), el seguro médico que en Cuba decían te servía para cubrir cualquier problema de salud que tuvieras y que luego, en Europa, no te sirve para nada (cerca de mil euros, a razón de 2.50 pesos convertibles por día de estancia). Sin contar otro montón de trámites que se pagan en pesos cubanos, más la espera; más el mal trato de los que allí trabajan, como si fueras una rata apestosa que abandona el barco del socialismo; más la posibilidad de que te digan que no puedes salir porque supuestamente tengas alguna caquita en tu expediente de ciudadano; caquitas que casi siempre era algo así como: “usted no es un revolucionario verdaderamente integrado”, “en su trabajo lo consideran un elemento apático con las actividades revolucionarias”, “lamentablemente, usted no participa en las Marchas del Pueblo Combatiente”, que son esas movilizaciones supuestamente voluntarias donde se obliga a la gente a llenar las calles y plazas con gritos y pancartas y consignas de apoyo a Fidel y al socialismo; o todavía peor, “hemos sabido que usted, ciudadano, se dedica a hacer chistes de mal gusto sobre nuestro querido Comandante en Jefe”; todo un rosario de caquitas de las cuales, la mayoría de las veces, uno no tiene ni una cabrona idea.
Martín estaba molestísimo, además, porque la funcionaria que lo atendió en Inmigración no se anduvo por las ramas: “ese trámite puede demorar hasta tres meses, señor”, y luego de una pausa y varias miradas a su alrededor, como quien busca saber si es o no escuchada, “pero conozco a un compañero de trabajo en la oficina donde procesan casos como el suyo y con 300 euros seguro que en dos días puede Usted pasar a buscar aquí todo ya listo para que puedan viajar”.
–Un descaro total –dijo, tirándose en la butaca de la sala–. Yo pensé que España era la Meca de la corrupción, pero con lo que llevo viendo, al lado de los cubanos somos unos aprendices. Aquí hay corrupción hasta para ir a un baño público.
Y es que, al pasar por la heladería Coppelia, ya de regreso a casa, le habían entrado unos retortijones en el estómago que lo obligaron a buscar un baño. Recordó lo que yo le había dicho: “Martín, en La Habana te puede pasar cualquier cosa menos estarte cagando… acá los únicos baños que hay están en los restaurantes para ustedes, los turistas, y ya has visto que no pasan de una docena en toda la ciudad. Imagínate que te entre el dolor de barriga en Centro Habana. ¿Cómo resuelves? Tomando un taxi hasta el restaurante más cercano”.
En la puerta del baño de Coppelia estaba sentada una negra vieja rodeada de los utensilios con los que debería limpiar los baños. Martín hizo mucho énfasis en la palabra “debería”, porque quiso entrar al baño de los hombres “y la peste a mierda acumulada me tiró hacia atrás, Martín, ¡qué bestialidad!, ¿cómo pueden ustedes vivir así?”. Y ahí fue donde se le acabó de meter el rebote en la sangre a Martín. La negra le dijo: “señor, es que la gente es puerca y se caga fuera de las tazas… y ya sabe, ahí nada más se atreven a entrar los maricones a hacer esas cosas que ellos hacen… ¡cochinos que son!”, pero que si él le daba un par de dólares, ella lo podía llevar adentro, al baño de los trabajadores, que estaba un poco más limpio. “Y no se figure que yo soy una estafadora, señor: un dólar es para mí y el otro es para la muchacha que limpia ese otro baño que le digo”.
–¡Prefiero cagarme en los pantalones! –me contó Martín que le gritó a la mujer y dio la espalda para irse, dejando a la negra allí, hablando horrores de lo miserables y tacaños que eran los españoles.
Pero de todos modos, siguió contando, como se había ahorrado dinero estando en nuestra casa, pudo pagar los 300 euros que le pedía aquella militar de inmigración, “no era una cualquiera, era capitana, que conste”, dijo, y la mujer le había explicado, con una sonrisa de oreja a oreja, que podía pasar a buscar los documentos al día siguiente.
–¿Te vas a acordar de esto cuando estés en la buena vida? –me dijo Celia, una de las mulaticas del primer piso, que vino a sentarse a mi lado, en la escalera grande que subía a la segunda planta del solar.
–¡Qué va, muchacha! –dije, aunque no sé por qué ni a mí mismo me convenció el tono de mi voz–. La mierda hay que dejarla bien atrás, ¿verdad?
La vi asentir. Y creo que vi un poco de tristeza en su cara, quizás porque mi frase era un poco jodida: ella había dicho “¿te vas a acordar de esto?”, y “esto” era el solar, sus historias, la miseria compartida, las malas noches, los apagones, las broncas de los vecinos, las fiestas, pero también “esto” quería decir la gente, las amistades, las complicidades y deudas que uno, como ser humano, había vivido allí, casi desde que nació. Entonces le pasé el brazo sobre los hombros, la apreté contra mí y le di un beso en la mejilla.
–Pero a la gente uno nunca la olvida, te lo aseguro –dije, y quedé pensando en que hablaba de algo que no podía saber si era cierto–. Eso dicen.